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JOSÉ ANTONIO QUINTEROS MASDEU
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¿Que es mas importante la educación o el desarrollo?

Por José Antonio Quinteros Masdeu


Hoy casi nadie discute, en nuestro país, que el Desarrollo y la Seguridad son complementarios y que están férreamente unidos por el concepto Equilibrio. Cuando la balanza se inclina en uno u otro sentido se producirá, siempre, una crisis interna o se debilitarán notoriamente los factores básicos que sostienen a la política de disuasión.  

El Desarrollo y la Educación de un país también son complementarios, pero toda persona ilustrada sabe que estando proporcional y estrechamente unidos, el primero depende exclusivamente de la otra. Cuando la balanza se inclina hacia el desarrollo, descuidando a la educación, el primero frenará sus impulsos, lo que traerá como consecuencia debilidades en la seguridad.  

El mandato constitucional establece que la educación es un derecho. Ello obliga al Estado, y a los padres, a lograr el pleno desarrollo de cada persona en las distintas etapas de su vida. En atención a que en este proceso no se puede prescindir de los valores, por ser los valores verdades puras, una de las misiones de la  educación en el hogar, y en las etapas pre y Kinder, es enseñarlos en forma de tareas específicas y luego desarrollarlos prácticamente, junto con los hábitos, hasta que cada pequeño ser logre un natural respeto y adaptación a la vida familiar y a su relación con los otros niños, fundamentos del nuevo paso que será su relación con la comunidad. El siguiente proceso educativo consistirá en motivar la creatividad para que cada ser conquiste la verdadera libertad. El eminente sacerdote y filósofo español Alfonso López Quintás al crear, en 1987, su Escuela de Pensamiento y Creatividad, expresó su convicción de que: "en el momento actual, lo que procede no es tanto enseñar a niños y jóvenes lo que los adultos hemos aprendido a lo largo de todos los años, sino ayudarles  a descubrirlo por sí mismos. De esta forma, ellos consideran salvaguardadas su libertad y su independencia, además de apreciar el poder que tiene la propia iniciativa. En síntesis que terminen siendo capaces de ver por dentro lo que es la vida humana y cómo ha de desarrollarse".

Nosotros agreguemos que al vivir hoy en la era cuyo objetivo es superar la velocidad de la luz, los chilenos sólo podremos vencer la actual brecha tecnológica si dejamos de darle mayor importancia a aquellas disciplinas cuyos conocimientos tienen un valor más cultural que económico y nos concentramos en el desarrollo de la información, las comunicaciones, la economía científica y de base, la biotecnología, la ingeniería genética, la ecología y la investigación científica genérica y específica, etc., únicas disciplinas con las que hoy se construyen proyectos de alta rentabilidad económica y social, con las que lograríamos agregar valor a nuestra producción y a la  simple explotación de las materia primas que exportamos.

Decidamos educar a nuestro pueblo joven y adulto bajo la premisa de que deseamos vivir en paz y estabilidad, manteniendo un independiente sistema de vida que asegure nuestro desarrollo en lo político, judicial, social, económico y cultural. También eduquémoslo para que se grabe en él la convicción individual y colectiva de que debe participar en el mantenimiento de una equilibrada barrera de Seguridad Nacional, única forma de paliar y disuadir amenazas externas o enfrentarlas, con firmeza y sin vacilaciones, cualquiera sea el sacrificio que ello signifique.

Invirtamos en ciencia y tecnología e incorporemos en las redes digitales nuestros principios de contenido ético y valores permanentes de la nacionalidad e idiosincrasia chilenas.  Apliquemos inteligentes medidas de control que nos integren al nuevo sistema mundial sin perder nuestros valores, educación y cultura básicos, creando también resguardos socioeconómicos para que el Estado Nación y el sistema democrático se adapten a esta realidad global.    

A pesar de nuestra lejanía geográfica de los grandes centros desarrollados, recordemos que hace un par de décadas logramos conquistar mercados para nuestros productos, nos asociamos para robustecer nuestra posición e invertimos en el entorno exterior. Estos logros no se debieron a los antivalores gramscianos, sino a la conciencia de que había formas pacíficas de expansión que aseguraban presencia, información oportuna, integración y pertenencia al complejo nuevo orden mundial.

