Antártical Arte y literatura

Antártical

Por Pamela G. Zúñiga B.

Tengo frío. Ese frío caliente casi que duerme las extremidades. Con la diferencia que éste duele más antes de dormirlas. Tomo la

frazada, tan seca, dura y tiesa como mis dos manos y, la clavo a mi estómago. Mi cuerpo, hilado de ayuno, rígido, cansado, ya ni temblar puede. Estoy doblada, de espaldas, mirando el cielo desde una cucheta naval que dejó olvidada la última comisión Antártica chilena. Algo más había dejado en el continente blanco pero, aun nadie lo sabía. El anafe apenas ilumina. Un alambre se mece con el viento entre las paredes rosa aurora del túnel de la entrada del iglú cuando recién amanece en la oscuridad de la base de la Fuerza Aérea Eduardo Frei, en la Isla Rey Jorge, en las Shetland del Sur.
Hace veinte días las buenas condiciones meteorológicas permitieron el éxito de la expedición científica a la Antártica. Las notas de sus tres meses de observación de los misteriosos “hilos azules”- unos microorganismos unicelulares encontrados bajo las primeras capas de hielo antártico derretidas y que parecen plumas-, le dieron la razón: el primer hombre fue un gran pez volador. Alcanzó a describirlo: “¡Dos metros de largo, 50 a 60 cm. de ancho, con dos grandes aletas anaranjadas,..!” gritaba Stella, mientras corría hasta la ensenada blanca. Pero algo la detuvo. La nave científica chilena, “Antártical”, a bordo de la cual habían llegado al continente blanco, recalada justo bajo un ventisquero rosado que cedió, se estaba hundiendo frente a sus ojos. Una enorme fractura en la proa trizó su casco de acero, antes indestructible y el rompehielos zozobraba ante la mirada en blanco del capitán, los parlamentarios, miembros de la Comisión Antártica, científicos y numerosos familiares y amigos de la nueva alianza que brindaban a bordo. Stella no alcanzó a llegar. Sólo escuchó un crujido infernal y los vio moverse en cubierta. Los escuchó gritar pero, ya era muy tarde para advertirles. Quería mostrarles la prueba que al fin había encontrado pero corrió hacia el buque -le parecía a ella-, “demasiado lento” para informarles de sus conclusiones y mostrarles los hilos azules preservados en los tres bloques de hielo que traía enfrascados en la mochila. El cansancio, la fatiga, la falta de oxígeno la traicionaron a último minuto. A esas alturas lo único que quería era descansar al fin las piernas sobre uno de esos sofás azul marino con pequeñas estrellas doradas de la Cámara de Oficiales, con un gran tazón de chocolate caliente entre las manos, a la espera del rancho de los jueves: cazuela de ave y empanadas para calentar el resto del cuerpo.
Tengo sed. Mi boca ya ni puede despegarse de seca. Mis labios se parten al menor movimiento y mi lengua supura entre las papilas inflamadas un líquido amarillo mal oliente. Colijo que fue la pesadilla de hace cuatro días. Soñé que llegaba el plato de cazuela y una suave lonja de carne rosada de tuto largo se deslizaba por mi boca. Mordí, mordí fuerte el pedazo de pollo hasta que desperté sangrando la boca. Intenté detener la hemorragia con hielo, con el agua que brota del pez crudo al estrujarlo, con agua de mar y fue peor. Lo único que terminó por aliviarme fue la grasa tibia de un lobo marino que logré filtrar muchas horas más tarde, con la misma fina malla de pesca de arrastre que usé para barrer las aguas bajo las capas de hielo antártico analizadas en mi descubrimiento. Una cosa arrastra a la otra. Mi herida, el lobo, su grasa, la carne y el pelo. Ese día comencé a vestirme como una superviviente. Me envolví en la grasa tibia de la piel del lobo. La misma que me alivió la herida de la lengua y todo mi cuerpo comenzó a regresar a mí. Sentí el estómago, mi espalda, mis pechos, mis piernas revivir. Y ese rojo intenso, duro, de mujer acalorada, particular en las mejillas de los altiplánicos, se plantó desde ese día en mi cara haciéndome andina en pleno polo sur.
