Carta de un Prisionero Político Militar a su esposa Actualidad

Carta de un Prisionero Político Militar a su esposa

 

 

 

En estas letras, esposa querida, quiero dejar plasmada mi sensación de soledad emocional que sufro en este penal, como tú sabes ya que lo vivimos juntos; nuestro querido Chile se tambaleaba entre la anarquía y el advenimiento de una tiranía marxista que por el engaño político logró infiltrar nuestra democracia, hasta llegar a ser gobierno con un señor burgués a la cabeza. A esa persona la conocíamos por años de nuestra vida en Viña del Mar, ya que en cierto modo estábamos emparentados; él fue siempre un socialista de salón, de amenas conversaciones y sofisticados gustos en la mesa y en el bar.

 

El pueblo de Chile que ya estaba dividido le dio una primera mayoría espuria con una diferencia de unos pocos votos con su principal contendor, por lo cual tuvo que ir a dirimir su entronización como Presidente de la República al Congreso. En esa instancia los tibios de siempre le apoyaron pensando que les cumpliría unas garantías que le hicieron firmar.

 

Nosotros que lo conocíamos personalmente recuerdo que nos miramos a los ojos y sonreímos, ya que sabíamos de antemano que no cumpliría; yo era un oficial ya con el grado de mayor y presentíamos lo que vendría, la continuidad del desastre que existía multiplicado por dos, en realidad nos equivocamos, fue casi por diez.

 

Pasaron tres años y me correspondió planificar un posible copamiento de Santiago por las tropas por órdenes superiores; tú sabes, mi amor, los militares estamos para cumplir órdenes además de ser obedientes con nuestras esposas.

 

Recuerdo como tú a mediados del año ‘73 rezabas diariamente para que en Chile no sucediera nada terrible, la tiranía marxista se nos venía encima y los políticos entre ellos muchos amigos nuestros, nos hacían ver nuestra cobardía de no reaccionar. Tu les explicabas que el mejor ejemplo era lo que había sucedido con Roberto, que por alzarse con su Regimiento estaba preso en San Bernardo; mi amor, te extraño, y recuerdo cuando asumió mi General Pinochet la Comandancia en Jefe, y no otros que considerábamos más opositores al régimen. Nos resignamos a lo que viniera, hasta que él me mando a buscar un lunes 10 de septiembre para echar a andar todo lo que habíamos planificado, ya que vendría el desafuero al Senador Altamirano, otro socialista burgués de salón y mesa. Algo me hizo presentir por la orden decisiva que me impartió, que sería para otra cosa, pasé por la casa a buscar mis bártulos y me despedí, para decirte al oído: reza el doble ahora.

 

Sucedió que Dios te hizo caso y un martes 11 los uniformados de Chile nos pronunciamos contra el gobierno a petición o sugerencia de los otros poderes del Estado. Los primeros días el combate fue cruento y sorprendente para nosotros, al percatarnos del inmenso poder de fuego de la gente afecta al gobierno de don Salvador; en las provincias sucedían combates igualmente, pero afortunadamente nuestras tropas estaban muy bien entrenadas, pero mal pertrechadas.

 

Recuerdo que teníamos a cientos de tanques T 54 y T 55 en las puertas de Arica, ahí fue como Odlanier actuó con mucho patriotismo y valentía, más el mando de mi General Forestier en la División de Iquique, disuadieron a los Peruanos a no actuar.

 

Al tiempo después se me asignó para acompañar a mi general Arellano en una comisión de servicio por casi todo el país, nunca pensé que la deslealtad era de arriba hacia abajo, más aún en aquellas circunstancias quien cual Pilatos se lavó las manos y nos ensució a nosotros. Él está en el tribunal de la historia y ante Dios justificando su falta de coraje, yo y otros acá en el penal pagando hasta la muerte que se nos acerca día a día; es cierto mi amor, tengo 89 años, qué más puedo pedir. Estoy sobreviviendo entre una masa de valientes soldados que me acompañan en este encierro, solo por cumplir órdenes.

 

No me arrepiento de haber escogido de niño ser un soldado de mi Patria querida; no me arrepiento de haberte conocido y enamorado de ti; tú, mi amor, y mi Patria son mis amores. Dios no nos dio hijos, pero si sobrinos y amigos que nos quieren con mucho afecto y de verdad.

 

En estos momentos en que estás sola y tu vida se apaga cada día más, quisiera estar a tu lado, pero la injusticia de los chilenos no me lo permite. Para mi tú no morirás, solo te harás invisible; porque en mi corazón permanecerás hasta mi último aliento, de este soldado que al expirar abrazará su bandera y besando su estrella, a tu alma llegará.

 

 

Nota de la Redacción: Su autor nos ha solicitado no dar a conocer su nombre.

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