AÑO 5  Nº 43

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CAPÍTULO II

 

Cuando escucho la palabra "intelectual"
 mi mano corre a la pistola.

 Hanns Johst.[1]

 

Donde se habla de «intelectuales comprometidos» y de «teólogos de la liberación»

 

El gran cantor del marxismo chileno fue, sin lugar a dudas, entre todas las alabanzas que tuvo en Occidente, el poeta Pablo Neruda. A sus versos se deben, en buena parte, las lágrimas derramadas por tantos "intelectuales" radicales-snob sobre la sepultura de aquel Salvador Allende que no logró recorrer, sino por pocos años, la feliz vía cubana.[2]

Para entender el fenómeno del izquierdismo de los ambientes "intelectuales" es necesario tener presente que fue una moda ideada en Moscú, que se arrastró durante toda la segunda mitad del siglo XX.

Exactamente la misma cosa se verificó, hacia el final del siglo, con la llamada "corrección política" en temas como la cuestión racial y la homosexualidad.[3]

No es una casualidad que el desarrollo del extremismo de izquierda en Chile, como en todos los países latinoamericanos y europeos, se haya manifestado hacia el final de los años '60 e inicio de los '70, cuando en el mundo explotaba la rebelión juvenil y proliferaban los así llamados "intelectuales comprometidos", como Pablo Neruda, aquel Neruda que en 1970 celebró la ascensión de Allende al poder con las siguientes palabras: "Ha nacido un movimiento liberador de enormes proporciones que llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realice actos de justicia impostergables".[4]

Fuese quien fuese Neruda (alto exponente del Partido Comunista chileno, pero "capitalista", propietario de diversas casas, una de ellas en Valparaíso con una hermosa vista al mar y otra en la base del cerro San Cristóbal que domina Santiago) lo podemos entender leyendo una publicación del diario italiano Il Messaggero. En septiembre de 1993, éste reproducía un artículo que comenzaba con un elogio al poeta y escritor soviético Ilia Ehrenburg (quien, en 1945, animó a los soldados de la Armada Roja a no dejar vivo a ningún a un alemán, ni siquiera a un bebé, y a no dejar de violar a ninguna alemana, fuera niña o tuviera 90 años).[5]

Hay que reconocer, entre tanto, que el autor de dicho artículo tenía cierta sinceridad: después de haber admitido que Pablo Neruda era "un comunista convencido, empeñado hasta el cuello", ponía en evidencia (aunque en los términos herméticos típicos del intelectualismo de izquierda) que el poeta era "crítico en el momento justo". Esto equivale a decir que se adaptaba de buen ánimo al cambiar del viento, lo cual no impidió a los comunistas chilenos proponer a Neruda como candidato presidencial en 1969.[6]

Es una pena que Neruda haya muerto en 1973. Si hubiera vivido por algunos años más, hubiéramos saboreado el embarazo de un comunista que solía definir a la Unión Soviética como "Madre (con M mayúscula) de los hombres libres", y que había hecho imprimir aquel Que despierte el leñador, una de las más ridículas alabanzas que subsiste sobre la Unión Soviética y la persona de Stalin. Con obras de este tipo, Neruda obtuvo en 1971 un Premio Nobel.[7] Lo que no sorprende si se considera cómo, por qué, por quiénes y a quiénes son entregados los Nobel de Literatura y de la Paz. Significativo, en este sentido, es el caso del argentino Jorge Luis Borges, a quien le negaron a último momento el Nobel de Literatura porque había sido recibido privadamente por Pinochet.[8]

En aquellos años, los años de los exámenes colectivos y de las notas garantizadas en la universidad, leer a Neruda significaba "cultura" y permitía ser admitido en los salones de los intelectuales. Eran años en los que un oportunista como Pablo Neruda podía gloriarse de tener el título de "mejor poeta contemporáneo del idioma español" gracias a obras como su Incitación al Nixonicidio, exhortación al asesinato del presidente estadounidense Richard Nixon. [9] Los años en los cuales en la universidad, en las horas en las que los alumnos habrían debido estudiar, debatían las ventajas que el comunismo habría podido ofrecer (palabras textuales de Neruda) a las "mujeres en lágrimas de las minas de cobre y carbón de Chile", aquel Chile en donde "de noche […] en la húmeda casa del minero, llega la orden del carnicero y se despiertan los hijos llorando". Tristeza infinita la que Neruda ve en las minas chilenas, animada entre tanto por la viva descripción que el mismo Neruda (para alegría de sus admiradores) hacía de las minas y fábricas de la Unión Soviética: "Me detengo en los Urales y expando mi alma […) Un canto de martillos alegra el bosque antiguo como un nuevo fenómeno celeste. Y aquí veo […] mujeres, amor, fábricas y cantos, escuelas que brillan como flores […] el humo de miles de talleres, los olores textiles, la maravilla de la energía domada […] rebalsa un nuevo impulso para el mundo". Descripción conmovedora, especialmente si se toma en cuenta que fue compuesta en una lujosa residencia situada en los Urales, a dos pasos de los campos de trabajos forzados que el poeta fingía no ver.

Y eso no es todo: aprenda de Pablo Neruda, paciente lector, qué es lo que se necesita escribir para obtener un Nobel: "Unión Soviética, si juntáramos toda la sangre derramada en tu lucha, la que diste como una madre al mundo para que la libertad agonizante viviera, tendríamos un nuevo océano […] En ese mar hunde tu mano, hombre de todas las tierras, y levántala después para ahogar en él al que olvidó, al que ultrajó, al que mintió y al que manchó, al que se unió con cien pequeños canes del basural de Occidente para insultar tu sangre, Madre de los libres!".

Y aun resbalando, peor todavía, hundiéndose en el ridículo: "En tres habitaciones del viejo Kremlin, vive un hombre llamado Stalin. Tarde se apaga la luz de su cuarto. El mundo y su patria no le dan reposo. Otros héroes han dado a luz una patria, él además ayudó a concebir la suya, a edificarla a defenderla […] en el ancho terreno de la U.R.S.S. Stalin trabajó noche y día […] Stalin los enfrentó en todas las vastas fronteras […] hasta Berlín sus hijos como un huracán de pueblos llegaron y llevaron la paz ancha de Rusia".

Cuando murió Stalin, Neruda le dedicó estos versos: "Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo. Stalinianos. ¡Es ésta la jerarquía de nuestro tiempo! En sus últimos años la Paloma de la Paz, la errante rosa perseguida se detuvo en sus hombros y Stalin, el gigante, se levantó a la altura de su frente".

Neruda es sólo superado por Salvador Allende en lo que se refiere a homenajes póstumos a Stalin. En un acto del Partido Comunista chileno, Allende señaló que Stalin había sido "símbolo de paz y construcción, bandera de revolución, de ejecución creadora, de sentimiento humano agrandado hasta la plenitud". Luego agregó que millones de hombres "le deben si no deuda de conciencia, si no deuda de alegría, los horizontes magníficos de una existencia grande para este presente y un futuro esplendoroso para las generaciones futuras".

Doscientos millones de muertos le costó al mundo el comunismo. Neruda, entre tanto, junto a los comunistas chilenos, fue de los primeros en felicitar al Kremlin por la invasión a Checoslovaquia: estas cosas no le interesaban.

Tampoco interesaban a otros seguidores de Neruda, como el "intelectual" Antonio Skármeta, que en 1998, después de haber comentado el arresto de Pinochet en Londres ("La alegría me enloquece", fueron sus palabras), tuvo la desfachatez de decir que Pablo Neruda (el cantor trovador de Stalin) "era un poeta, y los poetas desafían a los dictadores, en Chile y en cualquier parte del mundo".[10] O como el omnipresente y locuaz "intelectual" Luis Sepúlveda, que, perteneciente a la guardia personal de Allende, participaba del bonachón pacifismo de su Presidente.[11] O como el de Ernesto Sábato, que en 1998 acogió el arresto de Pinochet con un "suspirado" (y debidamente "intelectual") "¡Por fin!, era realmente la hora", aunque admitió poco después que "en Santiago, Pinochet tiene aún una gran popularidad".[12] Este es el chileno Neruda y, por lo tanto, estos son sus amigos "intelectuales".

Todavía más. Después de servir a Stalin, la genuflexión nerudiana se dirigía a los acólitos: "Molotov y Voroshilov están allí, los veo, con los otros, los altos generales, los indomables. Firmes como nevados encinares. Ninguno de ellos tiene palacios. Ninguno de ellos tiene regimientos de siervos. Ninguno se hizo rico en la guerra vendiendo sangre. Ninguno de ellos va como un pavo real […] Ellos dijeron "Camarada" al mundo. Ellos hicieron rey al carpintero. Por esa aguja no entrará el camello. Lavaron las aldeas. Repartieron la tierra. Elevaron al siervo. Borraron al mendigo. Aniquilaron a los crueles. Hicieron luz en la espaciosa noche […] radiantes y determinados, acerados, sonrientes […] guerreros del Volga que vencieron la muerte […] Vendrán los que lucharon desde Pedro hasta los nuevos héroes que asombraron la tierra".[13]

Y para terminar, Neruda, dirigiéndose al mundo en impaciente espera, escribe: "¡Tú y yo, vamos a abrir las puertas para que pase el aire de los Urales a través de la cortina de tinta!". Después, al concluir, amenaza de un modo muy poco disimulado: "Desde el laboratorio cubierto de enredaderas saldrá también el átomo desencadenado, hacia vuestras ciudades orgullosas".[14]

"Los grandes zapallos escuchan", había escrito Neruda en 1925, en su poema Residencia en la tierra, quizás presagio de cuán devotamente lo habrían escuchado, en los años '60 o '70, ciertas cabezas de zapallo. Y hasta qué punto lo escucharon algunos "intelectuales": todos ellos, compuestos y sin desternillarse de la risa, leyeron y escucharon hasta sus poesías más cretinas, como las que hablaban de hombres "con la voz ronca como piedras del fondo" o de "potrillos azules que huelen a pan". Y quién sabe si, entre ellos, el italiano Paolo Flores d'Arcais (otro "intelectual"), según el cual "entre las represiones castristas y los crímenes en masa de Pinochet hay un abismo: porque los pesos son muy distintos, distintas tienen que ser las medidas": Flores d'Arcais no demostraba nada y ni siquiera se preocupaba de explicar el significado de sus propias e increíbles afirmaciones".[15] Pero hablaba. Hablaba hasta el punto de añadir, siempre herméticamente, que "la iniciativa de Baltasar Garzón es de las que dan esperanza sobre el significado de palabras como democracia y justicia". [16]

Basados en habladurías de este tipo, se difundió en el mundo, a partir de los elegantes ambientes de los "intelectuales" y de la "cultura comprometida", el mito del «buen Salvador Allende», contrapuesto al «malvado Augusto Pinochet».[17]

Un mito nacido de una oleada propagandística que martilló sin control y que se prolongó por décadas. "La caída de Allende y la subida de Pinochet", escribirá poco después el ex embajador e historiador Sergio Romano. "Creyeron en la imaginación colectiva hasta transformarse en un trágico mito, similar al de la Guerra Civil Española, temática inagotable de algunos de los miles de libros, películas, memorias biográficas, proclamas y manifiestos".[18]

No hay por qué maravillarse. Frente a los alevosos y continuados fracasos de la política económica, social y moral del marxismo, y particularmente frente a sus crímenes, era necesario crear un mecanismo de compensación psicológica que, en la esperanza de sus creadores, restableciera los equilibrios. De este modo, en una especie de obsesión binaria, como sostiene el escritor francés Jean-François Revel, los disgustos del marxismo podían ser aliviados: bastaba que después de cada comentario sobre lo que sucedía en los países comunistas, alguno se pusiera a gritar "¡Pinochet, Pinochet!" Eso, según Revel, "exorciza los demonios".[19]

Del mito maniqueo del «buen Allende» y del «malvado Pinochet» no se escaparon, sin lugar a dudas, ciertos sectores "progresistas" de la Iglesia chilena. Peor aún. Y es este un tema que merece ser tratado.

Hacia el final de febrero de 1987, cuando Santiago se preparaba para las celebraciones del decimocuarto aniversario de la ascensión al poder de la Junta Militar y del ocaso comunista, se registró una explosión en un edificio popular.

Poco después un joven y una muchacha levemente herida, pero bien armados, fueron vistos salir del edificio y desaparecer. La policía no tuvo mayor dificultad para descubrir en dicho departamento una bomba en preparación, un arsenal de armas y bastante material de propaganda comunista. La policía encontró, además, un documento de identidad que le permitió reconocer a la muchacha: era ni más ni menos que una sobrina del obispo Carlos Camus Larenas, principal opositor a Pinochet, objeto de una célebre entrevista en El Mercurio en la cual juzgaba como "no inmoral" cualquier atentado contra la vida de Pinochet y definía como "héroes" a los eventuales responsables del atentado.[20]

En una situación de evidente embarazo, el obispo declaró que las acusaciones contra su sobrina preferida eran parte de una "campaña de persecución" que desde hacía tiempo se llevaba a cabo no sólo contra su persona, sino "contra toda la Iglesia Católica". Campaña que según Camus se había intensificado después de que El Vaticano había anunciado la visita del Papa a Chile. El obispo no explicó, entre tanto, el motivo por el cual el Gobierno y el mismo Pinochet querían atacar a la Iglesia justo en el momento de la visita papal.

En cambio, era bien claro para todos que en ciertos sectores "progresistas" del episcopado chileno, muy cercanos a la arquidiócesis de Santiago, desde hacía tiempo se abastecía al terrorismo comunista y filocubano con ayuda no sólo humanitaria (alimentos y asistencia médica) sino también con ayuda en dinero efectivo, salvoconductos y ropa para camuflarse. Entre los terroristas que encontraron protección en la arquidiócesis fueron identificados incluso aquellos que habían tomado parte en el enfrentamiento de Malloco.[21] Fueron también identificados otros terroristas que escaparon a las redadas de 1983 y 1984 que estaban vinculados al asesinato del intendente de Santiago, general Carol Urzúa.[22]

Hechos estos ampliamente confirmados por otros acontecimientos; hablemos sobre el tema, partiendo algunos años antes del ascenso de Salvador Allende al poder.

