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A la Señora Condesa Natalia de Manerville Arte y literatura

A la Señora Condesa Natalia de Manerville

Me rindo a tus deseos. El privilegio de la mujer a quien amamos más de lo que ella nos ama, consiste en hacernos olvidar a cada momento las

Me rindo a tus deseos. El privilegio de la mujer a quien amamos más de lo que ella nos ama, consiste en hacernos olvidar a cada momento las reglas del sentido común. Para no ver una arruga en su frente, y por disipar la enojada expresión de sus labios, que la menor contrariedad entristece, franqueamos milagrosamente las distancias, damos nuestra sangre y despreciamos el porvenir.

Hoy quieres conocer mi pasado: aquí lo tienes. Pero deseo que sepas, Natalia, que al obedecerte he tenido que vencer muchas repugnancias inviolables. ¿Por qué te inspiran recelo los repentinos y largos desvaríos que se apoderan de mí en plena dicha? ¿Por qué mi silencio despierta en ti el bello enfado de la mujer que se sabe amada? ¿No puedes jugar con los contrastes de mi carácter sin preguntarme sus causas? ¿Guardas tal vez en tu corazón secretos que para ser perdonados necesitan de los míos?

En fin, Natalia, lo has adivinado y tal vez sea mejor que lo sepas todo: sí, mi vida está dominada por un fantasma que se dibuja vagamente a la menor palabra que lo provoca y que se agita a menudo dentro de mí. Tengo imponentes recuerdos sepultados en el fondo de mi alma , como esas floraciones marinas que se pueden contemplar cuando el mar está tranquilo, y que las olas de la tempestad arrojan en fragmentos a la playa. Aunque el trabajo que las ideas exigen para ser expresadas haya despertado esas antiguas emociones que tanto daño me causan, si hay en esta confesión relámpagos que te hieran, recuerda que me has amenazado si no te obedecía, y no castigues el haberlo hecho. Quisiera que mi confidencia duplicase tu ternura. Hasta esta noche.


Honoré de Balzac, en El lirio del valle (1836)

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