Conservadores: ¿Llegó la hora? Gonzalo Rojas

Conservadores: ¿Llegó la hora?

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En todas las encuestas, en todos los sondeos, incluso en las elecciones, es perceptible una significativa porción de la población nacional que se considera a sí misma conservadora, o que al menos actúa bajo las coordenadas del conservantismo.

Quizás precisamente por su escepticismo respecto de la política, esa misma gente mira hoy desde la tribuna cómo se organizan decena y media de nuevos partidos políticos que poco o nada tienen que ver con su concepción de la vida, al mismo tiempo que observa que la organización que los representaba se hunde y tiende a la nada. En otras palabras, los conservadores ven cómo se fortalecen las izquierdas asistémicas (Boric y Jackson) y los liberales centristas (Velasco y Pérez), mientras que la UDI camina a su disolución formal.

¿Ha llegado la hora para que se constituya, por fin, un nuevo partido para los conservadores en Chile?

Depende de qué se considere "la hora". Probablemente el lapso que hay que evaluar va desde el momento presente hasta marzo de 2018, cuando haya asumido el nuevo gobierno y se haya consumado una significativa derrota para los partidos más tradicionales de Chile Vamos.

Algunos consideran que esperar a marzo del 2018 tiene mucho de comodidad y algo de cobardía. Comodidad, porque siempre es más fácil comenzar cuando otros han fracasado; cobardía, porque no se habría enfrentado el proceso electoral 2016-17 con responsabilidad. Otros prefieren argumentar que como en esa instancia todo se habrá ido al tacho, se podrá comenzar de cero con una legitimidad irreprochable.

A los conservadores, por lo tanto, la necesidad los apremia, pero el tiempo no los urge. Podría haber buenas razones para esperar hasta marzo del 2018, pero hay mejores motivos aún para comenzar lo antes posible. Plántese la araucaria ya, porque no se va a demorar menos de 25 años en tener un tamaño adecuado (lo que le tomó a la UDI ser un partido mayoritario: 1983-2009).

¿Qué hace falta? Cuatro cosas: un ideario, unas personas, una hoja de ruta, un anclaje histórico.

El ideario se escribe en pocas horas: el conservador sabe lo que quiere, conoce los fines que se propone y no tiene problemas para encontrar aterrizajes imaginativos para cada una de las pocas cuestiones que considera intransables y para las muchas que estima discutibles. Hay folletos, libros y declaraciones, miles de páginas escritas, listas para servir de soporte.

Las personas son un problema serio en el conservantismo hoy. Habrá que pedirles a esos tres o cuatro que están en barbecho que se lancen ya a liderar. Rodrigo Álvarez debe volver a la política; José Antonio Kast ha declarado recién que su candidatura podría entrar directo a primera vuelta el 2017; y hay otros.

La hoja de ruta del nuevo partido, qué alivio, puede concretarse de diversas formas: irse construyendo desde algunas ONG que confluyan a un proyecto común; o desde los liderazgos personales de dirigentes de base en Santiago y sobre todo en regiones; o desde algunos núcleos de intelectuales y profesionales; o, incluso, desde los parlamentarios que a mediano plazo abandonarán la UDI porque el partido se abandonó a sí mismo. O desde todo lo anterior, bien coordinado y articulado con la mejor buena voluntad.

El anclaje con la historia es decisivo: los nuevos conservadores chilenos podrán ser ohigginianos o carrerinos, balmacedistas o congresistas, alessandristas o ibañistas: en eso, no hay problema. Pero, qué duda cabe, Manuel Montt, Manuel José Yrarrázaval, Jorge Prat y Jaime Guzmán debieran ser algunos de sus principales referentes históricos.

¿Y Augusto Pinochet? A los mayores de 55 se nos debiera exigir lealtad; a los menores, respeto.            

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