Una vez que tomemos conciencia de que los antivalores gramscianos que se están aplicando en nuestra sociedad son verdades impuras, que están siendo hipócritamente consensuados con un fin colectivo preconcebido, nuestro regreso a los valores debería depender de que exijamos una educación no politizada y que la ciudadanía sea verazmente informada a través de los medios de comunicación social. El Estado tiene la obligación de crear normas que ordenen el sistema donde reinen el caos y la desorganización. Estas normas deben orientarse hacia la obtención de una mejor calidad de vida y no tener por objeto ejercer una dictadura que domine el proceso social, cultural, educacional, político y económico de la ciudadanía. 

Aunque cíclicamente suframos terremotos, maremotos, inundaciones, derrumbes fatales, etc., lo negativo no lo constituyen  estos hechos naturales que conocemos y no podemos controlar, sino nuestra permanente negligencia, imprevisión y falta de planificación para prever sus consecuencias en el nivel regional, provincial y comunal. Siempre será más económico emplear recursos presupuestarios para erradicar núcleos humanos establecidos en zonas donde hay peligro permanente o, mediante leyes inmutables a la efervescencia y presión social, impedir el asentamiento humano en esos lugares. Asimismo, la educación de la población desde la infancia y, obviamente, la construcción de defensas materiales disminuirían los efectos de esos fenómenos naturales.

Fieles a la ley del menor esfuerzo, la forma de faja de nuestro territorio nos ha inducido a concentrar nuestras masas ciudadanas donde las condiciones son más favorables a la vida humana. Por comodidad, hemos hacinado a más del 60% de la población en el centro del país, hemos gobernado centralizadamente y hemos descuidado peligrosamente, los extremos del país. Una simple ojeada al perímetro de nuestras fronteras interiores nos podría entregar toda la información que precisamos para trazar las grandes líneas de la indispensable desconcentración hacia las vacías costas de un norte que espera ansioso la presencia del hombre, y hacia la carretera austral para, desde allí, iniciar la exploración y conquista del enorme territorio vacío.

Lo expresado no será teoría, si se logra poner de pie a la masa pobre del pueblo chileno, abúlica, sentada, desesperanzada, acostumbrada a la molicie y a que el Estado le solucione los problemas. Esto, mediante una campaña prolongada de educación previa que despierte en la juventud, que hoy no tiene destino, el entusiasmo y el espíritu batallador dormido, señalándoles, como estímulo positivo, cual sería su premio si se deciden a emprender la aventura de conquistar, en su propio beneficio, aquellos espacios vacíos que  los esperan desde hace tantos años.

Sin embargo, tanto el Estado como los ciudadanos deben tener presente que esta tarea importa una voluntad de hierro, enormes sacrificios y persistencia para transformar los pequeños poblados iniciales en las grandes ciudades del futuro. Es decir, hay que solidificar el espíritu del paupérrimo hombre prisionero de la enorme urbe social, para que intente ser el descubridor, conquistador, dueño y finalmente dominador, él y sus descendientes, de la riqueza desarrollada mediante el sacrificio de la juventud y, como producto, que se haga realidad su sueño de tener algo por qué vivir.

Una masa tan grande de seres pobres y desesperanzados como tenemos en Chile, nos hace aparecer aún como un país de contrastes, en el que un pequeño porcentaje vive dentro del nivel de un país desarrollado, otra parte en el nivel de un país en desarrollo y un gran porcentaje en el nivel de un país subdesarrollado. Como esta situación es el subproducto de una deficiente orientación educacional, debe nivelarse hacia arriba para eliminarlo y tener futuro como nación.  

Para que la ciudad y su entorno no se transformen en lugares feos, sucios, malolientes, insalubres, inmorales, destructivos y peligrosos, es menester que generaciones enteras sean educadas enseñándoles hábitos para impedir la desnutrición física y las depresiones morales e intelectuales, evitando las crisis administrativas  de las grandes urbes provocadas por los vicios del cuerpo y del espíritu como las drogas, el alcoholismo, el aborto, el Sida, la prostitución, la homosexualidad, el desempleo por inercia, los suicidios y las crisis de valores en la familia, en la religión, en la propia autoridad y en el Estado.

Como no educamos para obtener la autodisciplina, se han hecho comunes el no cumplimiento de los deberes, la negligencia en lo ecológico, la cínica irresponsabilidad, la corrupción, el desorden, la impuntualidad y la apatía, todas señales de incultura que deben erradicarse y combatirse, ya, para que las generaciones futuras se convenzan que un pueblo culto es aquel que cumple sus deberes ciudadanos, que sabe que los derechos propios llegan hasta donde comienzan los de los demás y que acepta de buen grado que la vida en sociedad demanda gran cantidad de sacrificios. 