Ya en los años '60 (exactamente desde octubre de 1962, como consecuencia de la confusión generada después del Concilio Vaticano II), se habían manifestado en Chile las primeras señales de abandono de la doctrina tradicional de la Iglesia por parte de un buen número de religiosos: a través de un trasbordo ideológico basado en la exaltación exacerbada de la justicia social, dichos religiosos habían aceptado una especie de evangelio marxista que, en la práctica, quería poner a la Iglesia al servicio de la revolución materialista y que, como refiere el autor chileno Miguel de Nantes, partía de conceptos heréticos como: "Cristo fue un precursor de Marx, por lo tanto el primer revolucionario".[23]

Una ayuda consistente fue la concedida a la izquierda marxista y atea por aquella parte del episcopado chileno más cercano a la llamada Teología de la Liberación, desviación teológico-social nacida en Nicaragua, acentuada en Perú (por el sacerdote y teólogo Gustavo Gutiérrez), en Haití y en Brasil (por el teólogo fray Leonardo Boff) y también en El Salvador.[24]

Con estas palabras se expresaba en un libro sobre el tema el sacerdote chileno Miguel Poradowski, profesor en la Universidad Católica de Valparaíso: "Hay sacerdotes que han aceptado el marxismo después de haber sufrido un lavado de cerebro: es gente que en vez de evangelizar al pueblo, lo están marxistizando. Y existen después los llamados tontos útiles, personas de buen corazón pero sin criterio, unos ingenuos, incautos, víctimas de la propaganda marxista y de la confusión que reina en toda la Iglesia después del Concilio Vaticano II".[25]

Es interesante un comentario del estudioso Pacheco Pastene: "En los años '60 apareció el diálogo entre cristianos y marxistas, no tanto desde el punto de vista doctrinario como del empeño en realizar acciones conjuntas". Y sobre esto añaden Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez: "En aquel clima de entusiasmo irreflexivo, el empuje hacia el diálogo era una cosa que coincidía con los propósitos y planes del marxismo-leninismo. Las consecuencias no tardaron en manifestarse y al terminar los años '60 muchos sacerdotes se alejaron de su camino. Y fueron justamente los obispos los que abrieron dicha brecha".[26]

Pero no hay que generalizar. Los estudiosos Eugenio Yáñez y Gonzalo Rojas Sánchez refieren que, después del golpe de Estado en 1973, no toda la Iglesia católica chilena se alineó contra la Junta Militar: "Algunos obispos y sacerdotes", se lee, "dieron gracias a Dios por el golpe de Estado, muchos vieron de buenas ganas la caída del régimen marxista y para otros lo que sucedió el 11 de septiembre de 1973 fue un mal menor". Y así lo confirman los numerosos encuentros entre Pinochet y no pocos eclesiásticos católicos, evangélicos y ortodoxos, y la ceremonia pública en Linares con el obispo local y varios sacerdotes. [27]

En cambio, entre los religiosos católicos, además del Cardenal Raúl Silva Henríquez, del obispo Carlos Camus Larenas (secretario de la Conferencia Episcopal) y de algunos otros de quienes se hablará a lo largo de estas páginas y que se hicieron notar por su reiterada posición a favor de la izquierda, hay que señalar a los obispos Enrique Alvear, Carlos González Cruchaga, Sergio Contreras, Tomás González, Jorge Hourton y Fernando Ariztía. En una posición crítica respecto a la forma como enfrentaba el problema de los derechos humanos el Gobierno Militar, se encontraban los obispos Bernardino Piñera, José Manuel Santos, Alejandro Jiménez y Sergio Valech.[28] A estos obispos católicos se sumaron, además, el religioso luterano Helmut Frenz (coordinador del Comité Pro Paz y que posteriormente fue expulsado del país)[29] y el rabino Angel Kreiman (con el cual Pinochet tuvo después un cordial y esclarecedor encuentro). Todos ellos intercedieron a favor de los marxistas y recibieron una diplomática respuesta de Pinochet, en la cual les agradecía "el deseo manifiesto de una pacificación nacional que está en los objetivos de todos".[30]

Algunos años después, en 1976, los ya citados Alvear, González Cruchaga y Ariztía fueron arrestados en Ecuador, en la localidad de Riobamba, acusados por el gobierno de intervenir en la política interna del país y de proyectar la subversión a nivel continental, siendo posteriormente expulsados por las autoridades de Ecuador. La misma suerte tuvo el más estrecho colaborador de González Cruchaga, José Comblin, equivocado sacerdote belga, considerado uno de los más activos propagandistas de la Teología de la Liberación: fue expulsado de Brasil, en 1971, por sus contactos con el terrorismo local, favorecido por la protección del obispo "progresista" Helder Cámara. En 1974 la Junta Militar expulsó a Comblin de Chile, pero la medida fue revocada gracias a un perdón concedido por el despiadado Pinochet.

Monseñor Silva Henríquez había sido nombrado arzobispo de Santiago el 29 de junio de 1961. Un preanuncio de los daños que el nuevo prelado traería al país se tuvo cuando éste, entrevistado por el diario La Nación, el 25 de febrero de 1962, no tuvo reparos en afirmar que: "es torpe negar todo lo comunista por el hecho de ser comunista. Han hecho realizaciones positivas en el orden moral público".

Y el 30 de septiembre de 1962, confirmando su orientación favorable a la izquierda, Silva Henríquez hizo una declaración pública que le tendía una mano al marxismo ateo y que parecía haber sido concordada con Pablo Neruda. En efecto, apenas doce días después, el 12 de octubre de 1962, hablando en el teatro Caupolicán, el poeta tuvo el coraje de sostener que el país en el cual la familia gozaba del mayor respeto era la Unión Soviética. "Por lo tanto", sostuvo Neruda, "cualquier crítica contra Silva Henríquez no puede ser sino mentirosa e instigada por los capitalistas imperialistas".[31]

Siempre hacia el final de los años '60, una pastoral del episcopado chileno se dirigió a "todas las personas de buena voluntad" (comunistas incluidos) para que "sea abierta la vía del progreso" y para que se acelerara la Reforma Agraria iniciada en 1967 por el democratacristiano Eduardo Frei Montalva, "que podía", según el mismo Silva Henríquez, "sustituir la opresión con un nuevo sistema de vida".

En realidad, la Reforma Agraria, cuya ejecución continuó Allende, destruyó (como se verá en el próximo capítulo) la producción agrícola, llevando casi al hambre especialmente a los sectores menos pudientes y a los mismos campesinos.[32]

Mientras tanto los jesuitas, que editaban la revista Mensaje, dirigida por el padre Hernán Larraín, en el artículo "Revolución en la visión cristiana", afirmaban que el pueblo chileno había "tomado conciencia de su inmensa fuerza propia" y que en el país se imponía, por lo tanto, "la necesidad de un cambio rápido, profundo y total". Era necesario, entonces, siempre según el artículo del padre Larraín, "romper decididamente con el llamado orden tradicional" y, como consecuencia, "construir partiendo desde cero, un orden absolutamente nuevo porque la revolución está en marcha". En el editorial de ese número se afirmaba: "No vemos cómo pueda conciliarse una actitud auténticamente cristiana con una actitud cerradamente antirrevolucionaria…  No olvidemos que sólo unidos a Cristo podemos cristianizar la revolución en marcha".[33]

Artículos del mismo tipo aparecieron en Mensaje de 1963 y 1964, firmados por el jesuita Gerardo Claps (conocido por haber expresado, como crítico cinematográfico, aprecio por algunas películas inmorales y obscenas), quien explícitamente invitaba a los fieles a apoyar una eventual revolución marxista. Eran de tal manera agresivos sus escritos que en 1964 despertó la reacción de El Mercurio.[34]

Pero el colmo fue cuando el padre Hernán Larraín, en su revista Mensaje y particularmente en una entrevista a la revista Ercilla, defendió sin términos medios al sacerdote apóstata Camilo Torres, quien en Colombia había combatido como guerrillero marxista-leninista.[35]

Escandaloso fue también el nombramiento como docente en la Vicaría de la Pastoral Obrera, organismo perteneciente a la Arquidiócesis de Santiago, de José Sanfuentes, importante dirigente del Partido Comunista chileno.

Otro ejemplo fue la designación de un comunista (experto en reclutamiento, adiestramiento y abastecimiento de armas y explosivos, posteriormente muerto en un choque entre extremistas) como responsable de los archivos de la Vicaría.[36]

En 1967 y 1968 el Cardenal Silva Henríquez dio que hablar sobre él, cuando alentó a los estudiantes marxistas de una autodenominada "brigada estudiantil" a tomarse la Pontificia Universidad Católica de Santiago, obligando después al rector, monseñor Alfredo Silva Santiago, a renunciar porque había osado oponerse a aquella ocupación del centro de estudios. La Universidad pasó a estar de tal manera controlada por el grupo de jesuitas relacionados con el círculo izquierdista del Centro Belarmino, que fue nombrado rector el conocido democratacristiano de izquierda Fernando Castillo Velasco y elevado al rango de Gran Canciller el mismo Raúl Silva Henríquez. Otros religiosos, escrupulosamente elegidos entre aquellos políticamente comprometidos con la izquierda, obtuvieron cargos útiles para el adoctrinamiento de los alumnos, como el director de la revista Mensaje, padre Hernán Larraín, que fue nombrado director de la escuela de psicología, el padre Juan Ochagavía, designado decano de la facultad de teología, la cual rápidamente evolucionó hacia una activa célula "progresista", y el padre Gonzalo Arroyo, que obtuvo la cátedra de economía agraria con el encargo de preparar políticamente a los jóvenes sacerdotes que debían operar en las zonas rurales.[37]

Lo que sucedió el 11 de agosto de 1968 en la Catedral de Santiago, el principal lugar de culto en Chile, constituye una prueba de los desbandes filomarxistas de ciertos sectores del clero. Una docena de sacerdotes y más de doscientos laicos ocuparon la catedral y, después de haber adornado el púlpito con numerosos afiches del Che Guevara, iniciaron un comicio-debate durante el cual protestaron por la prohibición de la Iglesia de usar la píldora anticonceptiva, criticaron la visita del Papa a Colombia "porque es una nación capitalista" y rezaron por el bien de los "trabajadores explotados", por la "lucha popular en Uruguay", por los "detenidos políticos en Brasil" y, de modo particular, "por el Che Guevara, que todos consideramos un verdadero santo". El Cardenal Silva Henríquez, después de haber blandamente amenazado con sanciones esa profanación por parte de sacerdotes, se apuró a conceder su "perdón" y a reconocer "la bondad de aquellas intenciones y los aspectos positivos generados por ciertas tensiones".[38]

La única medida disciplinaria afectó al sacerdote español Paulino García, quien fue obligado a regresar a su país. Pocos meses después de su llegada a España, en septiembre de 1970, el expulsado se expresó en estos términos en carta a Gladys Marín, secretaria general "vitalicia" de las Juventudes Comunistas de Chile: "¡Adelante la izquierda, mierda! Ojalá lleguen al poder y acaben para siempre con la explotación, el hambre y la incultura. Su triunfo y la implantación del auténtico socialismo serán definitivos en América Latina… Sean fieles al marxismo. Su triunfo adelantará la historia".[39]

Siempre en 1968, el Cardenal Silva Henríquez convocó a un sínodo en Santiago y le encargó al jesuita Manuel Ossa (que obedeció escrupulosamente) la redacción de un documento de contenido "social", en el cual se subrayase que "gracias a la ayuda de algunos partidos políticos, especialmente de izquierda, el pueblo por fin ha tomado conciencia de su propia miseria". A este enunciado, el documento redactado por Ossa agregó, en los párrafos A13 y A14, una belicosa exhortación: "La miseria vivida se trasformó en una miseria consciente, con conciencia de las injusticias. Y ahora la voluntad de cambio se manifiesta como voluntad de revolución, dentro o fuera de la legalidad".

Un curioso tipo el padre Ossa: entrevistado por el diario El Mercurio, sostuvo pocos meses después que: "A la Reforma Agraria tiene que seguir la industrial, viciada hoy por el capitalismo". Y agregó que: "en Cuba, el Partido Comunista es el único existente por ser el único partido que puede promover el bien común".[40]

En 1968 y 1969, la Pontificia Universidad Católica, por entonces ya transformada en un centro político y teológico condicionado por las influencias que llegaban desde Moscú, ejerció tal poder sobre el Cardenal Silva Henríquez que acabó por confiarle la inauguración del año académico 1969 al ya citado obispo brasileño Helder Cámara (llamado también el "arzobispo rojo", por sus ideas abiertamente procomunistas). En aquella ocasión, delante de todos los estudiantes, el "arzobispo rojo" declaró textualmente: "Respeto la memoria de Camilo Torres y del Che Guevara en forma muy profunda y en general de todos los que en conciencia se sienten obligados a optar por la violencia. Sólo no respeto a los guerrilleros de salón".[41]

A Helder Cámara enseguida le hizo eco el docente de ética y filosofía de la misma universidad, presbítero Eduardo Kinnen (también nombrado por el Cardenal Silva Henríquez), que en una entrevista a El Mercurio afirmó abiertamente: "Hay muchas coincidencias entre la tradición occidental y el pensamiento de Marx". Luego agregó: "Coincidimos con Marx en su condenación del régimen capitalista tradicional".[42]

Enseñanzas similares, dirigidas a los futuros jóvenes sacerdotes, recibían el aplauso incondicional del Cardenal Raúl Silva Henríquez, quien, ese mismo año académico de 1969, confirió el título de doctor honoris causa a Pablo Neruda, de quien se habló ampliamente al iniciar el capítulo. Comentando con complacencia las capacidades literarias de Neruda, el arzobispo se lanzó en un entusiasta apoyo a la "utilidad" de la enseñanza de la doctrina marxista y además, aunque no lo crea el paciente lector, del ateísmo: "Ninguna de esas ciencias o doctrinas deja de tener una parte de la verdad", dijo textualmente el representante eclesiástico.[43]

Al acercarse las elecciones de 1970 (las que llevaron a Allende al poder), las iniciativas filomarxistas del episcopado chileno se multiplicaron.

