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30 años después del discurso de Reagan Actualidad

30 años después del discurso de Reagan

Libertaddigital.com Javier Fernández Lasquetty

 

Un comunista que no lo oculta, Pablo Iglesias, ha forzado este martes un debate en el Congreso de los Diputados en el que ha presentado un programa con el que querría llegar al poder en España. Cuando terminé de dar un vistazo rápido a las noticias sobre el alegato comunista del líder de Podemos, entró en mi correo un excelente artículo de Brad Lips, de la red liberal Atlas Network, en el que recordaba que se cumplen ahora 30 años del histórico discurso de Ronald Reagan ante el Muro de Berlín. No he podido evitar pensar que ese anacronismo criminal llamado comunismo pretende tomar el poder al asalto, bajo la condición previa de que no quede nadie que recuerde que el socialismo real, el de Europa del Este, tuvo que construir un Muro en Berlín, y miles de kilómetros de alambradas en toda Europa, para impedir a la gente huir del comunismo.

El 12 de junio de 1987 Ronald Reagan pronunció ante la Puerta de Brandemburgo, en el lado occidental del Muro de Berlín, uno de los discursos que nunca deberemos olvidar. Tear down this wall! ("¡Derribe este Muro!") le exigió al secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, en un espléndido discurso. La idea de la superioridad moral y material -pero sobre todo moral- de la libertad frente al colectivismo comunista era la idea central de ese discurso y de todo el legado que Ronald Reagan dejó de su presidencia.

Recordemos que el Muro de Berlín era una gigantesca construcción de cemento armado, rodeada de alambradas, vigilada por soldados que muchas veces abrieron fuego para matar a personas que intentaban huir. Un amigo que vivió en Berlín en los años 70 me contaba que lo más escalofriante era cuando, de noche, se veían los barridos de los reflectores ubicados en torres de vigilancia, y se escuchaba el aullido de los perros de presa.

Todo eso no estaba allí para evitar ninguna invasión, sino para todo lo contrario: para impedir una huída en masa de millones de alemanes, polacos, checos, húngaros, etc., que no querían vivir más tiempo bajo un régimen comunista.

Reagan, como Margaret Thatcher, dijeron al totalitarismo comunista que tenía que desaparecer. Tomaron decisiones. Aguantaron manifestaciones. Fueron criticados de manera atroz por la misma izquierda mediática y cultural que hoy sigue buscando un término medio que nunca fue capaz de encontrar. Pero los liberales vencieron. El Muro cayó dos años y cinco meses después. Y en muy poco tiempo la tiranía comunista desapareció de Europa y se atenuó su presión en otros muchos lugares del mundo. Cuba no ha logrado todavía librarse de ella, por desgracia.

La fuerza ganada por Podemos, en España, y todos los movimientos que se le parecen en otros países, se basa en una premisa: que nadie recuerde que lo que Pablo Iglesias promueve ya se hizo. Fue el comunismo del siglo XX. Ya vimos sus devastadoras consecuencias. Las seguimos viendo en el comunismo del siglo XXI que se ha apoderado de Venezuela y que dispara a quienes le critican en la calle.

Ni un gramo, pues, de superioridad moral tiene la extrema izquierda comunista, que debería perdón durante 100 millones de años por esos 100 millones de muertos documentados en El libro negro del comunismo. Esa es la respuesta que merecen Pablo Iglesias y todos los que, como él, quieren venir a contar ahora que lo cool es que te gusten Lenin, Mao y el Che Guevara.

El recuerdo de Reagan y del triunfo de la libertad deja también otro mensaje. Ronald Reagan tenía sentido del humor, y lo usó mucho y muy bien para ayudarle a derrotar al comunismo. Pero no ganó porque supiera hacer chistes y juegos de palabras ingeniosos. Ganó porque tenía la voluntad, el coraje y la determinación de poner a la defensiva a los enemigos de la sociedad abierta. Mariano Rajoy debería alguna vez tenerlo en cuenta, si no quiere seguir siempre él mismo a la defensiva en un terreno cada vez más reducido.

Javier Fernández-Lasquetty, vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín.

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