Stella ya no llora después de la tragedia. Ni siquiera el bostezo forzado humedece sus ojos, que antes se inducía fácil bajo la luz amarilla del laboratorio esas largas noches de estudio continental, cuando querían cerrarse de secos. Esa primera semana abandonada en la Antártica había desperdiciado toda el agua de su cuerpo llorando. Su cara quedó marcada por la ventisca y, sus oídos, agudizados por el diario y persistente oleaje sordo y el tronar del hielo despeñándose en el mar. Ahora podían escuchar más allá del viento.
Hizo un hoyo de esos que vio en un programa de supervivencia en “Discovery Channel” calar en el hielo para tomar agua. Bebió, bebió y bebió sin parar hasta que una sombra pálida azul cruzó su vista. No tuvo el valor de sacar un arpón y darle a la presa sino cuando ya su estómago herido se armó de furia y, tres días después, ante el mismo hoyo, le dio seco en el hocico. Al menos no se cayó al agua, como le ocurrió a su colega el científico brasilero Laercio de Melo, piensa aliviada. Los desaparecidos en la zona normalmente son rescatados sin vida por marinos de Brasil y Chile, cuyas bases “Comandante Feraz” y “Presidente Eduardo Frei”, en la isla Rey Jorge, están cercanas a la “Arctowski”, polaca. “Pero su cuerpo no fue encontrado”, se lamentó. “Esta vez sí que hay nadie”. El gobierno brasileño ordenó cerrarla después de esa fallida expedición científica así que lo único que se mueve, además del viento, Stella y el mar, es la bandera chilena sobre los techos rojizos de la base chilena donde por fortuna se encuentra. Ella la conoce. Vivió en sus interiores por tres semanas. Hoy, también cerrada con llave, dejó de ser su refugio para convertirse en su peor amenaza: las planchas metálicas voladoras. Los fuertes vientos le hacen temer que una la descabece o, que sus enormes remaches de acero, que ha visto incrustados en las piedras, se disparen contra el iglú, soltados por los cambios de presión en aumento y otras fuerzas que aún desconoce. Ya no puede verla. La ventisca permite visibilidad sólo un par de metros a la redonda. Pero la siente. Escucha sus latas golpear el techo sin mantención. También el choque de balizas retorcidas, con la antena repetidora de la estación meteorológica, que tampoco repite. Sólo el incesante “raer,… raer” del viento polar a -15°C.
No puedo ver. El blanco tiene esa maciza luminosidad que nubla y el enfoque parece distante cuando en realidad no es más que exceso de luz. Para disminuirla, sino filtrarla de alguna manera, embetuno sobre mis pestañas y cejas una lonja de piel de lobo con una pasta de fecas y grasa de foca endurecida. Al principio llevar este cintillo no fue nada grato pero, como todo, me acostumbré y ya no puedo ver sin él.
Nadie podía sospechar, salvo Stella, que Inglaterra reclamaría la soberanía de la Antártica. Que lo planeaba quizá desde la guerra por Las Falkland/Malvinas. La conclusión era directa pero demasiado evidente para ser verdad. Hasta que ese año se descubrió el recurso Inglés presentado ante la ONU. “Reclamamos soberanía absoluta y exclusiva sobre el territorio antártico Sur”. El mismo Chile, que había apoyado indirectamente a las fuerzas inglesas contra Argentina; que creía con ello contribuir a una firme alianza natural, cultural y estratégica con el Reino Unido en apoyo y defensa de la Antártica, estaba sorprendido. La inesperada declaración se clavó como un puñal en las Casas de Gobierno regionales, con mar presencial en el continente blanco.
Rodolfo, Jefe de Comunicaciones de la Armada, lo sabía todo pero permaneció en silencio. Su control de las comunicaciones al interior de la institución era total y su manejo de la información tan interesado que se podía dar el gusto de tener una empresa personal de comunicaciones que le facturaba mes a mes a su propio empleador, la Armada, sin que nadie se atreviera a cuestionarlo por miedo a las represalias. Menos Stella que desde el mundo civil no se cansaba de solicitarle información, de pedirle datos, de gestionar una y otra vez un cupo en el rompehielos “Antártical” que él siempre le negaba, hasta que muy a pesar suyo el proyecto de Stella, apoyado por el Almirante de turno, fue patrocinado por el Instituto Antártico Chileno (INACH), su universidad y auspiciado por una importante empresa privada que ya había financiado sus tres expediciones anteriores a las Islas Shetland del Sur, en la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena en busca de vestigios del primer hombre.
