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Cuando la Solución es Matar Hermógenes Pérez de Arce

Cuando la Solución es Matar

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          La izquierda lo ha conseguido una vez más: la ley autorizará la pena de muerte para seres que se interponen en su camino. En este caso, los nasciturus. La Naturaleza enseña que del acto de procrear puede derivar un nuevo ser vivo. Los responsables de consumar un acto de procrear saben que existe la probabilidad de eso y, por lo tanto, deberían responsabilizarse de la suerte de ese nuevo ser vivo. Pero la izquierda no quiere que le hablen de responsabilidades. Los izquierdistas sólo quieren derechos, no deberes. ¿Qué más sencillo que matar al nasciturus?
 
          Pero en caso de violación no ha habido una responsabilidad de la madre del eventual nasciturus. Sin embargo, eso no puede significar autorizarla para darle muerte, porque se trata, primero, de su propio hijo y, segundo, de un inocente. La Naturaleza enseña que, cualesquiera fueren las circunstancias en que se haya concebido un hijo, la madre está llamada a protegerlo. Si es indeseado y, además, fruto de una violación, ella puede tener un buen argumento ante la sociedad para que se la exima del costo de su deber natural de protección, pero algo muy distinto es autorizarla para matarlo. Bajo ningún pretexto puede quitarle la vida a un inocente, menos si es su hijo. Pero es la “vía fácil”. Y, por definición, siempre, la izquierda elige la “vía fácil”.
 
          Las leyes, en general, llámense tales, “reglas del juego”, “naturaleza humana”, mandatos morales ancestrales, sistemas civilizados de convivencia, siempre han sido un obstáculo para la izquierda. Por eso ella se llama a sí misma “revolucionaria”, porque se alza contra todo. Y su solución favorita es la misma siempre: matar. Como ha logrado imponerlo en nuestra sociedad ahora, vía el aborto.
 
          Y en la política, en general, también. Cuando gobernó, entre 1970 y 1973, quiso aplicar lo que siempre había venido predicando: que para permanecer en el poder debía usar las armas. Es verdad que lo había ganado electoralmente en 1970, sin las armas, pero el Partido Socialista, en acuerdos unánimes de sus Congresos partidarios de 1965, 1967, 1969 e, incluso, de 1971, estando ya en el gobierno, había proclamado la “vía armada”. Es decir, matar a quienes se le opusieran: ¿para qué, si no, eran los diez mil hombres en armas confesados por Carlos Altamirano a Patricia Politzer? ¿Para qué, si no, eran los 12 a 15 mil extranjeros clandestinamente ingresados entre 1970 y 1973, según una Comisión ad hoc de la OEA?
 
          Así como el nasciturus molesta, el opositor que pretende ganar el poder compitiendo con la izquierda también molesta. Por eso el Congreso socialista de 1965 por unanimidad acuerda: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Constituye la única que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del Estado burgués puede consolidarse la revolución socialista… Las formas pacíficas o legales de lucha no conducen por sí mismas al poder.” Los comunistas, más hábiles, hacían  lo mismo, pero sin dejar constancia escrita. "Facta, non verba". Mataron a Simón Yévenes y Jaime Guzmán porque molestaban tanto como un nasciturus. Hoy agreden a José Antonio Kast. ¡Cuidado, José Antonio! No dejan constancia oficial escrita, como los socialistas. Pero la solución para librarse de los opositores no sumisos es la misma: matarlos. 
 
El nasciturus ya no puede salvarse: la ley autoriza eliminarlo; el opositor, al menos, sí puede salvarse, si se somete a la izquierda, como lo ha hecho en Cuba o en Corea del Norte. Acá Aylwin se sometió a la izquierda y sacrificó a los militares (ver mi blog “El Momento Estelar de Aylwin”, del 23 de febrero último). Poco después lo hizo la centroderecha piñerista (Piñera mismo declaró a Volodia “un grande de la historia de Chile", financió el tratamiento de Gladys Marín y persiguió a los militares como nadie). Pues la derecha a secas, Allamand dixit en “La Salida”, ya dejó de existir. Y el voto decisivo para el aborto demandado por la izquierda lo dio la “mano derecha de Piñera”, María Luisa Brahm, designada por él en el TC. Y él tiene en su equipo de campaña a dos abortistas declarados, como Karla Rubilar y Enrique Paris. Además, guardó sepulcral silencio durante la discusión del recurso ante el TC y ha mandado a su vocero UDI, Hernán Larraín, a vituperar a José Antonio Kast por decir que su primera medida como Presidente será derogar la ley del aborto. (Aportes de Henry Boys, en memorable twitter enviado a Piñera).
 
          Resuenan todavía las sabias palabras de don Rafael Retamal, ministro de la Corte Suprema, a Patricio Aylwin, en 1974: “Los extremistas nos iban a matar a todos. Dejemos que los militares hagan la parte sucia. Después vendrá la hora del derecho”. Pero no vino, sino que llegó la de la prevaricación. Es que así es Chile.

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