AÑO 4  Nº 36
AGOSTO  2004
 

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VENTANA  A  LA  HISTORIA

En homenaje al General Ibáñez

Parte II

Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador

 

Mayor Carlos Ibáñez con sus hijos Rosita y Carlos Ibáñez Quiroz, en Iquique, febrero de 1921.
Otra circunstancia que marcó hondamente la vida del General Ibáñez fue su paso por la República del Salvador. En efecto, en 1903 el Teniente Ibáñez, habiendo rendido exitosamente los exámenes correspondientes, había sido aceptado para ingresar a la Academia de Guerra. No pudo hacerlo hasta varios años después, porque por disposición superior debió integrarse a la misión militar que Chile había enviado el año anterior a El Salvador para reorganizar la Escuela Militar, en cumplimiento del respectivo decreto del Presidente y Comandante General del Ejército, general don Tomás Regalado.  El joven oficial se desempeñó primero como Instructor de Caballería, con sede en la capital y luego en San Miguel. Posteriormente fue Subdirector y finalmente Director de la que había pasado a denominarse Escuela Politécnica Militar, y que junto con formar la oficialidad de las tres armas tradicionales, graduaba a los ingenieros militares.

Sirviendo este último cargo en 1906 lo sorprendió la declaración de guerra con Guatemala, en un enfrentamiento que en el fondo encontraba su razón de ser en viejas enemistades de Regalado con el gobernante guatemalteco don Manuel Estrada Cabrera. El general Regalado había entregado la presidencia salvadoreña a don Pedro Juan Escalón, pero se conservaba en el poder como hombre fuerte tras el nuevo mandatario. Luego de un par de incursiones fallidas en territorio guatemalteco por parte de dos generales enemigos de Estrada y exiliados en El Salvador, Regalado resolvió actuar él mismo y cruzó la frontera a la cabeza de su ejército, enfrentándose en Jícaro con las tropas de Estrada. Al cabo de tres jornadas de lucha, los días 9, 10 y 11 de julio de 1906, el general Regalado murió combatiendo. El ejército salvadoreño se replegó, pero logró contener la invasión en la plaza de Matapán, mientras otras fuerzas se reinternaban en Guatemala ocupando las haciendas "El Platanar" y "Las Escobas".

Tras una serie de tomas y retomas de tales posiciones se concertó un armisticio, a pesar del cual y no estando claro quién inició su ruptura  -según lo expresa Vial Correa-   el general guatemalteco Miguel Larrave atacó toda la línea divisoria la madrugada del 17 de julio con seis mil hombres.

El centro de ella estaba formado por el "Regimiento Vicentino", compuesto por noveles reclutas venidos de la zona de San Vicente, cuyas unidades eran mandadas por alumnos de la Escuela Politécnica Militar bajo las órdenes del oficial chileno Ibáñez, quien concibió la idea de nuclear a los novatos reclutas de San Vicente con los más destacados alumnos de la Escuela.

Las fuerzas de Ibáñez  -y naturalmente él mismo-  lucharon con denuedo en esta acción, conocida como batalla de El Platanar, que concluyó con la victoria de El Salvador. Cuando Ibáñez se dio cuenta de que mientras sus soldados tenían fusiles de un solo tiro y difícil recarga, el adversario disponía de armamento más moderno, ordenó tirar los fusiles y tomar los machetes, lo que rápidamente determinó la desbandada de las tropas guatemaltecas.

Habiendo quedado en el misterio histórico porqué Ibáñez infringió la instrucción perentoria de su gobierno de no intervenir en esa guerra, se lo pregunté más de cuarenta años después, en 1948, con ocasión de unas entrevistas que me concedió cuando yo preparaba un trabajo sobre su gestión como Presidente de Chile, de 1927 a 1931, mandato en el cual mi padre lo había acompañado en algunos gobiernos provinciales y finalmente como su Ministro del Interior. Me explicó que no lo había guiado ninguna razón política, ni ambición de ningún tipo, sino solamente no perder la oportunidad única que se  presentaba a sus cadetes para graduarse con experiencia real de guerra y no meros simulacros.

