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DOS HISTORIAS SERIE HISTÓRICA DE 40 AÑOS, PREPARADA ESPECIALMENTE PARA ESTUDIANTES
Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador y Subdirector de "Despierta Chile"Parte I Aunque la historia es una sola y no puede ser histórica una versión
diferente de la verdad rigurosa, que es una sola -sin perjuicio de las diversas interpretaciones que pueda dársele a los hechos y a la adhesión o rechazo
que ellos nos provoquen- en Chile hay dos historias. La izquierda criolla, de consuno con el socialismo internacional, ha instalado en la mente nacional, especialmente de las
nuevas generaciones, el concepto de que existen dos verdades: mi verdad y tu verdad; y, por lo tanto, enseña "su" historia, como si se tratara de "la" historia, y
naturalmente descalifica las "otras" historias, entre las cuales se encuentra la verdadera. A partir de esa falsa premisa pregonan una narración también falsa, de la historia
patria, especialmente aquella de los últimos 40 años, en la que, en síntesis, sostienen que el pueblo, mayoritariamente, llevó a la Presidencia de la República en 1970 al
abanderado socialista, Salvador Allende, para instaurar en nuestro país un nuevo orden político, de definición marxista, pero a diferencia del leninismo, en Chile se haría por la vía democrática.
Luego dicen que el gobierno de la Unidad Popular fue ejemplarmente respetuoso de la constitución y las leyes, y Allende un demócrata a carta cabal, que fue derrocado por
un cuartelazo encabezado por el general Augusto Pinochet, en asociación con la derecha reaccionaria chilena y los servicios de inteligencia norteamericanos, y agregan
que Pinochet se apernó en el poder hasta ser expulsado por la actual coalición gobernante, en 1990. Lo acusan de haber cumplido una política de asesinato de sus
opositores políticos, cuyo único delito era pensar diferente, y que a diferencia suya, ellos tienen sus manos limpias de sangre. La verdad histórica es muy diferente. Por esos años el mundo se dividía en dos
sectores irreconciliables liderados, uno por los Estados Unidos de Norteamérica, y el otro por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Se trataba no sólo de las dos
más grandes potencias militares, sino que además, cada una representando ideologías diferentes; la democracia representativa occidental y la dictadura del proletariado,
respectivamente. La Unión Soviética había logrado establecer una cabeza de puente en Centroamérica, instalando el gobierno comunista de Fidel Castro, cuyo lugarteniente, el argentino Ché Guevara, impulsaba la revolución subversiva en toda
Latinoamérica. Naturalmente todo ello no podía dejar de hacerse sentir también en Chile. Si bien nuestro país exhibía la trayectoria democrática más limpia de Hispanoamérica, con una
vida política si no ejemplar, bastante aceptable, y una sucesión constitucional intachable de los últimos 7 presidentes en casi 40 años, los avances económicos del
pueblo -así como aquellos en los rubros habitación, salud y educación- sin dejar de haber experimentado un desarrollo considerable, éste no era de la magnitud que
hubiera sido de desear. Sin duda dicho mayor avance habría sido posible de lograr con mayor eficiencia de los representantes de los trabajadores, con mayor sensibilidad
social y visión de futuro del empresariado, y con un mayor liderazgo y más firmes políticas de estado de los gobernantes. Ello constituyó un terreno propicio para sembrar la idea de reivindicaciones económicas
inmediatas a través de la lucha de clases y destrucción del capitalismo burgués preconizadas por el marxismo leninismo, para acceder el proletariado al poder por la vía armada.
Y fue así como el Partido Socialista, en su congreso de Chillán, en 1967, adoptó por la unanimidad de sus delegados, los siguientes acuerdos, ratificados luego en el congreso de La Serena, en 1971, ya bajo la presidencia de Allende:
"1.- El Partido Socialista, como organización marxista-leninista, plantea la toma del poder como objetivo estratégico a cumplir por esta generación, para instaurar un
estado revolucionario que libere a Chile de la dependencia y del retraso económico y cultural, e iniciar la construcción del socialismo. 2.- La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Constituye lo único que
conduce a la toma del poder político y económico, y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués puede consolidarse la revolución socialista.
3.- Las formas pacíficas o legales de lucha… no conducen por sí mismas al poder. El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción, incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada."
