Dos Tipos Muy Frescos Hermógenes Pérez de Arce

Dos Tipos Muy Frescos

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          Hay un atributo que resulta enormemente efectivo en la vida pública chilena de la actualidad: la “cara de palo”. Medalla de oro se lleva el político más fresco que registra la escena chilena del presente siglo y tal vez del anterior, Sebastián Piñera. En estos días se ha superado a sí mismo al declarar: “No cabe la menor duda de que el estado de derecho en La Araucanía se ha ido debilitando, porque cada vez hay más crímenes, cada vez son más audaces y cada vez son más violentos, y la impunidad sigue reinando”.
         
          Pues fue justamente bajo su gobierno (2010-2014) que se debilitó la Ley Antiterrorista y se cometieron en esa región los peores crímenes, con muertes de carabineros y habitantes mapuches y el atroz doble asesinato del matrimonio Luchsinger-Mackay. Él promovió una reforma disminuyendo las penas a los autores de atentados, proponiendo además que los incendiarios no fueran considerados delitos terroristas. Esas normas fueron aprobadas entre 2010 y 2011 a iniciativa de su gobierno.
 
          Y en estos días ha tenido consecuencias otra iniciativa deleznable del mismo personaje. Pues fue promotor y coautor de la prevaricación de los jueces de izquierda contra los militares que combatieron al terrorismo. Su Ministerio del Interior, cuyo Departamento de Derechos Humanos amparaba a una legión de abogados de izquierda, interpuso en 2010 una querella para perseguir como delincuentes a los militares que en 1974 descubrieron la casa en que se refugiaba el cabecilla del MIR –una asociación ilícita terrorista muy activa y autora de sangrientos crímenes— Miguel Enríquez.
 
          Una patrulla al mando del entonces teniente Miguel Krassnoff ubicó  la casa de la calle Santa Fe. Al verse sorprendidos los terroristas, abrieron fuego desde el interior, lo que obligó a los uniformados a pedir refuerzos. Llegados los mismos, varios miristas huyeron por los techos de casas vecinas, pero Enríquez resultó muerto y Carmen Castillo, su conviviente, herida. Justamente ella fue entregada a una ambulancia por el teniente Krassnoff, quien me ha dicho que, técnicamente, ella ha sido la única persona a la cual él detuvo mientras se desempeñó como analista de inteligencia en la DINA, no obstante lo cual los jueces de izquierda, mediante testimonios falsos y prevaricaciones, le han impuesto 160 años de presidio por otras supuestas detenciones en que no tuvo participación alguna.
 
          Ahora el ministro sumariante Carroza, que es el segundo tipo fresco al que me quería referir en este artículo, ha cambiado por completo la verdad de los hechos y ha transformado el episodio de la calle Santa Fe en un supuesto asesinato de miristas “pacíficos” a manos de las fuerzas de seguridad. Y busca imponer condenas al personal de inteligencia que, en su oportunidad, fue condecorado por haber expuesto la vida al enfrentarse al jefe del más sanguinario grupo terrorista existente desde los años ’60, el MIR, culpable de alevosos crímenes y atentados, todos los cuales les fueron finalmente perdonados en virtud de la Ley de Amnistía (sí valió para los terroristas) y por indultos dictados por Aylwin (que antes había sido el principal instigador de la acción antiterrorista de los militares), Frei y Lagos.
 
          Piñera y Carroza son favoritos de la prensa, falsifican la historia y se lavan las manos mientras cometen (el primero como instigador y coautor y el segundo como ejecutor) las peores antijuridicidades de la historia judicial chilena contra los Presos Políticos Militares.
 
Entretanto, permanece en el olvido un verdadero héroe de ese tiempo en la lucha contra el terrorismo, como lo fue Julio Robinson del Canto, agente de la sucursal “Huelén” del Banco de Chile, que al ser asaltado en 1974 por Enríquez y sus secuaces, que pretendían vaciar la bóveda del banco, propinó al jefe mirista un golpe de puño que lo lanzó lejos y cuyo consiguiente “ojo en tinta” permanecía todavía semanas después del asalto bancario, cuando Enríquez cayó en medio de la misma balacera que él inició en la calle Santa Fe.
 
          Julio Robinson del Canto recibió seis balas de otro mirista, a quien Enríquez, todavía en el suelo a raíz del puñetazo, le había ordenado: “¡bájalo!”. Pero sobrevivió y en 1974 recibió el reconocimiento de su institución y de todos los sindicatos bancarios por su heroísmo en el cumplimiento del deber.
 
          Hoy los verdaderos héroes están olvidados o presos y los dueños de la escena son los grandes frescos abusadores de la feble y cambiante memoria colectiva nacional.
 
 
PD: A quienes me preguntan por qué este blog ha dejado de ser reproducido por “El Mostrador”, como lo había sido durante más de seis años, les manifiesto que ignoro la razón, si bien la sospecho.

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