Cuando estos hábitos negativos desaparecen, como por encanto las casas, barrios, poblaciones, pueblos, ciudades, etc., empiezan a brillar y lucir, modestas pero limpias. La gente descubre que tiene vecinos confiables con los que puede solidarizar, compartir, y mejorar el entorno que, paulatinamente, se van transformando en un bello y seguro lugar donde es grato vivir y perpetuarse.

Los cada vez más veloces cambios que la ciencia y la tecnología están provocando en el ser humano, están alterando el sistema de vida de cientos de miles de personas que continúan viviendo con los hábitos sociales de épocas anteriores, y que van quedando desfasadas y confundidas con este nuevo mundo emergente. La conciencia del cambio la tiene hoy más clara la juventud ilustrada que las generaciones adultas. Estas últimas, en especial los guías de la política, la cultura y la educación (clase dominante con sus propios intereses creados) son las realmente más atrasadas pues se resisten a cambiar su rutina y sus conceptos, tratan de mantenerse vigentes y siguen luchando por estereotipos intransables que dominan, creando una peligrosa barrera generacional que desanima a la juventud y la desvía de su ruta, en vez de crearle condiciones para subirse y mantenerse firmemente asida a este carro de fuego que está transformando todo lo que roza a su paso, en su frenética carrera de progreso.  

A la luz de lo expuesto, reiteremos que el desarrollo y la educación de un país son complementarios pero estando proporcional y estrechamente unidos, uno depende exclusivamente de la otra.

Una alegoría nos aclarará la idea. Imaginemos primero que la estructura que se ha dado el Estado para materializar el desarrollo es el tronco de un árbol que se alza destacado en un claro del bosque. Este tronco no podría sostenerse sin sus profundas raíces, que se nutren de dos elementos fundamentales: el territorio propio, al cual se aferran, y la sociedad que afincada en este terreno depende de él y lo protege. Estos macizos factores representan a la educación.

Siguiendo la misma idea, en la base del tronco de este árbol la sociedad, soberanamente, se ha decidido a plantar una hiedra (los poderes del Estado que nos proponen año a año el gasto fiscal). Si no controlamos la soberanía que delegamos o descuidamos recortar periódica y soberanamente el gasto que ellos significan, y con sus decisiones provocan, permitiendo o aceptando indolentemente que crezcan, la savia parasitada por ellos demorará o detendrá el crecimiento del árbol, desviando los esfuerzos que hacen las raíces para alimentarlo.

Ahora, si estos poderes adormecen a la masa ciudadana (que riega las raíces con el esfuerzo de su trabajo), para que no entienda lo que lee, mediante la inoculación una concertada y engañosa campaña que aproveche su ignorancia, inercia, falta de visión de conjunto, grandes desigualdades sociales, el olvido de sus tradiciones y falta de conciencia del cumplimiento de sus deberes, etc., será posible comprometerla e inducirla, (incluso a su ciudadanía sana e ilustrada), para que ingenua y ahora pacífica, o resignadamente, acepte que se conculque totalitariamente su autonomía personal, permitiendo que la enredadera se arrogue la obligación de cumplir deberes que corresponden a nuestras propias facultades sociales y derechos ciudadanos e individuales.

La hiedra habrá tomado entonces el control y habrá minimizado la indispensable participación de las raíces y de los ciudadanos, en suantes libre esfuerzo de nutrición.

El sistema educativo que impediría lo expuesto en el párrafo anterior debería ser uno en que, como producto, cada miembro de nuestra sociedad pueda conservar su libre albedrío, y reciba los conocimientos acerca de que posee el derecho soberano de aplicarlo oportunamente, mediante una participación anual, en vez de estar obligado a permanecer,  durante cuatro o más años, totalmente dependiente del intelectual colectivo representado por el Estado. Para eso debe ser educado con ecuanimidad de modo que mediante el análisis crítico se impregne de lo cognitivo, aprenda a descubrir los errores o abusos de la hiedra y cómo impedirlos, y alcance una formación humana, espiritual, valórica y positiva, que lo deje en condiciones de tomar con entera libertad sus propias decisiones personales, y las colectivas que le correspondan soberanamente como ciudadano. 

