Año 5  Nº 49

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VENTANA  A  LA  HISTORIA

El submarino alemán

Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador

 


 

Acorazado Almirante Latorre, que fuera el poderoso buque insignia
de la Marina de Chile

 

Hasta el día de hoy y a pesar de los más de 50 años transcurridos y de los pocos oficiales de esa época que van quedando con vida, no han logrado los "tripulantes" del Caleuche -como se denominan los socios del Centro de ex Cadetes y Oficiales de la Armada-  ponerse de acuerdo sobre la efectividad histórica del caso del submarino alemán que habría sido detectado en Valparaíso por un guardiamarina del "Latorre" a cien metros del acorazado, en plena Segunda Guerra Mundial.

Trataré de entregar a mis lectores una síntesis del caso, basada en un relato del ilustre marino que fue el Capitán de Corbeta Alberto Santelices, y en las informaciones de algunos periódicos de la época.

El Acorazado Almirante Latorre, listo y preparado como siempre para entrar en acción, fondeado con diez paños de cadena, se oscurecía totalmente junto con llegar las sombras de la noche, con lo que su enorme silueta se destacaba nítida ante el contraste de las luces del puerto y la ciudad balneario de Viña del Mar, ajena al clima de guerra que se vivía a bordo, a pesar de la neutralidad que mantenía Chile en esa conflagración. Un sistema de "mimetización" luminosa trataba de hacerlo invisible.

A falta de boyas acústicas que emitieran sus ondas ultrasónicas en rebusca de peligrosos submarinos, de cables magnetizados que acusaran el paso de merodeadores sumergidos, y de rápidas lanchas de ataque armadas con bombas de profundidad -últimos gritos de la moda y de la táctica naval para la defensa de puertos-  en Valparaíso se hacía lo que se podía: el Remolcador Moctezuma junto a un pequeño ballenero de la Compañía Industrial, armados en pie de guerra, recorrían sin descanso la oscura bahía con sus hombres en puestos de vigía, cansados sus ojos por el sueño y el atisbar las aguas en busca de periscopios enemigos.

A bordo del oscurecido "Latorre", base del poder naval chileno, la vigilancia funcionaba con todos sus medios de detección y el armamento adecuado, cubierto y listo para entrar en acción. Y a falta de elementos electrónicos y acústicos antisubmarinos, se utilizaba el anticuado pero siempre inefable medio para avistar al enemigo: el ojo humano.

Fue en estas circunstancias, casi al rayar el alba, cuando un guardiamarina desde la toldilla del acorazado, lanzó el grito de: ¡Periscopio a la vista… rojo nueve cero… distancia…100 metros!

Sonaron los gongos de la alarma antisubmarina, a cuyo mágico y estridente son giraron los cañones cargados, con la velocidad de un relámpago, en dirección al lugar indicado: a la cuadra de babor y con sus espoletas graduadas para la distancia mínima; mientras los proyectores de combate y de señales lanzaban simultáneamente sus haces de luces refulgentes sobre las aguas, en los planes establecidos de rebusca.

Muchos ojos vieron, o creyeron ver, el oscuro brazo y los ojos refulgentes de un periscopio que desaparecía de la superficie dejando, también al parecer, una pequeña y débil estela sobre la superficie del mar.

El almirante, que esa noche dormía a bordo de su buque insignia, voló a cubierta. Nunca se supo si convencido de la necesidad de cubrir también su puesto de combate o a reclamar airado por el escandaloso ruido del zafarrancho y la alharaca siguiente, que lo había despertado de su tranquilo sueño. ¿Qué pasa?, preguntó. El oficial de guardia respondió con sereno convencimiento: El guardiamarina de ronda por babor avistó un periscopio a la cuadra, mi almirante.

¿Está seguro, guardiamarina?, preguntó éste entre incrédulo y estupefacto. Afirmativa, mi almirante. Yo también lo vi, mi almirante… y yo también… fuimos varios… interrumpían los marineros que cubrían puestos de vigías desde la cubierta hasta las cofas.

Nunca se supo tampoco si habían visto el periscopio ante el temor de aparecer poco diligentes en sus funciones de vigías, por solidaridad con el guardiamarina, por visión real o autoconvencimiento. Pero, sea la situación que fuese, el resultado fue que la noticia se esparció rápidamente. Y antes de que alcanzara a funcionar la censura naval, el guardiamarina declaró hidalgamente ante quien se lo quisiera preguntar -y entre éstos, a lo mejor sin darse cuenta, a algún activo y ágil periodista- de que él había visto un periscopio al rojo nueve cero y a cien metros de distancia. A mayor abundamiento, el hecho fue registrado en el libro bitácora del buque, como reglamentaria y tradicionalmente procedía.