En diciembre de 1969, entrevistado por algunos periodistas, Silva Henríquez afirmó que los católicos podían tranquilamente votar por un candidato como Allende, que además de marxista era ateo y masón.[44] Interpelado por la organización católica TFP para esclarecer su declaración, no se tomó el trabajo de responder.[45]

En abril de 1970 causó escándalo, entre otras cosas, una manifestación en la iglesia parroquial de Santa Catalina, no lejana de Santiago, durante la cual fue proyectada la película Lenín en Octubre, comentada por el dirigente comunista Carlos Maldonado, secretario general del Instituto de Estudios Marxistas, con la presencia de otros dirigentes comunistas, como Héctor Benavides, quienes felicitaron al párroco por la brillante iniciativa. Los mismos felicitaron también a Silva Henríquez por haber prohibido, pocos días antes, la celebración de una misa por las víctimas del comunismo.[46]

En agosto de 1970 el Canal 13, de propiedad de la Universidad Católica, transmitió una película propagandística (grabada en Cuba y que incluía, entre otros temas, una entrevista a Fidel Castro) que fue llevada desde La Habana a Santiago por el sacerdote Juan Ochagavía, en uno de sus frecuentes viajes a la isla.[47]

Un mes después, en septiembre de 1970, una iniciativa conjunta de algunas organizaciones de izquierda católica (Movimiento Obrero de la Acción Católica, Acción Católica Rural, Juventud Universitaria Católica) obtuvo del padre Manuel Segura, provincial de la Compañía de Jesús, una carta que invitaba a todos los jesuitas a apoyar a la izquierda: "El programa de la Unidad Popular", escribió el padre Segura, "persigue algunas finalidades que son auténticamente cristianas". [48]

Y siempre en septiembre de 1970, con las elecciones a la puerta, la Conferencia Episcopal hizo aún más, expidiendo a favor de Allende una declaración firmada por su presidente, monseñor José Manuel Santos, y su secretario general, Carlos Oviedo Cavada, en la que expresaban que los obispos chilenos estaban conscientes del hecho de que el país "está en el umbral de una nueva época histórica". Y agregaban: "Los cristianos queremos participar con los valores del Evangelio en la formación del "hombre nuevo". Enseguida, afirmaban: "Hemos cooperado y queremos cooperar con los cambios".[49]

El mismo Allende estaba perfectamente consciente del fuerte apoyo episcopal y preelectoral, a tal punto que en 1970 afirmó, sin titubear, al New York Times: "Creo que la Iglesia no será un factor de oposición al Gobierno de la Unidad Popular. Al contrario será un elemento a nuestro favor, porque estaremos intentando convertir en realidad el pensamiento cristiano".[50]

Fue una profecía exacta: cuando Allende ganó las elecciones de septiembre de 1970, las primeras felicitaciones llegaron del arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, que declaró públicamente su "plena disponibilidad para ayudar a la realización de los grandes programas formulados por el nuevo Gobierno para el bien público".[51]

Y a la victoria electoral de los socialistas y comunistas siguió el Te Déum "ecuménico" de acción de gracias en la Catedral de Santiago el mismo día que asumió Allende como Presidente de Chile.[52]

Pocos días después, durante un encuentro con dos periodistas cubanos (Luis Báez, del periódico Juventud Rebelde, y Gabriel Molina, de Radio La Habana), el arzobispo confirmó el pleno apoyo de la Iglesia al programa de la Unidad Popular y aseguró que entre el episcopado y Allende no había "ninguna discrepancia".[53]

Pocos meses más tarde, el 1 de mayo, Silva Henríquez asistió, en la tribuna de honor al lado de Allende, a una manifestación de la Central Única de Trabajadores , máximo organismo sindical dirigido y controlado por el Partido Comunista.[54]

En esos mismos días, monseñor Fernando Ariztía y monseñor Carlos González regresaron de una misión en Cuba. "En la Cuba de Fidel Castro", expresaron los dos religiosos en la entrevista a la revista comunista Mundo 71, "existe estrechez y hasta pobreza pero sin miseria". Poco después, obligados a mencionar el racionamiento de alimentos existente en Cuba, los dos prelados lo definieron como "repartición equitativa de los medios disponibles".[55] En septiembre de 1971, en El Vaticano se produjo la célebre gaffe de monseñor Sergio Contreras, quien interrumpió un discurso en el sínodo de Roma para leer, en presencia del Papa, una declaración, en nombre del Cardenal y los obispos chilenos, en la cual se afirmaba que Chile "marchaba hacia el socialismo por la vía democrática" y pedía a la Iglesia Católica, en nombre de los obispos chilenos, que se revisaran los conceptos de libertad y propiedad".[56]

Y cuando en noviembre de 1971 Fidel Castro visitó Santiago, Silva Henríquez quiso rendirle personalmente homenaje en el aeropuerto. "Conozco sus pronunciamientos", le respondió el dictador cubano, "y he sentido simpatía personal por su posición".[57]

Hacia el final de 1971 las cosas se ponían mal para Salvador Allende. Las huelgas, protestas y manifestaciones se multiplicaban. Y justamente entonces el Cardenal Silva Henríquez intentó darle una mano al amigo en dificultad. Hablando desde Canal 13 (con el que a su gusto hacía uso político) afirmó que el Gobierno de Allende trabajaba "sincera y arduamente por el bienestar de la colectividad" y que la Iglesia estaba "feliz por los grandes pasos realizados por el país hacia la participación y la igualdad".[58]

En los primeros meses de 1972, cuando se constituyó en Santiago el grupo marxista Cristianos por el Socialismo (que extendería sus estructuras también en el extranjero), el Cardenal, en carta al jesuita Gonzalo Arroyo, le expresó: "Cómo es posible que la Compañía de Jesús permita que se piense que ella tiene una orientación marxista." A pesar de esto no dudó en tener con los extremistas un largo encuentro, definido por la revista Qué Pasa como "muy cordial".[59]

Poco después, en junio de 1972, la Conferencia Episcopal Latinoamericana, reunida en Río de Janeiro, consideró oportuno sintetizar las líneas de programa y las estrategias preferidas por los teólogos de la liberación. Ahí expresaron que había que instrumentalizar la fe para descubrirla en la acción revolucionaria para implementar el socialismo. Ahí se encontrará a Dios.

También se referían a la "instrumentalización de la caridad". Para ello había que "comprometerse con la revolución marxista hasta las últimas consecuencias".[60]

En coincidencia con las estrategias de los teólogos de la liberación que recién apenas hemos citado, Allende inició enseguida un descabellado proyecto de reforma educacional que introducía una Escuela Nacional Unificada, o sea, una escuela laica obligatoria. Entonces el sector izquierdista del episcopado chileno también encontró con Allende puntos de entendimiento: "El proyecto contiene aspectos positivos que nosotros apoyamos sin titubear", afirmaron en una declaración oficial los obispos Silva Henríquez y Oviedo Cavada, a quienes en aquellos días parecía interesarles sólo la supervivencia del régimen.[61]

Pasaron los meses y Allende estaba cada vez más en dificultades (al punto que dijo: "Si el pueblo quiere, renunciaré"), cuando el 20 de octubre de 1972 una delegación de obispos, presidida por el monseñor Ismael Errázuriz (Silva Henríquez estaba en Roma), fue recibida por Allende en el palacio presidencial: "La situación es difícil pero no desesperada", declararon los obispos al final del coloquio. "Esperamos que todos los chilenos de buena voluntad se unan para salir adelante".[62]

Para el episcopado de izquierda, por lo tanto, el objetivo con mayor prioridad era la continuidad del régimen marxista: lo que coincidía con los propósitos de los teólogos de la liberación.

Confirma esto lo expresado por Silva Henríquez en enero de 1973 a los fieles de la provincia de Magallanes. Les dijo que rogaba "a Dios, todos los días, que Chile siga tranquilo. Es mi mayor deseo y ambición en estos momentos".

Como para reiterar las palabras del Cardenal, un mes después, febrero de 1973, La Prensa reprodujo las expresiones del jesuita Gonzalo Arroyo, dirigente de los Cristianos por el Socialismo. En una conferencia, organizada por el Partido Comunista y el MIR para rendir honor al terrorista Camilo Torres, el sacerdote afirmó públicamente: "El Cardenal Silva Henríquez dijo en una ocasión que el socialismo era inevitable y que él lo compartía".[63]

En junio de 1973 el Cardenal Silva Henríquez asistió a una reunión en Toledo, España. Sus declaraciones en esa ciudad no dejaron de sorprender. Ahí expresó: "Hoy día los comunistas temen la guerra civil porque no están seguros de ganarla" […] "Más de la mitad de nuestro clero es extranjero. Y dentro del clero de izquierda el grupo de extranjeros es de un 60%. Sostienen que Marx, para decirlo en pocas palabras, vale tanto o más que la Biblia". Luego señaló: "El régimen marxista que impera en Chile ha llevado al país al descalabro más grande de su historia en materia económico-social". Intuyendo lo que vendría, dijo: "La solución no se ve clara, y mucho me temo que no sea pacífica". Luego agregó: "Nosotros queremos dialogar con los comunistas, dialogar con los marxistas, dialogar con los ateos. Pero para dialogar con ellos no tenemos que renunciar a nuestros principios". 

Vanas fueron las protestas de los sectores católicos. Los católicos tradicionales de la TFP escribieron en su periódico: "A la ruina económica de la nación, el Estado socialista le ha sumado la ruina moral, englobada en un proyecto que quiere volver atea a la juventud, a través la nueva Escuela Nacional Unificada".

Cuando a partir de septiembre de 1973 el control de Chile quedó en las manos de la Junta Militar de Augusto Pinochet, la iglesia cato-comunista y "comprometida" pasó abiertamente a la oposición.[64]

A pesar de todo esto, uno de los primeros gestos de la Junta Militar chilena, dos días después del golpe (el 13 de septiembre de 1973), fue el de acercarse al Cardenal Raúl Silva Henríquez y, por intermedio del almirante Vio, hacerle saber que todos los miembros de la Junta eran católicos y que deseaban tener con la Iglesia chilena las mejores relaciones. Como única respuesta, al día siguiente (el 14 de septiembre), el Cardenal publicó un documento en el que demostraba su simpatía por los marxistas en cuanto ellos eran movidos por un "sincero idealismo". Pocas horas después, el 15 y 16 de septiembre, el mismo Silva Henríquez rechazó el pedido de la Junta de celebrar un Te Déum en la Catedral de Santiago, aunque finalmente aceptó hacerlo en la Parroquia de la Gratitud Nacional. Al acto asistieron, entre otras personalidades, los ex Presidentes Gabriel González Videla, Jorge Alessandri Rodríguez y Eduardo Frei Montalva. Mientras tanto, monseñor Fernando Ariztía destacaba, en una carta enviada a Pinochet, "gran inquietud" por los arrestos de los extremistas de izquierda.

Había pasado una semana de la caída de Allende y ya las relaciones entre el Cardenal Silva Henríquez y la Junta Militar eran tensas. Y no por voluntad de la Junta.[65]

En los días siguientes el obispo Carlos Camus Larenas no dudó en definir como "inmoral y antidemocrática" a la Junta Militar presidida por Pinochet, contraponiéndola al que definía como "democrático Gobierno de Salvador Allende" . Después, ante el innegable descubrimiento de 70 toneladas de armas procedentes desde la Unión Soviética y Cuba, destinadas (con el beneplácito de Allende) a las formaciones paramilitares comunistas, se las arregló sonriendo y definiendo la cosa como "un detalle del todo irrelevante". Y tiempo después no hizo ningún misterio sobre el hecho de que sabía dónde se escondía la ya citada sobrina.

No sorprende el comentario del semanario chileno Negro en el Blanco, que algunos años después, en marzo de 1987, formulaba ciertas preguntas que deberían haber causado embarazo en la Iglesia local: "En la actitud del obispo Camus, ¿no se esconden quizás restos de aquel extremismo cristiano marxista tan querido por el sacerdote terrorista Camilo Torres? ¿Cuáles compromisos existen entre ciertos sectores de la Iglesia y algunos ambientes del terrorismo? ¿Cuánto está metido Camus en los asuntos del extremismo marxista?".

Todos los aquí citados, en el ámbito del clero de Santiago, no fueron las únicas personas contaminadas por la ideología marxista que contribuyeron a la fábula de «Allende el bueno» y de «Pinochet el malo».

"Cómo no definir de marxista", comentaba de hecho, en Italia, la revista Il Borghese, "al obispo auxiliar de Santiago, Jorge Hourton Poisson, entrevistado por Giangiacomo Foa, del diario Corriere della Sera, quien ha dicho que el único terrorismo existente en Chile en los años de Pinochet era el terrorismo de Estado ¿No es así como se expresaban en los años más trágicos del terrorismo italiano las Brigate Rosse (Brigadas Rojas)? ¿Cómo no definir de marxistas a los misioneros franceses dirigidos por Pierre Dubois y junto con él expulsados del país?[66] ¿Y al religioso belga Andrés Jarlán, muerto casualmente durante un tiroteo en una población de Santiago? ¿Y a los padres José Aldunate Lyon y Mariano Puga, especializados en organizar tumultos callejeros?[67] ¿Y al obispo de Punta Arenas , monseñor Tomás González, generoso en dar entrevistas a Radio Moscú,al diario comunista italiano l'Unitá y a otros medios de extrema izquierda? Era gente, ésta, que detrás del hábito talar lograba esconder la más peligrosa maniobra de penetración del marxismo en la Iglesia chilena. Solamente el noticiero TG2 de la RAI era capaz de considerar a González como lo más representativo del clero chileno".[68]

Las cosas empeoraron cuando, en julio de 1974, una protesta de padres de familia denunció las enseñanzas marxistas dadas a sus hijos en el elegante Saint George's School. Esto obligó a la Junta Militar a intervenir, cambiando al rector por un alto oficial de la FACH, el coronel Verdugo.[69]

Y las cosas empeoraron aún más cuando un año después, esta vez aunque parezca increíble, por culpa del Vaticano: en agosto de 1974 Paulo VI concedió una audiencia a Hortensia Bussi de Allende, viuda del ex Presidente, quien fue recibida por él aunque se tratase de una simple ciudadana, privada de toda representación oficial.