“El mar se eleva. La base esta siendo inundada por los primeros deshielos de la plataforma. Nuestra soberanía se disuelve, pensó Stella un día en pleno calentamiento global”. Debía probar lo antes posible que no sólo agua dulce acumula y reserva la Antártica para todo el mundo, sino también, que allí existían las pruebas unicelulares y microscópicas del origen del primer hombre sobre la tierra. “Sospecho que el primer hombre está en la Antártica y que -escribió irónica en la introducción de su tesis doctoral-, no fue inglés”, lo que despertó sospechas en la academia. Antes de partir a su cuarta y, sin saber, a la que sería su última expedición científica, ya había capturado y analizado las primeras y únicas muestras capilares encontradas por ella misma en un fragmento de hielo austral, que guardaba encapsuladas en el laboratorio de la universidad al cuidado de su profesor guía, bajo el registro: Prueba OH1.
Con algunas de las bases chilenas cerradas hasta entonces, el viento polar se estaba llevado en silencio más de setenta años de presencia antártica, abandonando con ello uno de los sueños de futuro más grandes de Chile: la provisión de agua dulce y su participación en el histórico descubrimiento científico que cambiaría por completo la dinámica del poder entre las naciones a partir de la presencia o ausencia de cada una de ellas en el concierto de la Antártica. Stella sabe que debe actuar rápido pero, no desde esos movimientos verdes que pelean contra los barcos japoneses y la pesca de arrastre o la caza de ballenas, ni desde las corrientes populistas de izquierda, sino desde sus conocimientos y audacia. Entonces decidió partir ese 23 de marzo ha encontrar esa prueba científica definitiva del origen de la vida humana que le restaría todo efecto futuro a la petición de exclusividad inglesa o de cualquier otro país sobre la Antártica y, ya la había encontrado. Sólo debía publicar su descubrimiento en las revistas científicas más importantes del mundo.
Pero algo salió mal. Sola tras el accidente, sin testigos –todos murieron en el hundimiento del buque científico- y, como única sobreviviente además de sospechosa, era muy probable que si se salvaba para contarlo iba a tener que enfrentar un proceso judicial largo, caro y muy incómodo antes que su tesis del origen del hombre pudiera ver la luz y ser conocida por la opinión pública mundial. Sobre todo, por el núcleo no colegiado de científicos más serios e importantes del planeta. Su credibilidad estará en tela de juicio, así que todas las pruebas físicas que pudiera conseguir en su cautiverio serán clave para rescatar al continente blanco de cualquier monopolio político, ideológico, económico e inclusive científico. Era la única consciente, al menos eso creía, que en sólo 35 años más, exactamente el año 2048, se cumpliría medio siglo de vigencia del Protocolo de Protección de la Antártica y sospechaba que al nuevo escenario mundial no le sería fácil renovarlo en las mismas condiciones.

Proclama de Stella:
“Una tierra sin tierra debe ser de todos por dos razones: porque es la cuna del primer hombre y porque, sin ser tierra propiamente tal sino agua dulce y además escasa, es esta escasez condición real y no imaginaria del destino cierto del mundo futuro, lo que nos obliga moralmente a conservarla para todos los seres vivos del planeta.”
Ahora Stella es una guerrera. Su aislamiento, frío y hambre la han comprometido aún más que antes con la causa. Encerrada dentro del iglú, con su furia en aumento, sabe que la reserva de petróleo para abastecer la industria global y a las centrales hidroeléctricas proyectadas al sur del mundo, están ahí, debajo de ella, esperando su destino aún incierto, en silencio. Si no, Stella se pregunta ¿Para qué emplazar cuatro enormes estanques de acero oxidados en la playa de Bahía Finley? Consultados por su origen, marinos y científicos apostados en las oficinas de Instituto Antártico Chileno (INACH) los atribuyen al mito de Hitler. Dicen sumándose al rumor “que su escondite y apoyo logístico a las fuerzas navales germanas durante la Segunda Guerra Mundial estaría en alguna parte del subsuelo. Y que los estanques son apenas una prueba visible de su existencia” El mito a Stella, en su delirio, le hace sentido. Los cuatro estanques pudieron perfectamente haber sido construidos para el acopio de petróleo y abastecimiento de los buques alemanes.
