A Imbéciles No Nos Gana Nadie Hermógenes Pérez de Arce

A Imbéciles No Nos Gana Nadie

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          Cuando ya está casi olvidada la última imbecilidad nacional (la de hacer un escándalo en un mercado que funcionaba perfectamente bien y sin generar quejas de los consumidores ni de los productores que competían en él, el del papel tissue, iniciándose un “juicio por los diarios” que generó inmediatas pérdidas de más de mil millones de dólares en la Bolsa a los accionistas de la Papelera y que no derivó en ganancia alguna para nadie, porque todo el mundo continuó vendiendo y comprando papel tissue en los mismos términos que antes) entonces ahora la Fiscalía Nacional Económica ha discurrido otra imbecilidad todavía mayor, que la prensa y el público han hecho suya con el “chivateo” (término aborigen) nacional propio de estos escándalos: el de la supuesta colusión de supermercados en la venta de pollos. De ésta nadie, tampoco, ni productores ni consumidores ni público en general, se quejó en absoluto entre 2008 y 2011, años a que se refiere la denuncia. Entonces, como ese mercado también funcionaba con normalidad, sin inconvenientes, había que denunciarlo y armar otro escándalo nacional.
 
          Pues entre esos años los consumidores chilenos compraron pollos, los cocinaron y se los comieron a entera satisfacción. Los productores los vendieron y se embolsaron el producto de las ventas, también muy contentos. El chileno que quiso criar pollos por su cuenta lo hizo y se los comió o los multiplicó a su elección y pudo hacerlo. Cuando yo era niño había gallineros en las casas de mis abuelos y las aves y los huevos que se comían en esos hogares eran de producción propia, pero ahora no hay espacio para eso y a la gente le sale más económico comprar aves y huevos en los supermercados. Si éstos abusaran, cualquiera podría volver a tener gallineros particulares o a importar pollos, porque en eso consiste la libertad de mercado, palabra atroz esta última para los socialistas marxistas y comunitarios, pero que es perfectamente inocente porque lo único que expresa es la voluntad de las personas libres de hacer lo que mejor les parezca, siempre que no vaya contra la ley o el legítimo derecho de los demás.
 
          ¿Y por qué esta última imbecilidad de ahora con los pollos es todavía mayor que la anterior con el papel tissue? Porque entre esos años de supuesta “colusión”, 2008-2011, los precios de los pollos en los supermercados ¡BAJARON! en 8 por ciento, según precisa “El Mercurio” de hoy sábado 09.01.16 en su página B-5.
 
          Es decir, reza el Evangelio de la Imbecilidad, las cadenas de supermercados Cencosud, Walmart y SMU, se pusieron maliciosamente de acuerdo entre los años señalados, según la Fiscalía Nacional Económica, para cobrar precios menores que los que cobraban antes de coludirse. Lo más divertido es que en una imbecilidad anterior de la FNE, la persecución contra los productores de pollos, se determinó que los supermercados eran “víctimas” de esa colusión. Ahora resulta que son, al mismo tiempo, “victimarios”.
 
          Yo no creo, como muchos, que la nueva campaña de la FNE sea maliciosa y tenga por objeto desviar la atención pública del caso Caval y de las inepcias de la Presidenta y del segundo piso que discurren disparates como el viaje furtivo e inútil a la Araucanía. Puede haber sospechas fundadas de eso, porque la denuncia salió en los medios antes de ser siquiera notificada y conocida por los supermercados, de modo que el afán publicitario quedó en evidencia. Pero así y todo pienso que es bienintencionada, innata y propia de la idiosincrasia chilena, que en 2013 quedó en evidencia cuando eligió por amplia mayoría la sustitución del modelo económico-social que nos trasladó de la cola del progreso y el crecimiento en América Latina, en que nos encontrábamos en 1973, a la cabeza del hemisferio, en que nos encontramos en 1990. Es la misma imbecilidad congénita que condujo a elegir a un marxista-leninista como gobernante en 1970. Lo que pasa es que los chilenos somos normalmente imbéciles por amplia mayoría y últimamente estamos extremando la medida, al punto de que ya no se puede ni siquiera jugar un partido de fútbol en un estadio porque una mayoría imbécil lo impide.
 
          Sólo tuvimos un intervalo lúcido entre 1973 y 1990, durante el cual se instituyó todo lo realmente positivo y creativo del último siglo. Pero desde hace 25 años, primero de a poco y ahora último “con l’olla”, para usar otro término autóctono, estamos volviendo a la imbecilidad nacional real y permanente.
 
          Para que la doctrina no quede ausente de este comentario debo reiterar lo que realmente importa en el funcionamiento de los mercados: que sean libres, que en ellos nadie impida a otros producir o importar. Con eso solo basta para que exista satisfactoria competencia. Y eso ha sido así en los mercados del tissue y de los pollos, en los cuales cualquiera puede y podía producir, importar, comprar o vender libremente. Si la letra de las leyes dice que es delito que dos o más productores se pongan de acuerdo en algo, sin impedir a otros producir o importar al precio que quieran, lo que está mal es la ley, y hay que derogarla. Pero como estamos más imbéciles que nunca, lo que se ha discurrido es EMPEORARLA y, además de multar a los que se pongan de acuerdo en algo sin entorpecer la libre competencia, ahora los meterán a la cárcel.
 
          Parece el corolario lógico: en un país imbécil, el que no actúa como tal debe ir preso.

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