Al claro resentimiento de Pinochet siguió una dura declaración del general Gustavo Leigh Guzmán, en la cual se señalaba a los obispos chilenos como "posibles vehículos del marxismo internacional".[70]

Siempre en 1974, otra cuestión que se derivó fue el alejamiento por parte del rector de la Universidad Católica de Chile, Jorge Swett, de algunos docentes abiertamente marxistas.[71]

Por investigaciones realizadas después del golpe militar se supo que los curas holandeses Gilberto de Jones y Eduardo Dielis, aprovechando la tácita complicidad del Gobierno de Allende, habían constituido una posta de primeros auxilios para terroristas. En esos mismos locales sacerdotes y terroristas del MIR preparaban explosivos, en particular paquetes-bombas con la apariencia de libros que, enviados a adversarios políticos, habían producido algunas víctimas.[72]

Sucedió también que en la calle Moneda 1845, en los subterráneos de una entidad asistencial del Arzobispado de Santiago, donde se reunían habitualmente terroristas del MIR, existían notables cantidades de dinamita, tritol, nitrato de amoníaco y bombas incendiarias de fósforo blanco, además de 120 bombas de mano y 60 granadas de mortero. Todo era cuidado por un sacerdote, poco después arrestado y a partir de allí recordado por la prensa internacional como "víctima de la dictadura de Pinochet".[73]

En el barrio O'Higgins, en Valparaíso, se identificó al sacerdote Hudson, uno de los más activos colaboradores de un grupo del MIR. Y en la ciudad de Quillota el tristemente recordado sacerdote español Antonio Llido estaba a cargo de una banda de extremistas que se preparaba a asumir el control de una zona rural. De él y de su actividad, que causó desagrado incluso en el exterior, se hablará más adelante.[74]

En Santiago, en la parroquia Nuestra Señora de la Victoria, en el número 4721 de la calle Ranquil, fue descubierto un depósito de armas que el párroco Renato Gavio había colocado detrás de la sacristía junto a una biblioteca circulante compuesta de libros marxistas. Cuando Gavio fue desenmascarado, el vicario episcopal de la zona, monseñor Gustavo Ferraris, protestó duramente y garantizó la buena fe del párroco; pero después, delante de los hechos y frente a la plena confesión del sacerdote, se vio obligado a disculparse ante las autoridades.[75]

Otros depósitos de armas de fabricación checoslovaca provenientes desde Cuba fueron descubiertos después de 1973, en haciendas ocupadas por grupos cato-comunistas adiestrados en la guerrilla: en la hacienda Casas Viejas, cerca de Loncoche, y en las haciendas Santa Delia y El Eucaliptus, en las cercanías de Parral.

Fue comprobado que en los años de la Unidad Popular elementos de la izquierda católica, con plena aprobación de Allende y del Arzobispado, habían constituido un grupo de guerrilla llamado Frente Patriótico de Liberación Nacional, que se mantuvo activo después del golpe. Su sede principal estaba en la localidad de Malloco, pero sus ramificaciones se extendían a las localidades de Copiapó, Curicó, Chillán, Temuco, Osorno, Puerto Montt, Ancud y Puerto Natales.[76]

Cuando el 15 de octubre de 1975 la policía irrumpió en una vivienda de la comuna de Malloco, se produjo un enfrentamiento armado en el que quedó herido el terrorista Nelson Gutiérrez. Este fue llevado al convento religioso Notre Dame por el jesuita Fernando Salas y la monja estadounidense Helen Nelson. En dicho enfrentamiento participaron también Andrés Pascal Allende, la joven Marie Anne Beausire, amante de Pascal, y María Elena Bachman. Posteriormente las investigaciones revelaron que de las actividades del grupo eran parcialmente responsables, además del ex rector del colegio Saint George's, padre Gerardo Whelan, el jesuita Patricio Cariola, la doctora inglesa Sheila Cassidy (que se lamentó de haber sido torturada durante el interrogatorio), el sacerdote estadounidense John Devlin, los sacerdotes chilenos Patricio Gajardo, Víctor Grislain y Fermín Donoso y las monjas chilenas Pabla Armstrong y Peggy Lepsig, ambas de la congregación Maryknoll, conocida por su tendencia filo-marxista y muy activa también en Nicaragua.[77]

En el curso de las investigaciones y no obstante las reacciones del Cardenal Silva Henríquez, fueron arrestados los curas italianos Giuseppe Muriedo Rosso y Angelo Salvatori, quienes escondían material de propaganda y libros sobre técnicas de guerrilla entre los paramentos sagrados. Ambos declararon durante el interrogatorio que formaban parte de las Comunidades Cristianas de Base.[78]

Todas las personas aquí citadas, parece inútil decirlo, entraron a formar parte del automultiplicador elenco de las "víctimas" de la represión, que en muchas partes se atribuye a la sed de sangre de Pinochet. No era solamente la Iglesia Católica la que albergaba en sus filas a algunos predicadores del marxismo.[79] Los cultos evangélicos, valdenses y metodistas no se quedaban atrás, a juzgar por lo que escribió en 1986 su diario La Luce, impreso en Turín y distribuido en toda Italia, en particular en la Iglesia Valdense de la plaza Cavour, en Roma.

Pródiga en elogios a Allende y al régimen sandinista de Nicaragua y pletórica de desdén por Pinochet y Sudáfrica de aquellos años, La Luce tocó tales cumbres de comicidad que se mereció un artículo irónico de seis páginas en el semanario Il Borghese. Lograba realizar de hecho, el diario valdés y metodista, una increíble mermelada de "formas de lucha a nivel local contra el apartheid", que se iban a efectuar en la pequeña localidad de Pinerolo, de alabanzas a cinco encopetados denominados Spandau Ballet que castigaba a Sudáfrica negándole la exportación de sus discos, de críticas a la bárbara opresión francesa de Nueva Caledonia, de alabanzas a una cierta Lidia Menapace, según la cual "la sexualidad tiene un carácter no rígidamente previsible", de profundas "reflexiones sobre el cuerpo del vivido homosexual" y de tratados sobre "Pinochet horror". Al punto de considerar con benevolencia, en la primera página y firmado por el reverendo pastor Luciano Deodato, la hipótesis del asesinato del tirano chileno.

"Debo confesar", se leía en un artículo escrito por Deodato, "que también yo, como tantos otros, delante del anuncio de que el atentado a Pinochet había fallado, exclamé: ¡Qué lástima, esperemos que la próxima vez vaya mejor!"[80]

El disgusto del Santo Padre frente a la creciente politización del clero sudamericano se manifestó públicamente cuando en 1979 recordó a los obispos llegados a Roma para la visita ad limina: "No sois ni un simposio de expertos, ni un parlamento de políticos y ni un congreso de científicos o de técnicos. Sino que sois pastores de la Iglesia".[81]

Algunos años después, una eficaz llamada de atención vino de parte del Cardenal Joseph Ratzinger que, en la presentación de un libro del sacerdote Nicola Bux, criticó públicamente el comportamiento de algunos sectores de la Iglesia Católica y del Consejo Ecuménico de las Iglesias (que en Ginebra coordina 332 iglesias nacionales, mayoritariamente protestantes y ortodoxas, con un total de 300 millones de fieles), por haber dado ayuda financiera a los movimientos subversivos y terroristas latinoamericanos, olvidando en cambio los sufrimientos de las "iglesias del silencio" perseguidas por los regímenes comunistas.[82]

Para confirmar la amplitud de la campaña anti-Pinochet, a continuación damos algunos ejemplos significativos.

Típico fue el caso de la delegación de un Comité Interparlamentario italiano por la Democracia en Chile, que proveniente desde Roma logró visitar (en pleno régimen militar, sin dificultad ni control) algunas ciudades chilenas y no pocos opositores. A tal extremo que el sacerdote italiano Gianni Valledosso, que la integraba, se puso en evidencia, sin inconvenientes, declarando abiertamente en Santiago que: "Augusto Pinochet puede ser definido como uno de los principales criminales de la historia de la humanidad". Estas palabras de Don Valledosso eran especialmente significativas porque pocos meses antes dicho comité había sido recibido con todas las atenciones en El Vaticano por monseñor Silvestrini, en representación del Papa. ¿Qué pasaría (dan ganas de preguntarse) con el extranjero que en Roma afirmase públicamente que el jefe de Estado italiano es un criminal?

Hay que notar que Italia estaba en primera fila si se trataba de iniciativas contra el régimen de Pinochet. Cuando el Cardenal Roger Etchegaray tuvo un afectuoso encuentro con un dirigente comunista chileno, Orlando Millas (recién llegado desde Moscú), el hecho tuvo casi el efecto de una competencia episcopal: el desafío fue recogido por el Cardenal milanés Carlo María Martini, que a su vez, dando libre curso a sus conocidas simpatías "progresistas", se precipitó a Roma para encontrarse con una delegación de la cual formaban parte destacados comunistas, como la chilena Fanny Pollarolo[83].

Y mientras tanto en Bolonia (si bien lo mismo sucedía, sin límites de gastos, en Viena, Helsinski y Ginebra), algunos miembros de la Iglesia italiana "comprometida" recibían oficialmente a una delegación de dirigentes de la izquierda chilena, compuesta por personajes como Volodia Teitelboim, Hernán del Canto, Benjamín Teplizky, Luis Maira, Eduardo Valenzuela, Gonzalo Rovira, Sola Sierra, Germán Correa, Juan Luis González, Jorge Alfaro, Máximo Pacheco, Alfonso Insunza, Pedro Felipe Ramírez, Ricardo Hormazábal y Manuel Sanhueza, y enviaban mensajes de solidaridad a los terroristas del MIR y del Frente Manuel Rodríguez. La verdadera estrella del evento, entre tanto, era Hortensia Bussi de Allende, viuda del ex Presidente, feliz de agregar la ciudad de Bolonia a la lista de lugares visitados después de la muerte de su marido.[84]

La radio y televisión del Estado italiano dieron al evento la máxima publicidad, describiéndolo como momento lleno de sentido humano y democrático: pero, como se aclaró enseguida, o como refirió el semanario chileno Negro en el Blanco, la autodenominada Comisión Internacional de Investigación sobre los Crímenes de la Junta Militar Chilena, que había organizado el encuentro, no era otra cosa que una criatura de la KGB y del Comité Central del Partido Comunista soviético, entidades que habían pagado todos los gastos.

Y como si esto fuera poco, la dirigente comunista chilena Gladys Marín, camuflada detrás de un Grupo de Familiares de Presos Políticos, era recibida por algunos obispos y en El Vaticano por representantes de la Comisión Pontificia Justicia y Paz. El obispo Aldo del Monte aprovechó la ocasión para enviar al Papa un documento en el cual se condenaba "la represión sistemática, la prisión política, las torturas y el exilio" existentes en el Chile de Pinochet. Ninguna palabra por parte de monseñor Del Monte sobre la represión existente en Cuba o en otros países comunistas. Ninguna palabra sobre los opositores a Pinochet que, usando financiamientos provenientes desde Moscú y desde casi todas las naciones europeas, libremente viajaban a Santiago y volvían haciendo declaraciones belicosas y pidiendo apoyo "para derrocar al tirano".

El enamoramiento entre la izquierda europea (incluidas organizaciones terroristas) y algunos sectores de la Iglesia Católica tuvo una confirmación ulterior cuando uno de los máximos exponentes de la organización terrorista MIR, Andrés Pascal Allende, sobrino de Salvador Allende, fue cordialmente recibido en La Habana por el nuncio papal en Cuba.

La comunidad católica holandesa, mientras tanto, daba vida a una impresionante campaña llamada "Chile–Iglesia–Tiranía", que no tenía ninguna otra finalidad que la de difundir entre los fieles el odio por Pinochet y la añoranza a Allende. El resultado de dicha iniciativa fue el envío al Vaticano de miles de postales preimpresas que invitaban al Santo Padre a "no consentir que su visita a Chile sirviese de ayuda a un régimen que encierra en prisión y que tortura". Casi lo mismo sucedía en España, en donde los teólogos católicos Hernán Soto (autor del libro Iglesia y Dictadura, dedicado especialmente a la situación chilena), Mario Boero y Enrique Correa, junto al chileno José Antonio Viera-Gallo, usaban la revista Araucaria, perteneciente al Partido Comunista, para confirmar la incompatibilidad entre las posiciones de la fe católica y las de la presidencia de Pinochet.

Pero el demagógico baile de las iniciativas "por la libertad de Chile" no se limitaba a cuanto hemos dicho. Sin descanso y sin prestar atención a los gastos, florecían en los sectores radicales–chic y cato-comunistas del mundo occidental, también a nivel institucional, comités, congresos, sitin, conciertos rock, marchas de protestas y, para alegría de los participantes y de sus familiares, viajes colectivos como el que realizara a Santiago, en 1987, un autodenominado Comité de Apoyo para las Elecciones Libres en Chile, promovido por el resucitado Jimmy Carter, recién salido del gobierno con una baja nota electoral. O como aquel organizado por el marxista Consejo Mundial por la Paz, dirigido por Romesh Chandra, que en 1974 fue de visita, con cargo a los contribuyentes mundiales, a México, Venezuela, Colombia, Ecuador y Argentina, para hablar, parece superfluo decirlo, sobre Chile. Y siempre en 1974, en un mundo entonces dividido en dos bloques que sembraban sangrientas guerras en todos los continentes, en un mundo en que al menos la mitad estaba bajo despóticas dictaduras, se constituía una comisión internacional de investigación sobre Chile, que inmediatamente daba lugar a costosas citas en los más elegantes hoteles de Helsinki, Copenhague y Ciudad de México. Huéspedes de honor: Carlos Altamirano, Pedro Vuskovic y la omnipresente Hortensia Bussi de Allende.[85]

En noviembre de 1975 hubo un tempestuoso encuentro entre Pinochet y el Cardenal Silva Henríquez, en el cual el general solicitó al purpurado la disolución del Comité Pro Paz, cuyas conexiones con el terrorismo internacional marxista se habían probado ampliamente. Silva Henríquez pidió que la solicitud fuese formulada a través de una carta oficial y, luego, disuelto el Comité pro Paz, se apresuró a sustituirlo (un mes después, en enero de 1976) por una organización idéntica llamada Vicaría de la Solidaridad, también ésta desde el inicio ampliamente infiltrada por elementos del MIR.[86]

La música no cambió por más de una década, frente a un mundo que permanecía indiferente ante los horrores del comunismo en Europa, Asia, África y América Latina, pero que observaba con microscopio lo que pasaba en el Chile de Pinochet.