Algo le ocurre al cuerpo en la soledad extrema. Se enfurece, imagina, llora, grita, golpea artefactos, lanza puñetes sobre cualquier cosa y vuelve a llorar. Así Stella, repetidas veces, hasta caer despeñada como un bloque de hielo, como un iceberg en el mar. Aún más cuando ahora come sólo pescado y además ha tomado “Omega 3” en cápsulas durante los últimos tres años, los efectos acumulativos son peores. No resiste. Se levanta, toma el arpón y comienza a disparar sin señuelo. Lucha con ferocidad contra el miedo sacando rápido la punta incrustada en el hielo y lo vuelve a intentar hasta caer al suelo, rendida otra vez por la fuerza de la soledad, el miedo, el hambre, el frío y el delirio de la confabulación Antártica, como ya comenzaba a llamarla entre sueños, la persigue día y noche.
Inglaterra ya está en los diarios comentando los desafíos mundiales para enfrentar el cambio climático y bajándole el perfil a su reclamo antártico antes de su visita a Chile, mientras Stella recuerda a Pedro. El mismo la previno de participar en la expedición. “Hay rumores de sabotaje, dicen en el puerto”, le advirtió. Era fácil provocar un accidente. El casco había sido refaccionado. Sin embargo, ese día se quebró como una cáscara de huevo. Sólo dos hombres conocían la carga que el “Antártical” llevaba en la proa y uno de ellos era el Jefe de Comunicaciones, Rodolfo ¿Quién ordenaría el sabotaje?, se preguntaba la joven científica.
Es el invierno boreal. El cielo está verde rojizo. El cuerpo de Stella sigue tendido sobre el hielo. Sus ropas se endurecen, al paso cada vez mas frío del viento blanco a ras de suelo. Necesita volver al iglú de inmediato antes que sus dedos, aun dentro del hielo, comiencen a desprenderse en pedazos, como el de aquel primer hombre de la Prueba OH1. Entonces recuerda entre sueños la piel de dedo anular encontrada en el subsuelo antártico que había analizado con el microscopio nuclear: sus escamas, los pelos azules. Despierta violentamente. Corre y corre sin parar hasta el iglú. Su alarma vital funciona pero sus dedos ya no. Escucha en silencio el fluir lento de su sangre, más densa ahora que el agua del mar, por falta de agua dulce en sus venas.
La última vez que Stella había sentido la presencia de su propia mano fue cuando salía con Pedro en la universidad. Como si sólo entonces, en esas únicas ocasiones cuando él se las tomaba, se diera cuenta de su existencia. No así mientras analiza, observa e investiga. En esos momentos sus manos están más bien dentro de ella. En cambio, a su contacto, ella misma se siente extendiéndose hacia los cinco continentes. Le salen por la cabeza, los ojos, por los cuatro costados. Pedro sabía desconectarla y eso, claro, la relajaba tanto que hasta un par de veces olvidó por completo chequear las pruebas de laboratorio y registrar los datos en su cuaderno de anotaciones. Por eso le pidió que se vieran menos. “Me distraes”, le confesó. “Tengo tanto que hacer y tu presencia no me deja, me desconcentras”. Pedro distanció cada vez más sus llamadas, pensando que esa distancia auto impuesta terminaría por conquistarla, o al menos, despertaría cierta inquietud o curiosidad en Stella. Pero no fue así. Ella se embarcó en el “Antártical” sin siquiera avisarle y hace ya tres meses que no sabe nada de ella. ¿Estará con otro? ¿Se habrá ido a otra ciudad? ¿A otro país? Se preguntaba, despechado, sin ir más allá. No podía ni siquiera imaginar que Stella estaba en peligro.
