A partir de ahora Actualidad

A partir de ahora

Roberto Ampuero

A partir de ahora, cada vez que aborde un Jumbo 747 de pasajeros recordaré el vuelo rasante del Supertanker 747 de la Boeing descargando sus 72 toneladas de agua sobre los cerros y bosques del sur de Chile en llamas. Recordaré también a los compatriotas de poblaciones amenazadas por el fuego que gritan y aplauden de alegría por el bombardeo de agua. Recordaré, asimismo, el alivio que éste causa en bomberos, soldados, efectivos de la Conaf y voluntarios que enfrentan heroicamente el fuego. Subir a un 747 nunca más será lo mismo para mí. Mi agradecimiento va también hacia la compatriota radicada en Estados Unidos que donó los servicios del mayor avión cisterna del mundo para ayudar a Chile.

 

Pero tampoco olvidaré la mezquina actitud del gobierno chileno ante esta donación de una familia de connotados empresarios estadounidenses que contrató esos servicios a una empresa privada. Lo que en países amenazados por llamas apocalípticas, con pérdidas de vidas humanas y de recursos económicos, hubiese sido recibido con alegría, gratitud y reconocimiento, en el Chile oficial fue recibido con trabas, burocracia y a regañadientes.

 

¿Qué nos sucede? No hay en el mundo un avión como ese. La compatriota donante tuvo que recurrir al diputado oficialista Jorge Tarud para que Chile, virtualmente en llamas, dejara de poner obstáculos al aterrizaje. Las razones esgrimidas eran variadas: que el 747 no podía volar bajo (los canales de televisión mostraron esta semana que es capaz de volar casi a ras de las copas de los árboles), que lanzaba el agua desde mucha altura y apenas como débil llovizna, que debían someter a prueba la nave durante dos días para ver... Inconcebible la arrogancia hacia la tecnología mundial de punta, el ninguneo hacia una donación cuantiosa y la desconsideración hacia quienes veían, impotentes, cómo las llamas cobraban vidas humanas y destruían propiedades y fuentes de trabajo.

 

Lo que deja perplejo es la cicatera carta dirigida por el director de la Conaf a la empresa dueña del avión para autorizar el aterrizaje. En ella, bajo el timbre de "Gobierno de Chile", llega al extremo de subrayarle que ella debe cubrir todos los costos para apagar el fuego. En redes sociales, donde circula la carta, numerosos compatriotas expresan vergüenza por esta actitud oficial en que ni aparece la palabra "gracias". ¿Qué nos pasa? ¿Se debe a nuestra altanería, a un complejo de inferioridad, celo de burócratas, protocolos rígidos, o deformación ideológica? Tal vez para algunos se ve mal que la donación de una mujer chilena, radicada en Estados Unidos, y un avión estadounidense contribuyan a derrotar las llamas bajo un gobierno socialista.

 

Pero no se trata sólo de la actitud del director de la Conaf. Aires "ninguneadores" similares se perciben en el instructivo "plan comunicacional durante incendios" enviado por el Gobierno a todas las autoridades: "Un avión solo no apaga un incendio". Lo mismo se escucha de la portavoz oficial. Al menos en las entrevistas que me tocó escuchar eludió hábilmente reconocer el aporte de la compatriota. ¿Y qué decir de Michelle Bachelet, que en su cuenta Twitter se apuró en agradecer el anuncio del envío de un avión cisterna ruso que aún no llega a Chile, pero ignora olímpicamente la donación de una compatriota, el mayor avión cisterna del mundo y a sus tripulantes que desde hace días arriesgan sus vidas en maniobras contra las llamas? Confío en que la Presidente cuente aún con la ecuanimidad necesaria para poner estas cosas en una sintonía más fina con su alto cargo.

 

En estos trágicos megaincendios volvió a quedar de manifiesto que Bachelet carece de la capacidad para reaccionar a tiempo y adecuadamente ante grandes crisis. Nadie olvida su lamentable reacción frente al terremoto/tsunami del 27 de febrero, en su primer gobierno, ni tampoco su manejo del caso Caval. Hace poco admitió que debió haber suspendido sus vacaciones y regresar a Santiago para monitorear la crisis familiar desde La Moneda. Si lo hubiese hecho, y hubiera criticado los negocios de familiares y hubiese conminado a estos a revertir la operación, su popularidad hubiese escalado, en lugar de sumergirse.

 

Rara vez se tiene en la vida una segunda oportunidad para enfrentar situaciones en que se fracasó de manera estrepitosa. Bachelet tuvo esta vez no una segunda sino una tercera oportunidad para convencer a los chilenos de que aprendió de su historia y puede liderar oportuna y sagazmente al país en situaciones extremas. Sabemos que no se trata de que el Presidente sustituya a los expertos en las crisis pero sí de que muestre que está compenetrado con el dolor y la preocupación de la ciudadanía.

 

Sin embargo, la Presidente, que manejó magistralmente sus dos campañas recurriendo más a las formas y los gestos que a los contenidos, de nuevo no sintonizó con la ciudadanía. Mientras los incendios devastaban el sur y alcaldes locales pedían socorro, apareció en La Moneda brindando con el Presidente François Hollande. Craso error. Si hubiese abreviado la ceremonia, el francés la habría comprendido y Chile aplaudido. En marzo de 2010, poco después de asumir, Sebastián Piñera se disculpó de reyes y presidentes, y se fue a las zonas destruidas por el terremoto y tsunami. Todos entendieron. Y si en lugar de ignorar al Supertanker hubiese ido a recibirlo y se hubiese mostrado ante las cámaras invitando a los pilotos y hombres de la Conaf a realizar proezas por Chile, otro gallo le cantaría. Pero optó por hacer como si todos los días llegara a la losa de Pudahuel un Supertanker financiado por una chilena.

 

Una vez que esta tragedia haya terminado, necesitaremos saber cómo surgió. ¿Cuántos incendios fueron fruto de la negligencia, la legislación forestal o la acción intencional? Y dentro de esta última categoría, ¿cuántos fueron causados por gente concertada con el ánimo de lograr efectos políticos? Solo conocer las causas de esta tragedia permitirá a Chile establecer medidas de prevención, planes para la protección de las personas y la naturaleza, leyes adecuadas, campañas de difusión sobre nuestro trato con los bosques y el despliegue eficiente de la policía. Una característica del subdesarrollo es la incapacidad para aprender de las experiencias. Eso impide prevenir, crear instituciones y leyes, hacerlas respetar. Si no llegamos a conocer los verdaderos orígenes de los megaincendios, en el próximo verano enfrentaremos una tragedia similar. Y entonces ya ni contaremos tal vez con el mayor y más sofisticado bombardero de agua del planeta.

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