Una sabrosa ocasión para llamar la atención mundial se ofreció a la Iglesia "comprometida" con ocasión de la visita de Juan Pablo II a Chile, a principios de abril de 1987. ¿Podía haber un mejor momento publicitario para dar al Papa y al mundo una imagen de un Chile reducido a la desesperación por la tiranía de los ricos y los militares, un Chile oprimido por la violencia de Estado?

Ese año, poco antes de la visita del Papa, el Cardenal Raúl Silva Henríquez reunió en Viena a un grupo de agitadores chilenos expulsados del país (un "dictador despiadado" los habría tenido en la cárcel en vez de expulsarlos) y les manifestó su voluntad de hacer de la presencia de Juan Pablo II en Santiago "un momento importante para el regreso de la democracia en el país". Un concepto que Silva Henríquez confirmó el 9 de marzo de 1987 en los micrófonos de Radio Vaticano.

En la misma línea, en febrero de 1987, el comunista Ariel Urrutia, portavoz del Comando Nacional de Trabajadores, declaró que su organización sabía bien "qué hacer con ocasión de la visita papal" y que los sindicatos y el clero "comprometido" y las fuerzas obreras presentarían al Papa "un país en estado de movilización social". Palabras que fueron confirmadas a Radio Moscú en una entrevista telefónica con el dirigente democratacristiano Rodolfo Seguel, que prometió una "activa presencia" en todos los lugares que el Papa visitara.

Declaraciones similares fueron hechas por Athos Fava, secretario general del Partido Comunista argentino, que el 5 marzo de 1987 le aseguró a Mijail Gorbachov la "maciza movilización" de los trabajadores, del clero y de los estudiantes argentinos, cuando llegara el Papa, paralelamente a la que organizarían en el vecino Chile.

Al mismo tiempo, en Santiago, los terroristas del Frente Manuel Rodríguez hicieron público un documento en el que llamaban al país a la "movilización de masas con ocasión de la visita de Juan Pablo II", precisando que en este cuadro de movilización del cual participarían las masas católicas no se excluiría el "recurso de la lucha armada, gracias a la cual el Papa podrá constatar que el pueblo chileno no es pasivo".

Como se ve, con motivo de la visita papal a Chile, la izquierda estimuló la ya maciza obra de movilización y desinformación sobre la situación chilena, puesta en pie en sectores laicos y católicos, según las indicaciones de la KGB.[87]

Un trabajo atento y científico, en el que participaban parte del clero, los sindicatos y los movimientos de izquierda. Toda gente que en 1987 no estaría viva si Pinochet se hubiera comportado como lo habría hecho cualquier dictador comunista.

Pero el intento de hacer de la visita de Juan Pablo II, en abril de 1987, la ocasión para realizar una violenta ofensiva contra Pinochet les falló rotundamente.

La perturbación del orden público fue mínima y los hechos desilusionaron las esperanzas de quienes querían dar al mundo la imagen de un Pinochet en desacuerdo con el Papa y detestado por la enorme mayoría de los chilenos. Cuando llegó el momento, los socialo-comunistas, sindicalistas y curas de izquierda apenas lograron juntar un par de miles de agitadores que regresaron corriendo a casa después de haber gritado algún eslogan y haber recibido abundantes chorros de agua que les arrojó la policía, la cual por decisión de Pinochet estuvo desarmada.

Es inútil preguntarse, dado el clima "cultural" de aquellos días, por qué motivo ningún canal de televisión internacional exhibió al Papa y Pinochet que, juntos desde el balcón del palacio presidencial, respondían al entusiasmado saludo de una enorme multitud que se había congregado, pese a lo incómodo de la hora, ya que la jerarquía eclesiástica, para dificultar la asistencia de público, había fijado la reunión para las 8 de la mañana, y por qué las cámaras de televisión estaban apuntadas hacia unos pocos cabezas calientes que, según los comentaristas, representaban a "todo" Chile.[88]

La misma escena, más o menos, sucedió durante los festejos en honor del Santo Padre en el Parque O'Higgins: allí fueron arrestados diez o veinte revoltosos que, vaya coincidencia, habían sido invitados a la manifestación por la Arquidiócesis de Santiago. Y algo similar sucedió en los barrios populares, en el Estadio Nacional y en los locales del Hogar de Cristo, donde se vio a algunos jóvenes sacerdotes incitando a los presentes a manifestarse contra el encuentro del Papa, sustituyendo las oraciones por gritos y eslóganes políticos de orientación antigubernamental. Movidos por estas incitaciones, en el estadio algunos individuos (todos ellos estaban en posesión de invitaciones dadas por el clero local) arriaron y pisotearon las banderas chilena y del Vaticano, sustituyéndolas durante algunos minutos por la bandera roja del MIR.

Pero la campaña de desinformación basada en la visita papal no se desmontaba y empleaba, con discreto éxito, el auxilio de algunas instituciones: un caso típico, entre otros, fue el del Parlamento Europeo que, casi como burla, decidió ocuparse de la visita papal a Chile, aprobando una moción en favor de los "demócratas chilenos, que habían manifestado, con la aprobación del Papa, su oposición a la dictadura, y que por ello habían sido víctimas de una sangrienta represión". Fruto de la imaginación y la mala fe, tanto la supuesta aprobación del Papa como la sangrienta represión.

La prensa "progresista" hacía, como siempre, caja de resonancia y canal de desinformación. Así, el Washington Post hablaba de 104 muertos con ocasión de los desórdenes que, decía, habían hecho de marco a la visita del Papa. Y, mientras tanto, la revista Times sostenía que en Santiago el Papa había dedicado la mayor parte del tiempo a reprochar a Pinochet por sus malas acciones.

En Italia, en cambio, cosa rara, la izquierda sostenía tesis opuestas: una misteriosa Comunidad de San Pablo, como otra misteriosa Comunidad de Base de Roma y un insignificante diario llamado Com Nuovi Tempi, expresaban en un semiclandestino manifiesto pegado en torno al Vaticano la "viva y abierta discrepancia por la forma como se desarrolló el viaje del Papa a Chile". La televisión pública italiana, con un informe de Franco Catucci en el TG1 del 5 de abril de 1987, definía a Chile como un país dividido entre oprimidos y opresores.

Después, nada más.

Cuando Juan Pablo II volvió a Roma, la verdad comenzó a aparecer a través de los miles de testimonios y fotografías y a la izquierda no le quedó otra cosa que atrincherarse en su vieja táctica de la conjura del silencio: temiendo un enésimo papelón, ¿qué otra cosa podía hacer con la ayuda de los mass media, sino recurrir al olvido? Bajo los ojos del Papa, de hecho, no habían sucedido las fuertemente anunciadas (¡y deseadas!) "sangrientas represiones" y nadie había gritado al mundo lo que los comunistas y curas comprometidos querían que el mundo supiera. La única defensa, por lo tanto, fue el silencio de la prensa: un arma nada difícil de usar (como hemos sabido, en 1999, en Italia a través de las revelaciones de Vasili Mitrokhin) cuando se controla una prensa vendida o culturalmente conformista.[89]

Las cosas, de hecho, durante la visita papal, se habían desarrollado del peor modo posible para los intereses de la izquierda. Juan Pablo II había entendido enseguida la situación y tuvo coloquios amistosos con Pinochet y con su familia, se dejó ver diversas veces junto a él y desde su palco había observado quiénes y con qué técnicas de guerrilla habían desencadenado desórdenes. Había constatado también la moderación con que las fuerzas del orden intervinieron y, cosa quizás aún más importante, había visto con sus propios ojos de qué parte estaba alineada la mayoría (o una enorme parte) del pueblo. Peor aún, con dolor para la izquierda promoscovita, inmediatamente después de su regreso al Vaticano, el Pontífice hizo llover una serie de medidas disciplinarias sobre no pocos religiosos "progresistas" (el primero de ellos Don Juan Peretiatkowicz), invitados a la dimisión o a unas vacaciones sin retorno.

¿Y el Cardenal Raúl Silva Henríquez? Siempre de pie el arzobispo, siempre a flote. Maestro del oportunismo, cuando Allende parecía estar firme en su sillón solía pronunciar repetidas "exhortaciones" en las que deseaba aquello que él definía como "continuidad constitucional", o sea, continuidad del régimen marxista. Pero pocos años después, con Pinochet en el poder, en una entrevista concedida al diario El País, el ilustre purpurado reconoció: "Los militares no han querido el poder, sino que fue la mayoría del pueblo chileno la que los empujó a asumir dicha responsabilidad".

Algunos años más tarde, en 1982, el casi octogenario Silva Henríquez ofreció al Vaticano (que la acogió con alegría) su renuncia como arzobispo de Santiago. Y desde aquel momento, poniéndose en la cola del viento anti-Pinochet que había invadido el planeta, Silva Henríquez continuó como activo opositor y, a través del Comité Pro Paz por él creado, fue el influyente inspirador secreto de la oposición.[90]

Veamos cómo hablaba de Silva Henríquez el diario Corriere della Sera: "Enemigos, Pinochet tiene muchos, pero hay uno que es más enemigo que los otros. Es Raúl Silva Henríquez, Cardenal jubilado y arzobispo de Santiago hasta 1982, cuando ofreció su renuncia acogida naturalmente con alivio. Amigo personal de Salvador Allende, a quien juzga un mártir de la democracia, el Cardenal no se ha retirado a la vida privada y es considerado en Santiago como el animador de la resistencia católica".

En la entrevista concedida a dicho diario, Silva Henríquez proseguía una letanía de mentiras propagandísticas: "Pinochet es sostenido sólo por el Ejército", "la situación económica del Chile de Pinochet es desastrosa", "la política económica y social de Pinochet fue un fracaso", etc., hasta manifestar de modo bastante explícito el deseo que Pinochet tuviera un accidente o se muriera de un infarto.

En la misma entrevista, es interesante también la indicación sobre la ayuda que la Comunidad Europea concedía en aquellos días a Silva Henríquez para la reconstrucción después de un terremoto que había golpeado a Chile en marzo de 1985. Ayuda que, precisaba el Corriere della Sera, en un artículo firmado por Arturo Guatelli, "por obvios motivos no puede ser dada directamente al Gobierno". No explicaba el diario por cuáles "obvios motivos" el Gobierno de Pinochet no podía recibir ayuda humanitaria que, en cambio, era concedida generosamente por Europa e Italia a las dictaduras comunistas, como las existentes en dichos años en Etiopía, Mozambique, Angola y Nicaragua. Y no precisaba tampoco por qué dicha ayuda, que Italia no quería confiar al Gobierno chileno, debía ser entregada a un Cardenal retirado y no a la Iglesia chilena.[91]

Las cosas, de todos modos, no cambiaron mucho cuando en 1983 sucedió a Silva Henríquez el Cardenal Juan Francisco Fresno, que el 23 de diciembre de 1985 tuvo un dramático choque verbal con Pinochet.[92]

La campaña de prensa anti-Pinochet, la exaltación de la obra de Allende y los intentos de adulterar la visita papal no eran otra cosa que algunos aspectos de una inmensa maniobra internacional orquestada por la KGB y el Comité Central del Partido Comunista soviético, con la patética complicidad de los "idiotas útiles" de la izquierda occidental, para cubrir uno de los más colosales fracasos marxistas: el naufragio del Gobierno de Salvador Allende.

Así, en 1998, en el Corriere della Sera, el historiador y ex diplomático Sergio Romano describía el desarrollo de dicha maniobra en el continente latinoamericano: "Hacia el final de 1958 los barbudos de Fidel Castro conquistaron La Habana e instauraron en Cuba un régimen que al inicio era popular y democrático, y después fue comunista. Cuba y Castro se convierten en un modelo para los grupos radicales y no hay país de América Latina en el cual no se registren, en la primera mitad de los años '60, episodios de protesta violenta, terrorismo y guerrilla urbana. En Uruguay, Brasil y Argentina el fenómeno toma mayores proporciones y amenaza la estabilidad de los gobiernos. Una parte del clero sostiene la protesta y proclama la Teología de la Liberación". Y Sergio Romano prosigue: "En 1965 un revolucionario argentino, el Che Guevara, dejó La Habana para dedicarse a la organización del movimiento revolucionario en Bolivia, pero fue arrestado y asesinado dos años después. Los militares intervienen. Sostenidos de un lado por los sectores sociales más moderados, en 1964 toman el poder en Brasil y en 1966 en Argentina. Cuba se vuelve un cuartel general de la revolución, la casa madre de un nuevo comunismo tercermundista. La internacional de esta nueva revolución, llamada Tricontinental, realiza en La Habana una cumbre estratégica. Los Estados Unidos, después de la crisis provocada por la instalación de los misiles soviéticos en Cuba, sin dudarlo dieron apoyo a los regímenes militares y autoritarios. Entre 1970 y 1973 sobreviene el drama chileno. Allende conquista la presidencia y empieza a gobernar precariamente con una coalición de minoría que cada vez se vuelve más maximalista y marxista".[93]

La izquierda mundial no podía admitir que los hechos demostraran que el Gobierno marxista instaurado en Chile había sido impuesto a la población, que era una extensión de la dictadura cubana y de Fidel Castro y de los servicios secretos moscovitas y, peor aún, que dicho Gobierno marxista había llevado al país (y especialmente a las llamadas clases débiles) a un estado de miseria que significaba el hambre.