Algo ruge bajo mis pies. Un sonido mudo, profundo, distante. El iglú se mueve. Me asomo por la entrada sin ver. Busco en la oscuridad su origen, pero nada. El fuego se despeina, tengo frío. Tengo miedo. Siento un escalofriante despertar de mi piel y gran inquietud. Cierro los ojos, me cubro por completo ayudada por el muñón de mi mano derecha involuntariamente empuñada y mi codo izquierdo. Imagino es el mar, algún glaciar despeñándose y me conformo, arrullada por la rutina. Pero sigue. Concierto de ruinas. Y recuerdo las marchas, las protestas saltando en el vagón de metro en mi época universitaria, veo rostros familiares, encapuchados, fuerza policial. Corremos desaforados, todos, arrancando entre risas y euforia juvenil. Y me duermo recordando a mis amigos muertos. No quiero morir, me repito una y otra vez, inventándome un futuro. Y vuelve el viento a golpear a las olas; a los icebergs, ya negros de tanto polvo encerrado, de tiempo atrapado. Miro la playa negra, mojada. Me miro a mí misma, aquí debajo, en mi azotea de hielo. Estoy a punto de morir encapsulada como el primer hombre.
Stella era de pocos amigos. De niña tenía esa dramática percepción científica de las cosas que la inclinó naturalmente a sospechar de todo por pura curiosidad y a celebrar lo raro, lo inocente, lo alegre y atrevido. Era una aventurera, capaz de adaptarse al cambio, al riesgo pero con un nivel de perfección, compromiso y responsabilidad muy superiores a la media. Sus familiares y amigos más cercanos lo sabían muy bien y admiraban su independencia, su pasión. Uno de ellos era el profesor Guzmán. El más honorable, irreverente, osado y respetado de los docentes chascones “light” de la universidad. El flaco, como lo apodaban, estuvo con ella durante los casi siete años que duró la carrera de Antropología. Después uno en el magíster “Del origen del hombre”, y los dos del doctorado, que Stella tituló “El primer hombre y las pruebas de su existencia en la Antártica”. La misma que la llevó primero a Campo de Hielo Sur y ahora a la Antártica, sola, a la suerte de los espías que, aseguraba, sabotearon el rompehielos. Sin mas respaldo que su propia intuición de mujer y su excelente estado físico. Gracias a que solía trotar todos los días durante exactos 30 minutos por Pedro de Valdivia Norte, justo hasta antes de que se iniciaran las obras del túnel San Cristóbal, estaba sobreviviendo pero, no era suficiente. Tenía que regresar al continente de alguna manera.
Vuelve a correr. Esta vez directo a la base, sin pertrechos ni el poco alimento que le quedaba en el morral de la abandonada base, que colgó en alto para evitar ese “algo”, que se aproximaba, se lo quitara. Corrió sin detenerse, movida por el terror de los rugidos. ¿Paranoia? A esas alturas no era capaz de distinguir entre una sombra y una nube. Capeó dos disparos de remaches. Ya sabía por dónde entrar o al menos donde forzar, a dientes casi, la plancha floja para internarse a la base Prat por el acceso secreto de la torre del meteo. Forcejeó cinco minutos que le parecieron tres horas. Dentro bajó la angosta escalera, alcanzó a activar un generador de emergencia que providencialmente prendió la cámara de seguridad desde la consola de monitoreo de la base naval chilena abandonada y abrió la escotilla, cerrándola de inmediato sobre su cabeza. Escuchó los pasos, el crujir de la tierra sobre la compuerta de acero del refugio de supervivencia. Jadeos de hambre. Esperó y esperó. Sin agua. Sin comida. Dos o tres días. Entregada a su suerte, abrió la escotilla. Había nadie. El generador había dejado de funcionar cumplidas las primeras 36 horas de encierro con intervalos de 10. Activó el retroceso y vio las imágenes grabadas en el monitor.