La actuación de los jóvenes cadetes al mando del distinguido oficial chileno inflamó el entusiasmo popular. Ibáñez fue incluido en las glorias y alabanzas de El Platanar. A proposición gubernativa el Senado le otorgó el grado de Teniente Coronel. Pocos días después de la batalla el Presidente Escalón recibía al nuevo embajador de Chile y rendía público homenaje a los oficiales chilenos. "Prestaron -dijo- un concurso muy eficaz en la pasada emergencia, y se expusieron al peligro a la cabeza de los combatientes". Evidentemente no se daban las condiciones para que el embajador comunicara oficialmente a Chile el desacato de Ibáñez a sus instrucciones, y el asunto quedó hasta ahí. Corto tiempo después, la mediación norteamericana ponía fin a la guerra.

La otra guerra que ganó el militar chileno en el Salvador fue la del amor, al conquistar a la joven Rosa Quiroz Avila, de ilustre prosapia migueleña tanto por la rama paterna como por la materna que incluían, respectivamente, a un Vicepresidente y a un Presidente de la República. Doña Rosa conoció a Ibáñez cuando él se desempeñaba como instructor en la guarnición de San Miguel. Luego lo vió desde un balcón entrar victorioso en San Salvador. Poco después, y ante la alarma familiar, se hallaban comprometidos.  Ella tenía sólo 16 años, acercándose él a los 30 y pronto regresaría a su país llevándosela consigo, si se permitía el matrimonio, por lo que al mejor estilo novelesco se intentó separar a los enamorados, y la joven se vio recluida en una alejada hacienda interior. Hasta allí, cabalgando dos, tres, cuatro días, llegaba el militar chileno. Finalmente ella tuvo un gesto de formal desafío. Viajó sola y reapareció en la ciudad. Aceptando lo inevitable, la familia oficializó el compromiso, en 1907.

El coronel Ibáñez regresó finalmente a su patria en 1909 con su mujer y su hija Rosita, de algunos meses de edad. En Chile nació Carlos. Enviudó Ibáñez en 1918 y no contrajo nuevas nupcias sino hasta 1927, siendo ya Presidente de la República, ceremonia en la que fueron  padrinos del novio sus dos hijos, ella de 17 años ya, y él de 15.

El general  Ibáñez  conservó siempre un gran afecto por la tierra de su mujer y un emocionado recuerdo de San Miguel. En el año 1927 llegaba a El Salvador la corbeta "Baquedano",  buque escuela chileno, y su comandante recibía un cable del Presidente Ibáñez.  En él don Carlos hacía una evocación nostálgica de ese  "bello país… mi segunda patria", y  de los "buenos amigos" que tenía en su capital. Y agregaba: "seríame especialmente grato si Ud. tuviera tiempo de visitar la ciudad de San Miguel, siquiera por un momento, de donde guardo tantos recuerdos agradables…"

Don Carlos Ibáñez del Campo fue un soldado chileno que amó de verdad, desinteresadamente, a El Salvador. Tenía todo para quedarse allí, el grado de coronel a los 30 años, un enorme prestigio profesional y social, una bella y amante esposa salvadoreña, y una ilustre familia política. Pero regresó a Chile, retomando su grado de teniente y sus estudios en la Academia de Guerra, para proseguir su carrera militar en su patria. Fue sin duda un distinguido oficial proveniente de una esforzada y honorable familia de discreta aristocracia provinciana y escasos medios de fortuna, al cual casi veinte años después de su regreso de la misión militar, y habiendo alcanzado nuevamente el grado de coronel, los chilenos confiaron en una grave crisis política la primera magistratura de la nación, y poco más de veinte años después volvieron a hacerlo, en ambas ocasiones con la más alta mayoría histórica de sufragios.

 

 

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