Como comentaba Augusto Pinochet en julio de 1974, lo que estaba en acción contra Chile era "una astuta maniobra dirigida por el comunismo internacional a continuación de la derrota sufrida en Chile".[94] Lo que entre tanto Pinochet no refería, era la cantidad de ayuda que la CIA y las empresas privadas norteamericanas, como veremos en los próximos capítulos, habían erogado y aún erogaban a los grupos antimarxistas chilenos, al menos para contrarrestar la maciza ayuda que llegaba desde Cuba, Moscú y algunos países europeos.[95]

Este era, en resumen, el cuadro de la campaña mundial de desinformación que partió inmediatamente después de la caída del régimen marxista chileno. Para el llamado hombre de la calle europeo, gracias a esa campaña, Allende era el legítimo y amable jefe de un Gobierno democrático, mientras Pinochet era un sanguinario dictador, opresor del pueblo, un golpista llegado al poder gracias a las bayonetas del Ejército y al asesinato de miles de opositores.

Con desprecio hacia la verdad, se llegó a crear, por parte de la prensa y la televisión, un condicionamiento mental de la opinión pública, según el cual Allende había "introducido reformas", mientras que el sucesivo colapso de la economía chilena era "el inevitable costo de la construcción del socialismo". Al final se inventó, incluso, que Allende no se había suicidado sino que había sido asesinado por los hombres de Pinochet. Y sobre este tema, como veremos más adelante, la verdad fue confirmada desde distintas partes. Pero aquellos que habían mentido no sintieron el deber de rectificar sus afirmaciones.[96]

Como observaba Il Borghese en septiembre de 1988, el término "dictador" era reservado, por la televisión italiana y europea de aquellos días, solamente a los regímenes de derecha, comenzando por el de Pinochet, que concedía a sus ciudadanos la libre salida del país y la libertad de prensa y, aún más, como veremos, los plebiscitos periódicos.[97] Los dictadores, para la televisión y periódicos europeos, existían solamente en Occidente. Para los países comunistas se hablaba de "gobiernos" o, gran concesión a la verdad, de "regímenes". Todavía hoy, en el siglo XXI, se califica a Pinochet de "ex dictador", mientras Fidel Castro es el "líder máximo" o "el presidente cubano".[98]

"Los países democráticos de Europa Occidental", escribe Juan Alberto Díaz Wiechers, "estaban tomados por una visión maniquea que divide la historia en buenos y malos y eran, en consecuencia, gobernados por personas del lobby socialdemócrata representado por individuos como Willy Brandt, François Mitterrand y Olof Palme, que sin profundizar sobre la verdadera situación de Chile y entre mil exageraciones, transformaron la Junta Militar de Pinochet en un paria político. Las mentiras orquestadas por la izquierda europea influyeron incluso sobre partidos europeos de derecha, que por motivos electorales se cuidaron bien de no tomar la defensa de Pinochet. A esto contribuyó el estado de decadencia ideológica del continente europeo donde, desde hace tiempo, la gente se ha acostumbrado a hablar de derechos y a olvidarse de la existencia de deberes. Bajo la presión de patéticos movimientos pacifistas, hasta el mismo concepto de defender la patria de una amenaza externa y el concepto mismo de patria, eran en Europa considerados prejuicios retrógrados o, peor aún, fascistas. El lema de los pacifistas alemanes era: "Mejor rojo que muerto".[99]

De dicha visión de la historia, prosigue Juan Alberto Díaz Wiechers, ha nacido una especie de mitología que querría pintar los años de Allende como un período de felicidad y los de Pinochet como uno de miseria y tristeza sin fin.

En los capítulos siguientes trataremos de acercarnos a la verdad.

 

 

    [1]Dramaturgo alemán. Frase extraída de su obra Schlageter (1933), en el volumen A Dictionary of Quotations, Norman Jeffers y Martin Grey (Ed. Barnes & Noble, New York, 1997 ).

    [2]A propósito de ciertos "intelectuales", Renato Cristin, Il Giornale, 2 de noviembre, 1992, escribe: "Los políticos, los intelectuales y los mass media europeos, son hipócritas, superficiales e ignorantes. Si tenían dificultad para darse cuenta de la abolición de la libertad en la Unión Soviética y en la China, imaginemos cómo hubiesen podido entender lo que sucedía en Chile, en el otro hemisferio. La inteligencia europea de izquierda ha estado siempre dispuesta a todo con tal de ver flamear las banderas rojas".

    [3] Cfr. Stephen Koch, Double lives: Stalin, Willie Muenzemburg and The Seductions of intellectuals (Ed. Harper Collins, Londres, 1994), obra en la cual están expuestas en detalle las técnicas marxistas de penetración en el ambiente intelectual mundial. Cfr., sobre este particular, también Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 110 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998) y Pierluigi Battista, Il Partito degli intellettuali (Ed. Latterza, Roma , 2001).

    [4] Cfr. Storia Illustrata de junio de 1999, p. 60 y sucesivas, artículo de Ugo Bertone.

    [5] Cfr. Il Messaggero del 22 de septiembre de 1993; el autor del artículo era Dario Puccini, "primer divulgador de Neruda en Italia". Los fragmentos de la poesía de Neruda que aparecen en esta página fueron extraídos de su libro Poesías (Ed. Einaudi, Torino, 1952) traducido por Salvador Quasimodo. Además de Quasimodo, eran amigos de Neruda los italianos Renato Guttuso, Antonello Trombadori, Carlo Levi y Alberto Moravia. Neruda murió a causa de un carcinoma, en Santiago, el 23 de septiembre de 1973, pocos días después de la toma del poder por la Junta Militar de Pinochet. Con respecto a las villas de Neruda, cfr. Dove, ver revista turística de la De Agostini Rizzoli, septiembre 2000, que aprovechaba la ocasión para llorar por el "día en que Allende murió, y con él muchas esperanzas de Chile".

    [6] En la coalición de la Unidad Popular prevaleció después la candidatura de Salvador Allende, que acabó siendo elegido. Sin embargo, hasta el último momento, Neruda intentó salvar la propia candidatura, a la cual renunció después de encarnizadas y penosas discusiones, pero antes obtuvo la promesa (que le fue mantenida) de un cargo como embajador en París. Cfr. Robert Moss, Chile's Marxist Experiment (Ed. David & Charles, Newton-Abbott 1975), p. 40. El historiador Robert Moss ha sido comentarista político de la publicación inglesa The Economist y docente en el Royal College of Defence Studies de Londres.

    [7] Un juicio también negativo se puede dar sobre los premios asignados en 1980 al argentino Adolfo Pérez Esquivel, en 1992 a la guatemalteca Rigoberta Menchú, en 1998 al portugués José Saramago, en 1999 al alemán Gunter Grass y en 1997 al italiano Dario Fo: todos "intelectuales" (o pseudointelectuales) claramente comprometidos con la izquierda. Cfr. a propósito de Pérez Esquivel, Corriere della Sera del 10 de diciembre 1998. Y sobre Gunter Grass, José Saramago y Dario Fo, The Wall Street Journal del 4 de octubre de 1999.

    [8] Esta increíble vergüenza proviene del discurso que el ex senador comunista chileno Volodia Teitelboim pronunciara, en Buenos Aires, con ocasión de la presentación de su libro Los dos Borges. Fue uno de los 18 miembros de la comisión del Nobel, Arthur Lundkvist, quien se opuso a otorgar el Nobel a Borges "por su apoyo a la dictadura de Pinochet". La viuda de Borges, María Kodama, denunció el hecho y refirió el contenido de una conversación telefónica desde Suecia, en la cual le aconsejaban a su marido renunciar al encuentro con Pinochet si no quería perder el Nobel. Cfr. La Segunda, 16 de septiembre de 1996, y Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, p. 271 (Ed. Geniart, Santiago, 1998).

    [9] Cfr. Pablo Neruda, Incitación al Nixonicidio y Alabanza de la Revolución (Ed. Quimantú, Santiago, 1973). p. 39.

    [10] Cfr. Corriere della Sera, 18 de octubre de 1998, p. 9, artículo de Maurizio Chierici.

    [11] Cfr. L'Unità, 19 de octubre de 1998, p. 2, artículo de Gianni Minà, e Il Giornale, 4 de noviembre de 1998, p. 27, artículo de Roberta Pasero. Sepúlveda, a tal punto omnipresente, capaz de moverse hasta en el ambiente cinematográfico, como escenógrafo y como director cinematográfico: cfr. Il Giornale, 30 de mayo de 2000, p. 33. Inicialmente condenado a 25 años de prisión, Sepúlveda recibió una gracia de Pinochet, que le redujo la pena a 8 años de exilio; un exilio dorado en el que se estableció definitivamente en el extranjero, respetado y bien pagado. Cfr. Corriere della Sera, 13 de octubre de 2000, p. 33. El 14 de agosto de 1996 el diario romano Il Messaggero cometió la imprudencia de publicar un artículo de Luis Sepúlveda, que se refiere al caso Priebke. A continuación de la demanda presentada por Erich Priebke, el 12 de noviembre de 1999, y después de la sentencia del 5 de julio de 2002, Il Messaggero tuvo que pagar a Priebke un resarcimiento de 10.000 euros por daños.

    [12] Cfr. La Repubblica del 19 de octubre de 1998, p. 13, artículo de Alessandro Oppes, quien definía a Sábato como "gran escritor viejo, pesimista y melancólico, símbolo de sabiduría".

    [13] En cierto sentido, Neruda tuvo razón cuando dijo: "Abolieron al mendicante". En los países comunistas, de hecho, a los mendicantes y desocupados crónicos, definidos como "parásitos", se los asignaba a campos de reeducación y trabajos forzados.

    [14] Nota de humor: este admirador de la bomba atómica fue nombrado, en los años '50, presidente honorario del llamado Movimiento Mundial para la Paz, derivación de la oficina soviética de información Cominform, propuesto personalmente por Stalin (cfr. Il Giornale del 11 de enero de 2003, p. 10).

    [15] El incomprensible lenguaje de los llamados intelectuales de izquierda, fue desde siempre el blanco de frecuentes ironías. Una lección de estilo literario proviene del escritor Eugenio Saracini, autor del volumen N° 18 (febrero de 2003) de la Biblioteca Histórica de Il Giornale (p. 15): "En primer lugar es necesario expresarse de manera calma, coloquial, sin temor de parecer banal [...] y conviene recurrir a un tipo de esquema o proyecto con algunos ejemplos [...] a costa de parecer escolástico".

    [16] Cfr. Corriere della Sera del 29 de octubre de 1998, p. 8. Baltasar Garzón, como veremos en los capítulos XI y XII de este libro, es el nombre del magistrado español que intentó procesar en Madrid al ex Presidente chileno Augusto Pinochet.

    [17] De este modo, asegurándose la palma de oro de la political correctness, el Corriere della Sera del 18 de octubre de 1998, p. 9, describió a Pinochet: "El déspota entra en los libros con esa cara dura, un poco caricaturesca [...], con el bigote al estilo hitleriano, el mentón enfadado a la manera de Mussolini, los Ray Ban negros de caudillo latino. Y con la crueldad que caracteriza a todos los tiranos".

    [18] Cfr. Corriere della Sera del 29 de octubre de 1998, p. 8.

    [19] Cfr., Jean-François Revel, Cómo terminan las democracias, p. 296-298 y 304-305 (Ed. Planeta, Barcelona, 1983).

    [20] Las palabras del obispo encontraron en Italia la aprobación de la prensa conformista. LaRepubblica definió a Camus Larenas como "hombre comprometido en la denuncia de la dictadura y en la defensa de los derechos humanos, crítico y disidente respecto del régimen militar, desde un punto de vista moral". El diario Corriere della Sera declaró que Camus Larenas "estaba en la mira del Gobierno desde siempre, catalogado por su conducta subversiva". Cfr., para un comentario, Il Borghese del 27 de septiembre de 1987.

    [21] Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002) p. 716.

    [22] Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002) p. 721.

    [23] Cfr. Miguel de Nantes, Ojo: no tropiecesen la misma piedra, p. 89 (Ed. Impresos Universitaria, Santiago, 1999).

