De dictadores y dictaduras Actualidad

De dictadores y dictaduras

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En todos los partidos de la coalición gobernante, en grupos extraparlamentarios más radicales y aun en algunos grupos de derecha se ha generalizado el calificativo de “dictador” para referirse a Augusto Pinochet y de “dictadura” para su gobierno y, por esa vía, condenarlos de manera absoluta.

Esta calificación no es nueva en la historia del país. Ya Bernardo O’Higgins recibió ese calificativo y fue obligado a abdicar en 1823 presionado por los grupos de la burguesía santiaguina que no toleraban el ejercicio de su autoridad. Diego Portales fue otro que recibió esa denominación cuando construía la república que llevaría su nombre. Manuel Montt, presidente entre 1851 y 1861 fue terriblemente denostado por el sentido de autoridad con que ejercía el poder. Buena parte de su período transcurrió en situación de estado de sitio, lo que le valió no sólo el nombre de dictador sino directamente el de tirano.

José Manuel Balmaceda, que gobernó entre 1886 y 1891 también recibió este calificativo y esa fue la causa que se esgrimió para justificar la guerra civil de 1891. Pero, desde el momento siguiente a su muerte, el pueblo chileno se encargó de poner las cosas en su lugar tributándole un constante homenaje.

En 1924, habiendo fracasado el régimen que habían instaurado los vencedores de 1891, el país se desplomó y hubo de ser recogido del suelo por nuestras FF.AA., cuya figura más destacada fue la del entonces coronel Carlos Ibáñez del Campo. Este, elegido Presidente en 1927 por una mayoría aplastante, renunció a raíz de los problemas que trajo la crisis económica de 1931. De inmediato, la antigua derecha descargó sobre él la acusación de haber sido un “dictador”. Pero cuando la ciudadanía, hastiada de los abusos de poder y de la ineficiencia de los gobiernos civiles, quiso limpiar la política de tanto escándalo, no vaciló en elegirlo a él, en 1952, precisamente porque veía al “dictador” que el país tanto necesitaba.

Ser denominado “dictador” no significa pues, en nuestra historia, algo necesariamente negativo. Por eso, más que de poner nombres o apodos, la preocupación debe orientarse a disponer de una buena política sobre todo cuando, como hoy, ella se derrumba por los escándalos que afectan a todos los partidos, pero, en especial, a los gobernantes por la colosal ineficiencia demostrada.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda, www.lasegunda.com.

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