Su profesor le había dicho que podía confiar en él. Que el registro de sus investigaciones estaría a salvo en su oficina y las pruebas en el laboratorio y que apenas regresara de la misión Antártica su hallazgo sería publicado en la exclusiva revista inglesa “Natural”, que él dirigía para Sudamérica, consagrándola como científica globalizada. Stella le dejó todo: sus notas, los planos, el microscópico resto de piel y la cadena de ADN. El firmó con su particular mosca cada una de las páginas, como solía hacer con los artículos, investigaciones y reportes científicos de sus alumnos y que le servirían de fuente –no autorizada por ellos-, para la redacción de sus “papers” y siempre informadas editoriales. Con ella no hizo excepción, salvo que guardó su carpeta y el frasco con los restos en un lugar diferente y bajo siete llaves.
El club de los treinta países más ricos y poderosos del planeta estaba alerta. A la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), le preocupaba el encarecimiento del petróleo y otras fuentes de energía y como todo lo que escasea se convierte en un buen negocio, buscan hace tiempo nuevas zonas de explotación. Si no lo lograban, este año sólo crecerán un 1.8 %, bajando a 1,7% el 2009. Inglaterra, Rusia y Estados Unidos eran algunos de ellos y Guzmán los conocía a todos muy bien.
Stella traía consigo una cosa que nadie podría quitarle: su prodigiosa memoria científica. En su tercera y nueva base de operaciones en menos de cuatro semanas que llevaba sobreviviendo en las islas Shetland del Sur, encontró diez hojas de papel mojado, hizo dos bollos y se los tragó. En las otras siete páginas escribió en clave el lugar exacto de los hallazgos, los registros anteriores, las dimensiones, composición y textura de la piel -azul escamosa-, entre otros datos clave de su descubrimiento científico. Asimismo, el sabotaje del viaje, el hundimiento del rompehielos y su posición, la muerte de todos los tripulantes y sus sospechas de conspiración, ahora fundadas, contra su ex amigo, colega, mentor y mecenas, tras leer dos mensajes con fecha reciente, recibidos por la central de telecomunicaciones abandonada, firmados con la particular mosca de su profesor: Plan I, listo; Plan II, activo. No estaba sola.
La figura del video esta borrosa y oscura. Lo que haya sido, dejó un olor ácido en la cabina, tan fuerte, que fatiga. La sombra opera los instrumentos con familiaridad, como si, a través de ellos, solicitara normalmente instrucciones a alguien; presiona “Activado” en el tablero de la central y sale confundida por un acceso diferente; una escotilla mucho más grande ubicada en la parte de atrás de la base que conduce a las tuberías de la caldera.
Corro. Quiero descubrir que hay del otro lado de la tubería. El arma esta fría y descargada. La lleno de remaches. Amarro el hacha roja de emergencia a mi cintura en huesos y corro por el conteiner hasta la escotilla trasera. No hay nada. La nieve cubre completamente el techo plataforma, marcado con una estrella reflectante amarilla. Oscurece. Regreso a la base por la comida que dejé colgada en el alambre antes de esconderme: charqui de pescado y de foca que preparo a diario colgándolo fresco en cualquier parte. Nadie sabe aún, ni siquiera la figura del video, que estoy con vida. Pero el plan dos dice Activo. Releo la hoja con la mosca de Guzmán. Está fechada 6 de junio de 2008. Registra un teléfono celular de contacto con un código de área desconocido para mí: 872, firmada Rodolfo.
Restan cuatro horas para que el generador vuelva a prenderse, la sombra vuelva a aparecer y Stella vuelva a esconderse bajo la escotilla. Sólo que esta vez se asegura de limpiar suavemente el foco de la cámara antes de bajar. Sabe que cualquier error significa su muerte y no tiene tiempo ni ganas de morir. Pero, la angustia la supera mientras espera el paso de los tres días a que la obliga el programa automático del generador si aún quiere permanecer en la base, la última habitable que, hasta ese momento pensó, le queda en la zona.
Nada. Un silencio absoluto reina en la superficie, como si la sombra grabada y la carrera a la escotilla hasta la plataforma de vuelo de hace cuatro días no fueran más que producto de su imaginación. Jadeante y llena de energía -las reservas de comida en la escotilla de supervivencia la fortalecen- Stella decide salir con la esperanza de descubrir el refugio secreto de Hitler donde esconderse y atrapar a su ejecutor pero, cuando levanta la escotilla, un fuerte golpe la vuelve a cerrar sobre su cabeza.

Continuará…

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