Diez tesis sobre la reforma agraria Material Historico

Diez tesis sobre la reforma agraria

Blogs El Mercurio Joaquin Fermandois

Primera, la reforma agraria nació más de una emoción que de una consideración sabia o inteligente acerca de los males del campo y de sus remedios.

Segunda, a lo largo de toda la historia humana la miseria campesina ha sido un tema recurrente, acompañada de hambrunas, rebeliones violentísimas y represiones que no lo eran menos. La economía moderna, con todos los problemas que pueda tener, es la única que encontró una respuesta muchas veces satisfactoria al hambre y a la producción.

Tercera, si se pensaba repartir la tierra agrícola como propiedad familiar entre quienes trabajaban productivamente en ella, solo alcanzaba para unos pocos.

Cuarta, como tantos países del mundo, Chile tiene un origen agrario en el Valle Central y Norte Chico; la historia del contraste entre riqueza y pobreza en el campo se hace presente en la vida del país al ingresar el tema al debate político cuando la ciudad descubre al campo, y condena las diferencias con intensidad creciente desde el 1900 hasta hacerse todopoderosa en los 1960. Al mirar al campo, la polaridad tan típica entre arrogancia y resentimiento -dos extremos que se potencian entre ellos- se hace imagen y emoción en la mentalidad de los chilenos. Lo visible era el atraso y pobreza del campo y del campesino, a pesar de que el mundo urbano ya era mayoritario a mediados de siglo: los ojos inquisidores se dirigieron hasta con obsesión hacia al "patrón de fundo" como raíz de todos los males.

Quinta, la transferencia de propiedad no produce una modernización en sí misma si no se la acompaña de la incorporación de nuevo capital y de un nuevo estilo de gestión y a precios de mercado, muy castigados entre los 1930 y 1970. Para que asentamientos y experiencias colectivas resultasen, hubiera habido que disponer de costosos subsidios que no se podían financiar sin extraer recursos de otros sectores.

Sexta, en la segunda mitad de los sesenta no hubo mayor incremento de la producción, salvo en sectores que en ese momento se excluyeron de la expropiación (en frutas de exportación se pagaba al contado cada árbol expropiado, mientras que el resto se efectuaba en bonos que se parecían a la confiscación) y a partir de 1971 vino una caída pronunciada.

Séptima, la reforma agraria entre 1965 y 1973 no produjo ni un solo propietario.

Octava, el fin del inquilinaje -en su mala cara, aunque también llevándose por delante alguna virtud- no fue resultado de la reforma agraria; se iba a producir (y se estaba produciendo) si existía modernización del agro, lo que vino gradualmente después de 1973. La reforma agraria aceleró conflictivamente -con odios entre todos, ya que no pocos inquilinos olfateaban gato por liebre en todo el proceso- el cambio en los modos de vida y de trato.

Novena, la modernización, salvo las excepciones de siempre, no provino del sector reformado en sí mismo, sino que a partir de 1973 nuevas políticas de precio, de propiedad y de consideración con la economía mundial llevaron a una real revolución agrícola (todavía incompleta) y a una diversificación de las exportaciones; y se profundizó el cambio social.

Décima, el agro avanza en su "economización"; cada día es menos forma de vida y más empresa y gestión. ¿Un infortunio que conduce al fin del enraizamiento cultural en la tierra? No necesariamente, ya que hay una forma de rescatarla de la que depende gran parte del futuro de la civilización, alentando lo que comenzó hace milenios: el cultivo del macetero, del jardín, la contemplación de la naturaleza, de flores, ríos y montañas (y mares), un rescate a la vez simbólico y material de la tierra, en lo que además caben todos los que la amen.            

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