El caso de la votación española
Por Raúl Hermosilla Hanne (Ralph)
El socialismo internacional, de consuno con el español, ha proclamado como su gran triunfo el resultado del reciente plebiscito realizado en España para aprobar el tratado constitucional de la Unión Europea.
Pero yo no veo tal éxito, sino muy por el contrario, entiendo que el gobierno español y su presidente, Rodríguez Zapatero, cosecharon un bochorno político que se empeñan en disimular.
En efecto, si bien es cierto que la consulta fue
aprobada -como ellos lo pregonan por el mundo-
con un 76,7% de los votos, frente a un 17,2% de los sufragios negativos, no es menos cierto que la participación ciudadana en el acto fue de apenas un 42%, la más baja de los 25 años de democracia. Sólo un tercio de los posibles votantes apoyó el texto.
España es talvez el país más eurófilo de la UE, y sin duda el más beneficiado por las millonarias transferencias de fondos que han hecho que la asociación haya sido siempre percibida en la península como sinónimo de prosperidad.
Era así razonable suponer que habiendo sido España la primera nación que votara el tratado y el electorado lo aprobara holgadamente, se crearía un efecto bola de nieve, que despejaría el camino para que el resto de los 25 estados miembros
lo ratificaran.
José Ignacio Torreblanca, analista del Real Instituto Elcano, declaró que "la abstención puede encender algunas señales de preocupación en algunos países, porque lo que (los españoles) queríamos con este
ejercicio no sólo era exportar "sí", sino también exportar participación y entusiasmo."
En todo caso, el referéndum no es legalmente vinculante, y el tratado constitucional debe ser ratificado ahora por las Cortes
(Parlamento).
Por su parte Margot Wallstrom, vicepresidenta de la Comisión Europea manifestó que "los gobiernos, parlamentarios e instituciones europeas deberán reforzar su campaña para informar sobre la Constitución."
Pero Francia, uno de los pesos pesados de la Unión que votará en julio, se enfrenta a una ola de protestas y huelgas contra las reformas del presidente Jacques Chirac, lo que hace temer que los votantes utilicen el referéndum para castigar
a su gobierno.
En cuanto a Inglaterra, los sondeos de opinión reflejan que la mayoría de los británicos, que votarán el texto a principios de 2006, están en contra del tratado, porque crearía -dicen sus oponentes- un
súper estado federal.
Personalmente me inclino más por los sanos nacionalismos, el respeto a las normas de no intervención en los asuntos internos de los estados, la buena vecindad entre los pueblos, y los tratados comerciales
bilaterales, pero ello es materia de otra columna.
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