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Inauguramos esta sección con:
LAS RATAS
Cuento por Mario Urbina (2005)
Era un hermoso barco... Había navegado gallardamente muchísimos años bajo distintos capitanes y con variada tripulación.
Sus innumerables viajes los realizó con tiempo generalmente favorable, aunque varias tormentas fueron afrontadas y sorteadas con éxito, gracias a la pericia de los oficiales y a la lealtad de sus hombres de mar...
Muchos
pasajeros fueron transportados a sus destinos, grandes cantidades de productos de exportación se repartieron por el mundo, brindando riquezas a los dueños del barco.
Pero... en el barco había ratas.
Miles de ratas, viviendo y multiplicándose en los más oscuros rincones de las bodegas y sentinas... No se sabe bien cuando llegaron a bordo; tal vez fue en algún puerto exótico, o por las espías de amarre a un malecón desconocido. Analizando la probable fecha de subida de los asquerosos roedores, se dedujo que fue alrededor de los primeros años del siglo XX.
Esos miles de repugnantes animales no eran simples bichos, pues tenían dos características que los hacían muy peligrosos:
eran inteligentes y ambiciosos. Querían gobernar el barco y apoderarse de su cargamento y de sus pasajeros y tripulantes, para servir quién sabe qué ignotos objetivos. En su limitada mentalidad de roedores, pensaban que, puesto que ellos eran miles y miles, tenían el derecho de ser los dueños del barco, y mandar a su capitán y a la veintena de oficiales y algunos centenares de pasajeros. Pensaban que ya que ellos eran mayoría numérica, no podían estar supeditados a un puñado de seres que consideraban una despreciable minoría.
Reunidos en amplia asamblea general, en la más profunda y oscura de las bodegas, en medio de chillidos y peleas, acordaron un plan de acción que les dio resultado, aunque al final fracasaron estruendosamente.
El plan
consistía básicamente en ganarse algunos de los tripulantes más ignorantes y ambiciosos,
prometiéndoles que cuando ellas, las ratas, dominaran el barco, esos tripulantes traidores tendrían puestos importantes, y dejarían de ser modestos marineros...
Empezaron su labor de zapa y convencimiento. Finalmente, por uno de
esos azares del destino, lograron las ratas mandar en el barco, ayudadas por los traidores. Y lo primero que hicieron fue cambiar el rumbo: en vez de dirigirse hacia el puerto llamado Progreso (llegar al cual, por
generaciones, era el objetivo de todos en el barco, tanto de dueños, capitanes, oficiales, tripulantes y pasajeros) los nuevos capitanes dirigieron la proa hacia el mar Caribe, por extrañas razones...
Pero las
ratas que se habían apoderado del barco
-¡ratas al fin!- empezaron a atacar a los humanos, a roer las maderas, a comerse las puertas, a devorar cuanta cosa se pudiera morder o rasguñar, cortinas, ropa de cama, provisiones, hasta los cables de las complicadas instalaciones eléctricas... Llegaron al extremo de expulsar a muchos pasajeros, obligándolos a abandonar el barco en cualquiera isla desierta.
Para desempeñar el difícil cargo de capitán, conquistaron a un ser humano ambicioso, que aunque no era muy del agrado de todos, por simple vanidad aceptó el puesto, creyendo que con su habilidad innata podría manipular a las
manadas de ratas para que dejaran de roer y carcomer el barco y arruinar sus instalaciones, lo cual traería indudablemente el hundimiento de la nave.
Además, el capitán manipulador trataría de controlar a los diferentes grupos de ratas, que recorrían los pasillos, escaleras y cubiertas, aterrorizando a pasajeros y tripulantes.
Testigos de todos los desmanes, que ponían en
peligro no sólo las vidas de todos sino el viaje mismo y hasta la existencia del barco, era un grupo de seguridad, pero que no quería intervenir pues su única misión era
cuidar el barco de enemigos externos, como piratas o monstruos del mar. Ese grupo se limitaba a observar -desde sus reductos situados detrás del puente de mando, en la cubierta superior- como el desorden generalizado y la anarquía de las diferentes manadas de ratas, iban llevando a la nave de tumbo en tumbo, ya muy apartada de su rumbo hacia el puerto del Progreso.
Las quejas y el miedo de los pasajeros llegaban cada vez en mayor número a los hombres de seguridad, hasta que se vieron obligados a actuar, en defensa ya de la vida misma de la nave y de los pasajeros y tripulantes.
Entrenados como estaban para aplicar drásticamente la fuerza, actuaron rápida y eficazmente.
En pocas horas, miles de ratas estaban encerradas en bodegas separadas; algunas murieron durante los enfrentamientos, centenares fueron arrojadas al mar, y aquel ambicioso y vanidoso ser humano que habían elegido como Capitán, se dio la muerte en el puente de mando.
Terminó así el Reinado de las Ratas, que afortunadamente duró sólo tres años... La nave retomó su rumbo hacia el puerto del Progreso, y sólo de vez en cuando se sentían los chillidos de los roedores encerrados, al parecer para
siempre. Y esos gritos recordaban a todos que no dejaría de estar latente el peligro de una nueva aparición de la plaga, y que había que estar alertas para impedir que nuevamente se pusiese en peligro la existencia de la nave y la
vida de los seres humanos que viajaban en ella...
Esa fue la "primera desratización" del barco... realizada en 1973.
¿Será necesaria una "segunda desratización"?
Tal pareciera.
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