La espectacular noticia dio la vuelta al mundo. A continuación algunos titulares de otros tantos importantes diarios de habla española: "Submarinos alemanes en la costa de Chile", "Peligro submarino en el Pacífico", "Acorazado chileno a punto de ser torpedeado por submarino alemán"; y, en Londres: "Chilean midshipman detects german submarine".

Que el acorazado chileno era un excelente buque de línea que la democracia podría necesitar para reemplazar a tanto acorazado perdido en acciones de la guerra, y era por ello que los nazis podrían hundirlo; que Chile era neutral, pero democrático, y que miles de otras razones hábilmente explotadas por la prensa sensacionalista, daban pábulo para todo tipo de especulaciones. Para la opinión pública era evidente la inseguridad del Poder Naval chileno ante la audacia alemana, y se pedía seguridad para los marinos en los que descansaba la seguridad nacional en esta guerra interoceánica a la que podríamos vernos arrastrados. Pero la seguridad era cara y había problemas presupuestarios.

El Comandante en Jefe de la Armada, con su sabiduría, su diplomacia y su experiencia, debió hacer tranquilizadoras declaraciones: el avistador del presunto submarino era un joven guardiamarina, de muy escasa experiencia naval; siempre flotaban en la bahía pequeños maderos que tomaban la posición vertical y fáciles por tanto, de ser confundidos con un periscopio, para hombres de mar sin experiencia; las aletas de los lobos marinos también dejaban pequeñas estelas… y finalmente, la bahía estaba protegida contra este tipo de incursiones, existía patrullaje naval, puesto de vigía, vigilancia antisubmarina, etc., que garantizaba la seguridad de los buques de guerra chilenos ante cualquier osado que pretendiera ingresar en la protegida rada de Valparaíso. Renació la calma y la tranquilidad, a pesar de la prensa, que ya había establecido que el submarino era nazi.

En pleno auge de comentarios y especulaciones, y debidamente protegido de la avidez periodística, el guardiamarina guardaba el más estricto silencio. Sólo sus compañeros más íntimos lo escuchaban repetir en la soledad del sollao de popa: ¡Pero yo lo ví!  Era el "pur si muove" de este nuevo Galileo naval.

Poco después impactó al mundo la hazaña de un submarino alemán, al mando del Comandante Prien, quien burlando las más sofisticadas defensas, entró a la base naval británica de Scapa Flow, torpedeó y hundió a los principales buques de la Armada Real y luego en pocos minutos escapó ileso al mar abierto. Es posible que si en los barcos ingleses hubiera habido un guardiamarina chileno, el submarino alemán no hubiese podido cumplir su hazaña. En todo caso, el Comandante Prien fue premiado por Neptuno, el dios del mar, quien le permitió morir posteriormente en acción, evitándole así la trágica visión de su patria destrozada, o que el ignominioso Tribunal de Nüremberg lo hubiese castigado con la horca, como sanción por su "inhumano ataque contra barcos enemigos en la paz de la noche" o algo parecido…

La magnitud de la hazaña de Scapa Flow desplazó de las primeras páginas de los diarios a la noticia del submarino alemán incursionando por Valparaíso. No obstante, el periodista encontró una muy estrecha relación entre la entrada de Prien a la base británica con las manifiestas diferencias entre las declaraciones primitivas del guardiamarina y la tranquilidad del almirante, en cuanto a la seguridad de su base naval en Valparaíso. Pero el guardiamarina no se dejó entrevistar nuevamente por los medios.

Con el transcurso de los años, impactado seguramente por su visión periscópica, junto a la hazaña de Prien, llegó a ser  oficial submarinista de la Marina de Chile; y para cerrar el ciclo, trajo al país las nuevas técnicas de la guerra antisubmarina y la defensa de los puertos. Todo ello sin perjuicio de seguir sosteniendo que avistó un periscopio al rojo noventa y a cien metros.

Antes de levar anclas para su viaje sin retorno, el Capitán Santelices solicitó respetuosamente a alguno de los herederos de la Marina de Gloria a que perteneciera Prien, que diera fe si es efectivo que por aquellos años algún submarino alemán pudo haber evolucionado por la bahía de Valparaíso, en Chile, Sud América. No obtuvo respuesta, a pesar de lo cual hoy reitero yo la misma petición, a cuyo efecto ruego a mis lectores en Alemania que traten de contactar a algún marino sobreviviente de esa época, que pueda aportar un importante testimonio histórico en este asunto.

 

    Atendiendo a numerosas sugerencias de nuestros lectores, se ha resuelto poner a disposición del público la totalidad de la serie dedicada a don Diego Portales, escrita por el historiador don Raúl Hermosilla Hanne.

    Desde los enlaces siguientes se pueden descargar individualmente cada una de las cinco partes (PDF o DOC) o la totalidad de ellas en un solo archivo (ZIP).

    • El verdadero Diego Portales Parte 1   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 2   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 3   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 4   (PDF)  (DOC)
    • El verdadero Diego Portales Parte 5 y final   (PDF)  (DOC)

     

 

 

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