    [24] Para entender bien la naturaleza de la Teología de la Liberación es aconsejable leer los escritos del pensador marxista Konrad Farner: "Esa teología", escribió Farner, "debe entenderse como teología del comunismo, porque el comunismo es la única esperanza del hombre y sin el comunismo no puede existir el auténtico cristianismo". Según Farner, solamente a través de la colaboración entre cristianos y marxistas puede nacer la sociedad comunista: "El marxismo solo", sostiene Farner, "correría el riesgo de construir una sociedad nueva, pero no un hombre nuevo, con el peligro de volver a la sociedad precedente". Lo que otorgó a los teólogos de la liberación la dignidad de pensadores cristianos fue la difusión en América Latina, a través de millones de copias, de la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII. El quinto capítulo de esa encíclica avizoró la posibilidad de una apertura al marxismo, al límite de suscitar en El Vaticano, por su imprudencia, una oleada de polémicas en medio de las cuales el Cardenal Tardini llegó al punto de definir a Juan XXIII "temporalmente loco". "¿Quién puede negar", dijo, entre otras cosas, Juan XXIII, "que en esos movimientos, existan elementos positivos que merezcan aprobación ? Por lo tanto se puede verificar que un acercamiento o encuentro de orden práctico, considerado ayer inoportuno o no fecundo, hoy no lo sea más o pueda llegar a serlo en un futuro". Con tales afirmaciones, la encíclica ofreció un servicio tan valioso a la causa comunista, que Palmiro Togliatti no ocultó su propio entusiasmo: "El mundo será manejado por nosotros y por los católicos", deliró el líder comunista italiano, "y seguramente encontraremos la manera de arribar a una cola-boración recíproca". El optimismo de Togliatti, aprobado y compartido por Konrad Farner, que en su libro Theologie des Komunismus aseguró que la flaqueza de Juan XXIII daría lugar a una verdadera colaboración entre cristianos y marxistas y que nada habría obstaculizado el triunfo del comunismo en todo el planeta. La ingenuidad política impidió a Juan XXIII (evidentemente olvidando las enseñanzas de Pío XII y su encíclica Humani Generis, de 1950) percibir el doble discurso de los comunistas y su habilidad para manipular y destruir a los aliados transitorios. El daño fue enorme, porque la Pacem in Terris favoreció a los comunistas como "movimiento histórico con objetivos económicos, sociales, culturales y políticos", con una generosa mano que no hubiese sido fácil retirar. De este hecho nació y se desarrolló en América Latina la Teología de la Liberación. Pero, ¿era ésta una teología? Cómo llamar teólogo al chileno Pablo Richard (docente de la Universidad Católica de Chile y amigo de Allende) que en su libro Los Cristianos y la Revolución define las bases de la teología de la liberación, por él predicada, como "la práctica de la liberación y la lucha revolucionaria". Fue decisiva, en la lucha contra la Teología de la Liberación, la visita de Juan Pablo II a Puebla, México, el 29 de enero de 1979: "Ustedes son guías espirituales", dijo el Santo Padre, "no agitadores sociales o políticos. Ciertas ideas de un Jesús político, revolucionario y subversivo no armonizan con las enseñanzas de la Iglesia". De igual manera fueron eficaces la severa visita de Juan Pablo II a Perú, en febrero de 1985, y las medidas por él tomadas, en mayo del mismo año, respecto del brasileño Leonardo Boff. Cfr., por otro lado, Il Borghese del 3 de marzo de 1985, p. 535 y sig., Il Giornale del 5 de febrero de 1985, 8 de febrero de 1985, 1 de mayo de 1985, 11 de mayo de 1985 y 28 de mayo de 1986, y el libro Sendero Luminoso New Revolutionary Model, de James Anderson (Ed. Institute for the Study of Terrorism, Londres. 1987), p. 19. Cfr., asimismo, el libro El Marxismo invade la Iglesia, de Miguel Poradowski (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1974), el libro Teología de la Liberación (publicado en Toledo, España, en junio de 1973 y comentado en El Mercurio del 2 de diciembre de 1975) y el libro La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976.

    [25] Cfr.Miguel Poradowski, El Marxismo invade la Iglesia (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1974), p. 77-78.

    [26] Cfr.Luis Pacheco Pastene, El pensamiento sociopolítico de los obispos chilenos 1962-73, p. 28 (Ed. Salesiana, Santiago, 1985). Y Cfr., otro tanto, Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, pp. 148-155 (Ed. Geniart, Santiago, 1998).

    [27] Cfr.Augusto Pinochet, Camino recorrido, II, p. 56 (Ed. Instituto Geográfico Militar de Chile, Santiago, 1991), James R. Whelan, Out of the ashes, p. 724 (Ed. Regnery Gateway, Washington, 1989), Eugenio Yáñez, La Iglesia y el Gobierno Militar, p. 56-60 (Ed. Andante, Santiago, 1989) y Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, pp. 118 y 123 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998).

    [28] Con mayor cautela se alineaban otros religiosos como Emilio Tagle, Orozimbo Fuenzalida, Jorge Medina, Augusto Salinas, Francisco Valdés, etc. Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002), p. 714.

    [29] La denominación exacta del Comité Pro Paz era: Comité Ecuménico de Cooperación para la Paz de Chile.

    [30] Cfr. Augusto Pinochet, Camino recorrido, II, p. 56 (Ed. Instituto Geográfico Militar de Chile, Santiago, 1991), Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, pp. 117 y 123 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998) y los diarios La Segunda del 2 de noviembre de 1974 y La Prensa del 3 de noviembre de 1974. Fueron expulsados contemporáneamente Frenz y el pastor luterano Vásquez.

    [31] Cfr. La Nación del 25 de noviembre de 1962 y el artículo El impacto de la pastoral en la revista chilena Mensaje del mes de noviembre de 1962. Cfr. También Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, p. 150-151 (Ed. Geniart, Santiago, 1998). Como les sucede a menudo a los marxistas, beneficiarios privilegiados de los premios Nobel y de otros premios por la "Paz" y por la "Literatura", también Raúl Silva Henríquez recibió su ansiado reconocimiento bajo la forma de un misterioso "Premio por la Paz", otorgado en España mediante una decisión proveniente de un "comité" desconocido.

    [32] Cfr. Ercilla del 5 de julio de 1961 y Le Monde del 23 de octubre de 1961. Cfr. También un comentario aparecido en El Mercurio en marzo de 1970 y referido en el libro La Iglesia del Silencio en Chile (editado por la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976), p. 33-34.

    [33] Cfr. Mensaje de diciembre de 1962, N° 115, pp. 589-592. Acerca de un exaltado comentario de Silva Henríquez respecto del artículo publicado en Mensaje, cfr. La Voz del 16 de diciembre de 1962. Con respecto a una protesta de la Iglesia conservadora chilena, cfr. El Diario Ilustrado del 27 de diciembre de 1962.

    [34] Cfr. por otra parte, Mensaje de octubre de 1963, N° 123, y El Mercurio del 18 de abril de 1964. Cfr., asimismo, Mensaje, N° 166, 167 y 168 de 1968.

    [35] Cfr. Ercilla del 9 de marzo de 1966.

    [36] Noticias, éstas, difundidas a través de la revista chilena Qué Pasa y de Radio Moscú (Cfr. Il Borghese del 27 de septiembre de 1987). Referente a las dudosas actividades de la Vicaría,cfr. Carlos Huneeus, El régimen de Pinochet (Ed. Sud-americana, Santiago, 2001), Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2001), p. 713 y sig., y El Mostrador del 16 de marzo de 2001).

    [37] Cfr. sobre aquellos episodios, El Mercurio del 24 de agosto de 1967, El Diario Ilustrado del 24 de agosto de 1967, El Mercurio del 2 de septiembre de 1968, Ultimas Noticias del 24 de septiembre de 1968 y el libro La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago 1976, p. 85-87. Cfr., asimismo, Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, p. 152 (Ed. Geniart, Santiago, 1998), Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 12 y sig. (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998), Ricardo Krebs, Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, p. 866 y sig. (Ed.Universidad Católica, Santiago, 1994), Raúl Silva Henríquez, Memorias, III, p. 10 y 24 (Ed. Copygraph, Santiago 1991) y Teresa Donoso Loero, Historia de los cristianos por el socialismo en Chile, p. 9-27 (Ed. Vaitea, Santiago, 1975).

    [38] Cfr. Teresa Donoso Loero, Historia de los cristianos por el socialismo en Chile, p. 39-48 (Ed. Vaitea, Santiago, 1975) y Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, p. 153 (Ed. Geniart, Santia-go, 1998).

    [39] Cfr. Philippe Delhaye, La ciencia del bien y del mal, cap. V (Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona, 1990).

    [40] Cfr el diario español ABC del 22 de septiembre de 1967, El Mercurio del 21 de septiembre de 1968, la revista Aurora N° 15 del año 1968 y La Nación del 22 de septiembre de 1968; asimismo, Il Boghese del 18 de septiembre de 1988, p. 155.

    [41] Cfr El Siglo del 16 de abril de 1969 y Il Borghese del 18 de septiembre de 1988, p. 154. Interesante, a propósito de Helder Cámara, un irónico artículo del diario The Wall Street Journal del 3-4 de septiembre de 1999, en el que se refirieron a las palabras del arzobispo, según el cual el comunismo hubiera sido perfecto si no hubiese sufrido las consecuencias de algunos errores de aplicación práctica.

    [42] Cfr La Iglesia del Silencio, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, p. 90.

    [43] Cfr. Ultimas Noticias del 21 de agosto de 1969, el Boletín Informativo Arqui-diocesano N° 38 del mes de junio de 1969 y El Diario Ilustrado del 22 de junio de 1969.

    [44] Cfr. Storia Illustrata de junio de 1999, p. 60 y sig., artículo de Ugo Bertone. Según el Corriere della Sera del 18 de octubre de 1998, p. 9, también Augusto Pinochet Ugarte era masón. Un hecho extraño, éste, considerando la fe católica de Pinochet que, junto a su mujer, asisten casi todos los días a la Santa Misa.

    [45] Cfr. Ultima Hora del 24 de diciembre de 1969,Clarín del 24 de diciembre de 1969 y El Mercurio del 24 de enero de 1970.

    [46] Cfr. El Siglo del 18 y 24 de abril de 1970.

    [47] Cfr. El Siglo de 7 de agosto de 1970. Canal 13 era propiedad de la Universidad Católica. Cfr. Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 121 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1991) y Ricardo Krebs, Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, p. 866 y sig. (Ed. Universidad Católica, Santiago, 1994).

    [48] Cfr. La revista SIC, N° 328 de 1970.

    [49] Cfr. El Mercurio del 29 de septiembre de 1970 e Il Borghese del 18 de septiembre de 1988, p. 156.

    [50] Cfr. La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, pp. 138-139.

    [51] Cfr. El Siglo del 28 de octubre de 1970, Ercilla del 4 de noviembre de 1970, e ICI del 15 de noviembre de 1970.

    [52] Cfr. La Revista Católica, septiembre-diciembre de 1970, pp. 58- 85. Pero no todos disfrutaron de aquella victoria de la izquierda. En la mañana del primer día feriado disponible (lunes 7 de septiembre de 1970) los bancos fueron invadidos por una multitud de ahorristas que retiraron su dinero, a fin de salvaguardarlo en el extranjero. En un día se registró una fuga de 180 millones de escudos, que dos días después se convirtieron en 650 millones. Se trató evidentemente de una oleada espontánea de pánico, pero Allende y sus aliados no dudaron en atribuir la causa a una "conspiración internacional". Cfr. Robert Moss, Chile's Marxist Experiment (Ed. David & Charles, Newton-Abbott, 1975), p. 29-30.

    [53] Cfr. en La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, p. 145 y sig.

    [54] Cfr. La Nación y El Siglo del 2 de mayo de 1971.

    [55] Cfr. Los mitos cubanos de la "perfecta sanidad pública" y de la "educación escolar para todos" fueron demolidos mediante un libro publicado en Francia por Ileana de la Guardia, hija del general Antonio de la Guardia, fusilado en 1989 por orden de Fidel Castro. Cfr. Libero del 20 de marzo de 2001.

    [56] Cfr. El diario argentino La Opinión del 23 de octubre de 1971.

    [57] Cfr. El Siglo y Clarín del 24 de noviembre de 1971.

    [58] Cfr. Ultima Hora del 27 de diciembre de 1971.Canal 13, propiedad de la Universidad Católica. Cfr. Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 121 (Ed. Zig-Zag, Santiago 1998), Raúl Silva Henríquez, Memorias, III, p. 24 (Ed. Copygraph, Santiago, 1991) y Ricardo Krebs, Historia de la Pontificia Universidad de Chile, p. 866 y sig. (Ed. Universidad Católica, Santiago, 1994).

    [59] Cfr. La Segunda del 5 de abril de 1972 y Qué Pasa del 4 de mayo de 1972.

    [60] Miguel Poradowski, El Marxismo invade la Iglesia (Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1974), p. 81 y sig.

    [61] El proyecto de reforma escolar de Allende merece un comentario. En la Escuela Nacional Unificada, el Estado habría sustituido a los padres en la orientación vocacional de los niños y adolescentes. En los cursos de historia, además, los héroes nacionales hubiesen sido sustituidos por los héroes del marxismo internacional. Para subrayar aún más esos propósitos reformistas, (en la Gran Avenida del General José Miguel Carrera) se erigió una estatua del Che Guevara. Buena acogida encontró además el plan de Allende de incorporar a las escuelas y a la universidad un aguerrido grupo de profesores marxistas para ejercer presión, al que pronto adhirió el 65% del cuerpo docente. Cfr. Miguel de Nantes, Ojo: no tropieces en la misma piedra, pp. 20-21 y pp. 82-83 (Ed. Impresos Universitaria, Santiago, 1999). Fue un proyecto, el de la Escuela Nacional Unificada de Allende, de algún modo análogo al de la reforma escolar que se aplicó en 1999 en Italia (sin éxito, gracias a la intervención personal de Juan Pablo II, el 30 de octubre de 1999, frente a 200 mil personas) por el entonces ministro comunista de Instrucción, Luigi Berlinguer, integrante del gobierno italiano de centroizquierda, presidido por Massimo D'Alema, también él actualmente comunista. Cfr. toda la prensa italiana de aquellos días y, en particular, del 31 de octubre de 1999.

    [62] Cfr. La Prensa del 15 de febrero de 1973.

    [63] Cfr. El Mercurio del 30 de enero de 1973, La Prensa del 15 de febrero de 1973 y, por un comentario, Il Borghese del 18 de septiembre de 1988, p. 165.

    [64] Cfr. programa Correva l'anno, transmitido a través de RAI 3 a las 23:25 horas del 2 de enero de 2003.

    [65] Cfr. Eugenio Yáñez, La iglesia y el Gobierno Militar, p. 56 (Ed. Andante, Santiago, 1989), Raúl Silva Henríquez, Memorias, II, p. 285 y sig. (Ed. Copygraph, Santiago, 1991), Augusto Pinochet, Camino recorrido, II, p. 24 (Ed. Instituto Geográfico Militar de Chile, Santiago, 1991) y Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 111 y sig. y 120 y sig. (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998).

    [66]  Pierre Dubois fue expulsado de Chile en el año 1986. Retornó en el año 1990. En 1999 solicitó la ciudadanía chilena, el 20 de diciembre del año 2000 (entonces en plena democracia) como respuesta obtuvo el rechazo. Luego le fue otorgada, cfr. Televideo RAI del 20 de diciembre del año 2000.

