A 45 años de la elección de Allende Gonzalo Rojas

A 45 años de la elección de Allende

Por Gonzalo Rojas VivaChile.org

Allende por su trayectoria inicial en política se ubicaba al lado de las posiciones de aparente moderación propiciadas por el PC. Pero, por sus más recientes actuaciones, se presentaba como un seguidor, un tanto heterodoxo, del revolucionarismo castrista y de la toma violenta del poder. Ante el pueblo chileno, eso sí, en las elecciones de 1970, su imagen era la del revisionista de la “Vía Chilena al Socialismo”, en democracia y libertad; la suya parecía ser la Revolución “con empanadas y vino tinto”, popular o populista, inédita, sin dictadura del proletariado.

Además, su larga experiencia parlamentaria –coronada con la Presidencia del Senado– lo habilitaba para presentarse básicamente como un político profesional al que la dirigencia política nacional consideraba como uno de los suyos, con grandes dotes de “muñequeo” y manipulación de personas, coyunturas y encrucijadas. Muchos lo percibían también en su dimensión más personal como un individuo que, con tal de alcanzar el poder y mantenerse en él, negociaría y transaría todo lo necesario.

En la sutil visión de Robert Moss, “muchos de los extranjeros que lo conocieron encuentran difícil imaginar a este profesional de la política partidaria, de mediana edad, como revolucionario genuino. Más se impresionaban con su gusto por la buena vida  –que se evidenciaba en sus trajes cuidadosamente cortados, en sus mansiones lujosamente amobladas y en su evidente inclinación por la buena comida, bebida y mujeres atractivas–  y por su estudiada diplomacia, por su celebrada ‘muñeca’, como la llaman los chilenos. ¿Acaso podía este arrogante y afable francmasón, con cuarenta años de experiencia política parlamentaria, ser en la realidad un marxista convencido que se proponía destruir el sistema político de su país? Fueron pocos los que calibraron a Allende como ‘peso pesado’ político. Era un manipulador brillante de la política, maestro en el arte de dividir para gobernar, de lanzar a un hombre contra otro. (…) A Allende se le dieron muchas oportunidades para volver atrás, para romper con los ultras; su negativa lo llevó a su trágica muerte. Allende no era un pensador político original y no sabía nada de economía. Pero era un marxista de toda la vida.

Como el planteamiento presidencial de la ‘vía chilena’ tenía carácter artificial, desprovisto de toda base política, salvo aquella que el propio Salvador Allende hubiera querido prestarle, su desaparición se produjo tan inopinadamente como su surgimiento. Así como tras su formulación no tuvo respaldo de ninguno de los partidos o corrientes partidarias que componían la Unidad Popular, su desaparición tampoco fue reclamada por nadie. En efecto, a partir de comienzos de 1972, y hasta la caída del régimen, no hay un solo discurso de Allende que plantee esta segunda vía al socialismo sin dictadura del proletariado y sin modelo precedente. En su segundo mensaje Presidencial, el 21 de mayo de 1972, no menciona su tesis ‘revisionista’ y mucho menos ahonda en sus características. Tampoco el lector encontrará en el tercer mensaje Presidencial referencias sobre el particular. Difícilmente se podrá encontrar en la historia de Chile un caso similar, en el que al país se le haya planteado una tarea histórica tan ‘grandiosa’, y que antes del año siguiente a su formulación no quede rastro de ella, ni siquiera la justificación de por qué se abandonó; la ‘vía chilena’ estaba muerta aun antes de haber nacido.

Efectivamente, para ese entonces, Allende, tal cual lo afirmara en el Congreso Patricio Aylwin, “hacía lo que se le daba la gana”; ya sin teorías de “vías chilenas” u otros sucedáneos semánticos.

Allende “reformista” stalinista, controlado por el PC; Allende castrista, empujado por las fuerzas izquierdistas “revolucionarias”; Allende, “revisionista”, con una “vía chilena” o “pacífica hacia el socialismo”. ¿Cuál era el verdadero? ¿Uno, los tres, o ninguno? Quizás ni él mismo lo habría podido establecer con precisión.

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