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Un discurso de Arturo Prat

Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador

 


 

Comandante Arturo Prat Chacón


La viuda del distinguido marino que fue el Comandante Jorge Tapia Caballero me ha hecho llegar el texto del discurso que pronunció el Héroe de Iquique, Comandante Arturo Prat Chacón, en el sepelio del Almirante Manuel Blanco Encalada, fallecido el 5 de septiembre de 1876, a la edad de 86 años. El documento que lo contiene le había sido obsequiado a su marido por su compañero de armas, el Comandante Rodrigo Fuenzalida, quien lo encontró en la recolección de antecedentes para su magnífico libro "Vida de Arturo Prat", editado por la Editorial Andrés Bello en 1974.

Ante el deceso de Blanco Encalada, el gobierno decretó suntuosos funerales y los discursos fueron numerosos, sentidos y elocuentes.

Arturo Prat, quien había tenido el honor de servir bajo las órdenes del principal orfebre en la tarea de la fundación de la Escuela Naval y jefe de la primera Escuadra Nacional, cuando éste tomó el mando de la escuadra aliada en Chiloé en 1866 durante la guerra con España y más tarde, en 1868, lo acompañó en la corbeta "O'Higgins" en su misión de repatriar desde el Perú los restos del que fuera Director Supremo de Chile, don Bernardo O'Higgins, también hizo oir su voz en los funerales de Blanco Encalada en Santiago.

Pienso que la lectura de ese discurso aportará tanto al estudioso de la historia como al chileno común, interesado en conocer más a fondo a los héroes nacionales, valiosos elementos para mejor configurar el perfil espiritual e intelectual de Prat, por lo que junto con agradecer a mi amiga el documento, lo transcribo textualmente a continuación. Dice así:

"Ayer no más, en 1818, Valparaíso se encontraba de fiesta, músicas marciales resonaban en sus calles, la escuadra recién anclada vestía de gala y el cañón atronaba los espacios saludando al vencedor.

"Hoy, la congoja y el pesar abaten a los hijos de esa heroica ciudad; negro crespón cubre las banderas de los buques de la Armada y el eco lejano y acompasado del cañón, indica que Valparaíso, como toda la República, se halla de duelo por la sensible pérdida del ilustre vencedor, vicealmirante de la escuadra, don Manuel Blanco Encalada.

"El almirante Blanco, el primero y audaz jefe de la Marina Nacional, estrenó su carrera de marino ciñéndose los laureles de la victoria que presenció Talcahuano y celebraba Valparaíso en 1818, cuando anclaba en ese puerto con su importante presa.

"La nación estaba ufana de su primera hazaña en el mar, cuyo primer ensayo, pudo decirse con propiedad, dio a Chile el dominio del Pacífico y premió al jefe de su escuadra, que entonces era sólo capitán de navío, con el empleo de contraalmirante.

"Saboreaba aún los honores del triunfo, cuando arribaba a las playas de Valparaíso el almirante Cochrane, cuyos servicios se habían solicitado, ofreciéndole el empleo de vicealmirante  y el mando de la escuadra.

"El gobierno se encontraba en una situación difícil. Entregar el mando de la escuadra a Cochrane habría sido agraviar a Blanco, cuya reciente victoria le había granjeado calurosas simpatías en ella y, por otra parte, tampoco quería perder los servicios de aquel ilustre marino, terror de sus enemigos.

"El almirante Blanco se hizo cargo de la situación, vio en Cochrane un hombre superior y comprendió que el inmenso prestigio de que gozaba sería un auxilio poderoso para coronar la obra con tanto acierto por él empezada, y no vaciló. Sacrificó en aras de la patria sus sueños de gloria y espontáneamente dimitió el mando y se puso a las órdenes del almirante Cochrane.

"Nunca se vio a Blanco más grande que dejando el puesto que con tanto derecho desempeñaba y conquistando el título de gran ciudadano, que ninguno de los brillantes hechos de armas de Cochrane ni de todos juntos pueden eclipsar.

"Bajo las órdenes de este gran genio, el almirante Blanco prestó servicios importantes, pasando después a mandar la escuadra peruana y volviendo más tarde, en 1824, a tomar, con el título de vicealmirante, el mando en jefe de la escuadra chilena, que había quedado vacante por la renuncia de Cochrane, y a la que dio la gloria de contribuir muy principalmente a la desocupación de Chiloé de las últimas reliquias del ejército realista en 1826, con lo cual quedó afianzada nuestra independencia.

"Terminada esta obra gigantesca, el vicealmirante Blanco arrió su insignia en la escuadra, fue llamado a los puestos públicos más importantes del país y contribuyó con sus luces y con su experiencia, a la más acertada organización de la república.

"Mas su insignia de almirante no había sido arriada para siempre.

"No bien una agresión extranjera amagó nuestras costas en 1865, cuando se le vio sacudir su glorioso uniforme de marino e izar nuevamente su insignia en uno de los buques de la escuadra chileno-peruana, aliada contra las pretensiones de España.

"Los 75 inviernos que pesaban sobre sus hombros, los achaques consiguientes a una edad tan avanzada, no habían apagado su entusiasmo ni su actividad. Con un deshecho temporal se le vio en Chiloé visitar personalmente los distintos buques de la escuadra, para pasarles una revista de inspección, desafiando los elementos conjurados en su contra.

"Tenía el tino de tocar a cada uno la cuerda sensible e inspirarle el sentimiento patriótico que a él le animaba. Así se veía que la oficialidad le respetaba y quería y las tripulaciones le veneraban.

"Afable y cortés, pundonoroso y valiente,  era el tipo acabado del oficial brillante que llevaba a la vida pública las virtudes del hombre privado.

"La vida de marino del almirante Blanco, en que prestó tan señalados servicios a la nación, es quizás la página más hermosa de su historia: inteligencia, heroísmo, abnegación sin límites, son cualidades que resaltan en ella y forman el timbre más glorioso de su existencia.

"La marina pierde, pues, al más preclaro de sus jefes, como el ejército al más benemérito de los suyos y el país al más grande de sus ciudadanos.

"Nada más justo que dejar que nuestras lágrimas corran abundantes.

"La intensidad de nuestros sentimientos guarda, pues, proporción con la magnitud de la pérdida."

 

 

    Atendiendo a numerosas sugerencias de nuestros lectores, se ha resuelto poner a disposición del público la totalidad de la serie dedicada a don Diego Portales, escrita por el historiador don Raúl Hermosilla Hanne.

    Desde los enlaces siguientes se pueden descargar individualmente cada una de las cinco partes (PDF o DOC) o la totalidad de ellas en un solo archivo (ZIP).

    • El verdadero Diego Portales Parte 1   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 2   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 3   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 4   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 5 y final   (PDF)  (DOC)

     

 

 

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