Ad Honorem Hermógenes Pérez de Arce

Ad Honorem

  ¿Con que autoridad moral criticamos a la Presidenta Bachelet por decirnos que

 “no sabía nada”, cuando todos hemos reaccionado a la denuncia de “Qué Pasa” (06.02.15, “Un Negocio Caval”) como si tampoco hubiéramos “sabido nada”, siendo que tanto ella como todos nosotros, si es que no lo sabíamos todo, deberíamos haberlo sabido?

          Porque don Sebastián Dávalos fue nombrado por su señora madre como Director Socio-Cultural de la Presidencia, ad honorem. ¿Qué significa ad honorem? “Por el honor” y nada más. Significa que la persona no percibe remuneración por el cargo que desempeña. Entonces ¿de qué vive esa persona? De sus otros ingresos. Pero, viendo la declaración de intereses que ha hecho el señor Dávalos, nos damos cuenta de que no tiene otros ingresos suficientes. Si no cobraba sueldo ni tenía otros ingresos suficientes ¿de qué vivía?

          El periodista de Radio Bío Bío, Tomás Mosciatti, en recordados comentarios de televisión a través de CNN, reveló que don Sebastián Dávalos disponía de cuatro automóviles Lexus de alto precio. ¿Cómo pudo comprar bienes de lujo como ésos si no percibía remuneración en su trabajo ni disponía de otras rentas visibles?

          Antiguamente se solía citar un refrán que decía: “Sacristán que vende velas y no tiene cerería ¿de dónde peccatas mea si no es de la sacristía?”

          La Presidenta y todos los chilenos, entonces, hemos sabido o debido saber siempre que don Sebastián Dávalos de alguna parte debía obtener sus ingresos, ya que trabajaba “ad honorem”, es decir, no cobraba sueldo. La Presidenta podría haberle preguntado, pero, al parecer, no lo hizo. Tomás Mosciatti sí lo hizo, pero entonces soportó una querella. Sin embargo, ésta fue retirada. Entonces todos los chilenos deberíamos haber sabido que de alguna parte don Sebastián Dávalos obtenía ingresos como los que le habían permitido comprar cuatro Lexus y una casa cuyo avalúo fiscal es de $102 millones de pesos, según su declaración de patrimonio, porque con el préstamo de 30 millones de pesos que declaró haber recibido de su señor padre, indudablemente no le alcanzaba.

 

          Ahora, es verdad que en su condición de Director Socio-Cultural de La Moneda, “ad honorem”, él administraba siete fundaciones que recibían aportes presupuestarios por aproximadamente 500 millones de dólares anuales, que representan una enorme suma en pesos: aproximadamente $300 mil millones. Pero su madre ha aseverado al país que su hijo manejó esos recursos de una manera muy eficiente y correcta. Luego, nada pudo haber salido de ahí, “de la sacristía”, por decirlo de alguna manera. Claro, los que recuerdan al partidario del Frente Popular gobernante en los años ’40, que decía, “Si yo no pido que me den, sino que me pongan donde ‘haiga’”, podrán tener algunos malos pensamientos. Pero no. Eran otros tiempos. Debemos desecharlos.

          ¿De dónde “peccatas mea”, entonces? De otros negocios, por supuesto, como el de Caval, una sociedad en que su señora tenía el 50%. ¡Obvio! De la “artillería pesada”, como dicen que, con tanta gracia, describió su señora, Natalia, la asistencia de Dávalos a la reunión con el controlador del Banco de Chile para pedirle $6.500 millones. Era evidente. ¿Cómo no nos dimos cuenta? La Presidenta y todos nosotros debimos haberlo sabido siempre. Es imperdonable que ahora ella y nosotros nos hagamos los sorprendidos y digamos que no sabíamos nada.

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