La ejecución de esta estrategia de violencia correspondió principalmente a los partidos socialista y comunista a través de sus respectivos brazos armados y al MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), elevándose las acciones terroristas
cumplidas por dichas organizaciones entre los acuerdos de Chillán, de 1967 y el 11 de septiembre de 1973, a más de cuarenta y cinco mil, que pueden desglosarse como
sigue: Robos a bancos, 68; Tomas de fundos, 1.598; Tomas de empresas, industrias, talleres y servicios, 34.002; Asaltos y ocupación de establecimientos educacionales,
156; Tomas de intendencias, gobernaciones y municipalidades, 6; Ataques a sedes o personajes de partidos políticos, 41; Ataque y robo de medicamentos en asistencias
públicas, hospitales y laboratorios, 3; Atentados o ataques a tribunales de justicia, 6; Enfrentamientos y ataques a la policía y sus instalaciones, 54; Tomas o atentados
contra periodistas y medios de comunicación, 23; Depósitos secretos o traslados de armamentos, municiones y explosivos, 50; Descubrimiento de escuelas de guerrillas,
13; Tomas o usurpaciones de casas y departamentos, 8.998; Atentados a organismos públicos, edificios y otros, 17; Enfrentamientos y ataques de extremistas a personal
militar, 10; Atentados a vías de comunicación, vías férreas y caminos, 14; Atentados a embajadas, consulados y organismos extranjeros, 3; Atentados o ataques a empresas,
organismos particulares o personas, 63; Descubrimientos de planificación de atentados terroristas, 8; Secuestros de aviones, 1; Asaltos, robos, atentados y torturas
cometidos por miembros de la guardia armada personal de Allende, 12; Ingresos de armamentos por compañías aéreas y otros, 17; Atentados varios con elementos explosivos o incendiarios, 57. Total: 45.220 acciones terroristas realizadas en el
período. Las bajas sufridas por los ciudadanos a manos de los terroristas en el mismo período ascendieron a 953 que se desglosan como sigue: Bajas civiles, 824, correspondiendo
a: Jueces, 1; Periodistas, 31; Democracia Cristiana, 12; Partido Nacional, 71; Patria y Libertad, 14. Entre las bajas civiles se cuentan 59 muertos incluyendo 4 estudiantes
de liceo. Los heridos fueron en total 713, incluyendo 45 niños; los secuestrados ascendieron a 163; y los torturados a 18. Por un mirista fue asesinado el
Comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, y por la denominada Vanguardia Organizada del Pueblo fue asesinado el ex Vicepresidente de la República
Edmundo Pérez Zujovic. También fue asesinado el Edecán Naval del Presidente de la República. Las bajas sufridas por los uniformados fueron 111, entre personal del Ejército, Marina,
Carabineros e Investigaciones, lo que eleva las bajas totales causadas por el terrorismo en ese período a 1.064. Las FF.AA. y de Orden, a las que resultaba muy difícil enfrentar a una guerrilla
encubierta, causaron en ese período a los terroristas 134 bajas con 24 muertos, desglosados en 17 miristas, 1 comunista, 2 socialistas, 3 vanguardistas y 1 tupamaro. Los restantes 110 fueron heridos.
Salvador Allende llegó al poder con sólo el 34 % de la votación popular, pero en ese tiempo no existía la segunda vuelta electoral. La ingenuidad de la Democracia Cristiana
le permitió en el Congreso Pleno ser ungido Presidente de la República, luego de suscribir un Estatuto de Garantías Democráticas que no sólo no cumplió, sino que
declaró al periodista francés Regis Debray que sólo se había tratado de una medida táctica para alcanzar el poder, pero que jamás tuvo la intención de respetar. Una vez
gobernando, pretendió imponer atropellando la constitución y las leyes y sobrepasando el estado de derecho, su modelo marxista-leninista- castro-guevarista, a sangre y
fuego, y llevó no sólo a la institucionalidad chilena sino también a la economía nacional al punto más ruinoso de la historia patria. Como el lector ya sabe, el campo de la denominada Comisión de Verdad y
Reconciliación (Comisión Rettig) fue restringido por el Presidente Aylwin a la violencia política existida sólo a partir del 11 de septiembre de 1973, quedándole prohibido
entrar al terrorismo previo ya señalado, que fue el que precisamente provocó la represión militar en defensa de la ciudadanía, a pedido de los poderes Legislativo y
Judicial, de la Contraloría, y de las agrupaciones profesionales, universitarias, estudiantiles, sindicales, empresariales, vecinales, etc. Tal vez esa sea la principal
causa del actual desconocimiento especialmente por las nuevas generaciones, de la génesis de la violencia política de hace 40 años en Chile, y por consiguiente, la
equivocada actitud de culpar de ella sólo a las Fuerzas Armadas y Carabineros, posibilitando así la difusión de una "historia" diferente de la verdadera, en la que los
iniciadores de los atropellos a los derechos humanos y de la violencia política en Chile se presentan como simples disidentes de opinión con sus manos limpias. (Continuará) RECORDEMOS Estampilla que circuló en la hermana República del Paraguay con motivo de la visita oficial que realizara el Presidente de Chile Don Augusto Pinochet Ugarte en 1974.
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