    [67] Fue colaborador directo, el sacerdote Puga, en la preparación de las declaraciones públicas de Silva Henríquez a favor del diálogo con el marxismo-leninismo.

    [68] Cfr.Il Borghese del 27 de septiembre de 1987.

    [69] Cfr. Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 122 (Ed. Zig-Zag, Santiago 1998). p. 60.

    [70] Cfr.Aldo Meneses, El poder del discurso: la Iglesia Católica chilena y el Gobierno Militar, p. 173 (Ed. Ilades, Santiago, 1989), Raúl Silva Henríquez, Memorias, III. p. 24-28 (Ed. Copygraph, Santiago, 1991), Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 115 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998) y James R. Whelan, Out of the ashes, pp. 568 y 724 (Ed. Regnery Gateway, Washington, 1989). Cfr., del mismo modo, Archivo general de la Presidencia de la República de Chile, fascículo 2630/83 de data 8 de agosto de 1974 y el diario argentino Clarín del 25 de abril de 1974.

    [71] Canal 13, de propiedad de la Universidad Católica. Cfr. Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 121 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998), Raúl Silva Henríquez, Memorias, III, p. 24 (Ed. Copygraph, Santiago, 1991) y Ricardo Krebs, Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, p. 866 y sig. (Ed. Universidad Católica, Santiago, 1994).

    [72] Cfr. La Tercera de la Hora del 15 de octubre de 1973.

    [73] Cfr. La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, pp. 287-288 y 327-328.

    [74] Cfr. La Tercera de la Hora del 15 de octubre de 1973. Numerosos ciudadanos españoles actuaron ilegalmente en Chile en la formación de grupos terroristas. Fue exactamente en referencia a Antonio Llido y a otros extremistas y terroristas españoles, arrestados y asesinados después del golpe militar, que el magistrado madrileño Baltasar Garzón pidió y obtuvo el arresto, en Londres, de Augusto Pinochet (cfr. capítulos XI y XII de este volumen).

    [75] Cfr. El Mercurio del 14, 17 y 18 de diciembre de 1974, y La Segunda del 18 de diciembre de 1974.

    [76] Cfr. Robert Moss, Chile's Marxist Experiment (Ed. David & Charles, Newton-Abbott, 1975), p. 20, Augusto Pinochet, Camino recorrido, II, p. 102 (Ed. Instituto Geográfico Militar de Chile, Santiago, 1991) y Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 243 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998). Cfr., del mismo modo, Qué Pasa del 6 de noviembre de 1975.

    [77] Cfr. La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, pp. 333 y sig.

    [78] Cfr. La Tercera de la Hora del 11 de noviembre de 1975.

    [79] El comportamiento del ala "progresista" de la Iglesia Católica disgustó a muchos feligreses. En agosto de 1976 algunos de ellos agredieron a los obispos Fernando Ariztía y Carlos González Cruchaga al regresar de un mitín político-religioso realizado en Ecuador. Análogas manifestaciones hostiles se repitieron en noviembre de 1978, durante la inauguración de un simposio que adhería al marxismo, enmascarado bajo la fachada de la defensa de los derechos humanos: fue precisamente gracias a ese simposio que un mes después, en diciembre de 1978, Raúl Silva Henríquez y su vicario Cristián Precht recibieron en Nueva York el premio de las Naciones Unidas por la defensa de los derechos humanos. Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002), p. 717.

    [80] Cfr. La Luce del 19 de septiembre de 1986 e Il Borghese del 14 de diciembre de 1986. Una idea del nivel de ciertos artículos del diario La Luce, perteneciente a las Iglesias evangélicas, valdenses y metodistas, extraída de un artículo firmado por Aldo y Fernanda Comba, en el cual se afirmó que Alemania Occidental fue, en aquellos años, "una vitrina embellecida artificialmente por el capitalismo occidental" para desairar a los felices ciudadanos de Alemania comunista, donde las Iglesias fueron "moralmente mejor equipadas por nosotros para afrontar los problemas de los años 2000" y donde las filas frente a los negocios simbolizaron un hecho saludable: "Cuando hay ya diez personas en un negocio", se explicó, "los otros hacen fila en vez de ir a la rastra: es todo". Un tanto humorístico, otro artículo en el cual a propósito de Nicaragua sandinista (fueron célebres las fosas comunes donde se tiraban los cuerpos de los anticomunistas asesinados por el régimen), se dijo: "El Papa en persona eligió al arzobispo de Managua como antagonista político de la experiencia sandinista, actuando cada vez más abierta y provocativamente contra el gobierno y contra la gran mayoría de los católicos, de los curas y de los religiosos [...] pero con Nicaragua no será fácil sobrepujar, tomar ventaja para El Vaticano". Cfr. La Luce del 13 de noviembre de 1981.

    [81] Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002), p. 720.

    [82] Cfr. La Segunda del 9 de junio de 1997 y El Mercurio del 15 de junio de 1997, citados por Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez en las pp. 267-268 de su libro Pinochet y la restauración del consenso nacional (Ed. Geniart, Santiago, 1998).

    [83] En Milán, en 1985-86, se habló abiertamente del compromiso "progresista" del Cardenal Martini, que llegó al extremo de invitar a manifestaciones públicas al americano Rembert G. Weakland, arzobispo de Milwaukee, que en los años de la guerra fría luchó por el desarme unilateral de Occidente.

    [84] Hortensia Bussi de Allende, cuya relación con su marido era tensa, dadas sus escapadas, se encontró de repente convertida en viuda inconsolable y de este modo fue huésped de honor en miles de reuniones internacionales. Después de una agradable permanencia en México, se dirigió a Moscú, donde el Congreso Mundial para la Paz (en el que estaba presente Leonid Breznev, quien le prometió "solidaridad con los patriotas chilenos y paz duradera en todo el mundo") la recibió y la homenajeó como "heroína revolucionaria": cuando la noticia llegó a Chile, este hecho produjo gran hilaridad. En su visita a Roma, Hortensia concedió una entrevista al diario Il Messaggero, argumentando que la culpa de los problemas de su marido venían de la Democracia Cristiana chilena, que prestó servicios a las grandes multinacionales norteamericanas como la ITT. Continuó con un interminable y exitoso itinerario de conferencias en Estados Unidos, donde Hortensia fue huésped de la izquierda local, del reverendo George Herbec y de una organización denominada "Católicos, luteranos y metodistas unidos para la Acción Social". En el curso del itinerario tuvo gran repercusión el error cometido por su asistente, la comunista Fernanda Navarro, que hablando en su nombre acusó a los Estados Unidos de haber financiado en Chile un "golpe de Estado fascista". Interviniendo personalmente en la discusión, la viuda de Allende solicitó a los Estados Unidos darle al pueblo chileno en su lucha por la libertad "el mismo apoyo dado al pueblo de Viet-nam". Luego de un periplo por el mundo que tuvo sus momentos culminantes en la India y en Japón, Hortensia regresó a México, donde compró una mansión de 240 mil dólares. El 30 de septiembre de 1977, en consideración a sus méritos políticos y culturales, el Kremlin le asignó el Premio Lenín. Según lo referido por el ex jefe de la DINA Manuel Contreras Sepúlveda, sin embargo, la ex señora de Allende intentó en mayo de 1977 regresar a su patria (donde se le garantizó una total protección), pero fue disuadida por una amenaza de Fidel Castro tocante a su hija Beatriz, que vivía en la Habana. Cfr. Il Messaggero del 30 de octubre de 1973, La Segunda del 11 de junio de 1987 y los libros Desde las cenizas, vida muerte y transfiguración de la democracia en Chile, de James R. Whelan, pp. 626-628 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1993) y Pinochet y la restauración del consenso nacional, de Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, pp. 274-275 (Ed. Geniart, Santiago, 1998). Cfr. también Manuel Contreras Sepúlveda, La Verdad Histórica II: ¿Desaparecidos?, pp. 18-19 (Ed. Encina, Santiago, 2001).

    [85] Cfr. James R. Whelan, Desde las cenizas, vida muerte y transfiguración de la democracia en Chile, p. 629 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1993) y Julio Canessa Robert y Francisco Balart Páez, Pinochet y la restauración del consenso nacional, p. 276 (Ed. Geniart, Santiago, 1998).

    [86] Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (Ed. El Mercurio Aguilar, Santiago, 2002), p. 713.

    [87] Como Ladislav Bittman, ex agente del KGB, refiere en la p. 8 de su libro The KGB and Soviet Disinformation, an Insider's View (Ed. Pergamon Brassey's, Washington, 1985), la actividad de manipular la información desarrollada por la KGB sobre las cuestiones referentes a Chile y Argentina fue delegada, confiada a expertos checoslovacos y tuvo su base de operaciones en México y Uruguay.

    [88] El intento del periodista de televisión italiana Italo Moretti de minimizar el significado de la presencia del Papa en el balcón junto a Pinochet rayó con la comicidad: según Moretti el Papa estaba solo en el balcón, pero de repente "apareció Pinochet". Y luego el comentario: "¿Qué podía hacer el Papa?". En realidad, como se vio en las imágenes, los dos llegaron al mismo tiempo pero Pinochet educadamente dio prioridad al sonriente Papa. Según Moretti, la presencia del Papa junto a Pinochet "hizo sufrir a los católicos chilenos y a los del mundo entero". Cabe preguntarse si entre los católicos chilenos "sufrientes" fueron incluidos los que en la plaza aplaudían felices y si la opinión de los católicos de todo el mundo fue revelada a través de una encuesta dada a conocer solamente a Moretti. Cfr. programa Correva l'anno, por RAI 3 a las 23:25 horas del 2 de enero de 2003, que por otro lado mostró como "fieles dispersos con bombas de agua" a esos pocos subversivos que la policía alejó.

    [89] Respecto de las vicisitudes chilenas y del control ejercido sobre la información de algunos centros de poder, así se expresó en aquellos días el ex presidente de Nicaragua Anastasio Somoza, depuesto por voluntad del presidente americano Jimmy Carter: "Si Pinochet deja escapar una palabra contra los comunistas", dijo Somoza, "o lanza bastonazos a los comunistas, los canales de televisión más importantes, así como los diarios de igual tenor lo atacarían cantando un coro de alabanzas al ex presidente socialocomunista Allende. ¡Oh, cuán magnífica organización de control sobre la información debe tener cierta gente...!". Cfr. Anastasio Somoza, Nicaragua Bertrayed (Ed. Western Islands, Belmont, Mass., 1980), pp. 82-83. De esta manera comenta Miguel de Nantes: "La izquierda impuso su propio control sobre los medios de comunicación, de manera que más del 70% de la prensa mundial está silenciada, embozada y prostituida por el marxismo internacional. Cuando, sin garantías de un justo proceso, cuatro altos oficiales cubanos fueron fusilados por orden de Fidel Castro, la prensa mundial guardó vergonzoso silencio. No es difícil imaginar qué hubiera sucedido si esos fusilamientos hubiesen acaecido en el Chile de Pinochet". Cfr. Miguel de Nantes, Ojo: no tropieces en la misma piedra, pp. 99-100 (Ed. Impresos Universitaria, Santiago, 1999).

    [90] Cfr. La Iglesia del Silencio en Chile, de la Sociedad Chilena de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, Santiago, 1976, pp. 302 y sig., Memorias, de Raúl Silva Henríquez, III, pp. 76, 79 y 87 (Ed. Copygraph, Santiago, 1991), y Chile escoge la libertad, de Gonzalo Rojas Sánchez, p. 241 (Ed. Zig-Zag Santiago, 1998). Cfr., otro tanto, Il Borghese del 25 de septiembre de 1988, p. 218, y del 2 de octubre de 1988, p. 281, El Mercurio del 15 de junio de 1997, donde se subrayó el comportamiento del Comité Pro Paz que, con el apoyo del Concilio Ecuménico de las Iglesias y de la misma Iglesia Católica chilena, estaba abiertamente comprometido con el extremismo marxista-leninista. A tal propósito cfr. Carlos Huneeus, El régimen de Pinochet (Ed. Sudamericana, Santiago, 2001) y El Mostrador del 16 de marzo de 2001.

    [91] Cfr. Corriere della Sera del 1 de mayo de 1985.

    [92] Cfr. Gonzalo Vial Correa, Pinochet, la biografía (ed. El Mercurio, Santiago 2002), p. 527-530.

    [93] Cfr. Corriere della Sera del 29 de octubre de 1998, p. 8.

    [94] Cfr. Archivo general de la Presidencia de la República de Chile, fascículo 1000/47 de data 10 de julio de 1974. Cfr., asimismo, diario La Segunda del 15 de noviembre de 1974 y Gonzalo Rojas Sánchez, Chile escoge la libertad, p. 109 (Ed. Zig-Zag, Santiago, 1998).

    [95] De eso se hablará en los capítulos VIII y IX de este libro.

    [96] Según la Enciclopedia Histórica Zanichelli, impresa en el año 1980 (p. 101), Allende "fue abatido por las armas de los golpistas, defendiendo a mano armada el mandato constitucional". Según la Enciclopedia de la Historia Universal Sansoni de 1974 (p. 1083) "fue asesinado". Según el diario La Repubblica (artículo de Tahar Ben Jelloun, citado por Paolo Granzotto en el diario Il Giornale del 17 de febrero de 2003) "Estados Unidos hizo asesinar al Presidente Allende". La Enciclopedia Británica de 1997 confirmó, en el vol. 1 Micropaedia (p. 280), que se suicidó; pero en el vol. 9 Micropaedia (p. 456) se limitó a decir que "murió"; en el vol. 16 Macropaedia (p. 34) se atrevió a decir que "murió durante un asalto".

    [97] Un ejemplo para todos: según la Enciclopedia Storica Zanichelli de 1980 (p. 271) Pinochet fue responsable de "una cruel represión frente a sus opositores".

    [98] Cfr. Il Borghese del 11 de septiembre de 1988, pp. 87-88.

    [99] Cfr. Juan Alberto Díaz Wiechers, Chile entre el Alcázar y la Moneda, pp. 41 y sig. (Ed. Imprenta Nuevo Extremo, Santiago, 1999).

 

 

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