Si como individuos o como personas naturales o jurídicas queremos interactuar y desenvolvernos, hoy y en el futuro, dentro de este nuevo mundo globalizado, dominado por la información, la tecnología, las comunicaciones y el libre mercado, es imperativo  e intransable que tengamos libertad para acumular y aplicar, laboriosamente, conocimientos que no obedezcan a un planificado, colectivo y politizado sistema educacional y cultural ideado por la hiedra, sino a uno que nos permita trascender como personas si utilizamos exitosamente el tipo de inteligencia natural que poseemos, o usamos nuestras dotes empresariales apelando a la constancia, el ingenio y la visión frente a tantas oportunidades abiertas que hoy se presentan a todo nivel.

Para transformar lo anterior en una realidad, es a las personas y no al Estado, a quiénes se las debe empujar a competir con independencia, usando su iniciativa y su inteligencia para descubrir dónde están las óptimas oportunidades para colocar nuestros productos e insumos; para crear o utilizar audazmente las mejores ideas y variados sistemas que ofrece la tecnología, y para dar un mayor valor agregado a los recursos con los que competimos en el mercado interno y externo. La regla de Oro en la Aldea Global en que vivimos es satisfacer oportunamente las necesidades que los individuos, las empresas y las  naciones pueden y están dispuestos a comprar.

Un simple análisis de la realidad vivida por nuestro país, entre 1973 y 1990, nos permitirá concluir que debido a que hubo probidad y ética para administrar el capital nacional sin corrupción, avanzamos siguiendo nuestro propio ritmo creativo y nos liberamos de muchas de las amarras de la globalización en ciernes, obteniendo un espectacular y admirado éxito internacional que nos hizo crecer y desarrollarnos a niveles históricamente jamás logrados.

Mientras la globalización perdure, no nos podemos dar el lujo de que el Estado prevea por nosotros y esperar que éste nos proporcione, siempre inoportunamente, toda la información que  tenemos la obligación de obtener por nuestros propios medios, para adoptar las grandes decisiones que nos permitirán llegar antes con nuestras ofertas y lograr la conquista internacional o nacional de la demanda temporal, o prevista para el futuro inmediato o mediato. Este grave error impedirá que  crezcamos al ritmo y/o nos movamos a la misma o mayor velocidad que los países desarrollados.

Nada ni nadie debería, entonces, interponerse, para que seamos nosotros, autónomamente, como actores y no como espectadores, quiénes además de manejar la información estratégica global y específica, impulsemos la educación de nuestros adultos e hijos, capacitemos a nuestra juventud, obreros, técnicos y profesionales; creemos empleo seguro y rentable y presentemos a la masa laboral (potencial y activa) una lista de oportunidades basada en el mérito y en el propio esfuerzo para merecerlas, y no en un interés  político que fomente dependencia. Es decir, hay que desechar el lento, falso y fácil concepto de igualdad que patrocine un Estado regulador, y cambiarlo por la integración a un sistema de mutua participación, que cree riqueza y que facilite una gran movilidad laboral.

El siglo 21 debería caracterizarse porque cada niño y nuevo chileno que nazca tengan conciencia de que están viviendo la época de los grandes descubrimientos y que ha sido engendrado con la misión de atacar la conquista y colonización de su propio territorio, utilizando la investigación, la ciencia, la tecnología y los recursos presupuestarios disponibles, hasta lograr que los grandes espacios vacíos de nuestro territorio se adapten a la vida humana con la mayor rapidez, favoreciendo que sus conquistadores no sean extranjeros sino chilenos que, como colonos, se asienten sólida y definitivamente en ellos.

También que siendo los gobernados quienes riegan las raíces con el esfuerzo de su trabajo, ellos deben controlar y recortar la hiedra cuando sea necesario, obligándola a participar en el esfuerzo conjunto para eliminar y controlar las taras sociales que embrutecen a nuestra juventud y lograr que sus miembros se entusiasmen con el espíritu aventurero de conquista, otorgándoles patente de corsario para llenar los grandes espacios vacíos de nuestro territorio, de tal suerte que dispongan de un  arma legal que no frene su ambición e ímpetu para conquistar y combatir la naturaleza que el Estado les ofrece de regalo, transformándola de hostil en aliada y propia. Recordemos que la dignidad social siempre fue lograda por colonos que lucharon por ella venciendo a la geografía, y no protestando en las calles de la gran ciudad.

 

 

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