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El fallecimiento de Bernardo O'Higgins Despierta Chile

El fallecimiento de Bernardo O'Higgins

En el número anterior me referí al nacimiento del Padre de la Patria, don Bernardo O'Higgins Riquelme y, entretanto termino de preparar una serie de artículos relativos a

Por Raúl Hermosilla Hanne, Historiador
 su vida y obra,  hoy me referiré a su muerte, en el exilio peruano.

Preparaba su próximo regreso a la Patria y esperaba de un momento a otro las noticias que lo harían posible. Como tan acertadamente lo relata el  investigador e historiador Jorge Ibáñez Vergara, del Instituto O'Higginiano de Chile, don Bernardo observó siempre, como un hábito de orden y planificación, la preparación muy antelada de documentos que debían conocerse en ocasiones de importancia. Cuando quiso reabrir, el año 1818, el Colegio de los Naturales, donde había estudiado, en Chillán, elaboró un discurso inaugural que nunca pronunciaría debido a los problemas financieros que postergaron la habilitación del establecimiento.

No obstante pedir que no se le recibiera con actos ceremoniales una vez que llegara  al país, preparó dos documentos:  una proclama, donde deja las constancias de su gratitud al pueblo peruano, y un discurso de agradecimiento a la recepción de las autoridades de Valparaíso, cuando desembarcara en ese puerto.

Como despedida del Perú escribe:

"Debo al Perú una deuda que la vida más larga no bastaría a recompensarla, pero que sea larga o breve, no perderá jamás oportunidad alguna de satisfacerla en cuanto me sea posible. Hasta qué extensión mis pasados servicios hayan remediado esa deuda, no toca a mí decirlo, porque vuestras bondades han espléndidamente sobrepasado esos servicios, pero también diré que cuando la verdadera historia de nuestra  revolución se haga notoria, es decir, cuando nuestra madre común, la tierra, me reciba en su seno, pocos concebirán la  magnitud de dificultades, la fuerza  de oposición contra la que he tenido que lidiar en mi vida pública, y entonces verán todos que si no hice mucho más bien que el que hice, no fue mía la culpa."

Para agradecer la recepción en Valparaíso escribe lo siguiente, en uno de los párrafos del discurso que prepara al efecto:

"Valparaíso ha recibido la recompensa del Soberano Regulador de las sociedades humanas. Y yo no cesaré de elevar humildemente votos los más sinceros por su prosperidad y porque, siguiendo su marcha progresista de empresas y navegación, pueda abrir pronto las puertas de Magallanes a las naciones que hayan de visitarlo y quieran llegar pronto a las primeras aguas del Pacífico."

También extendió otro documento destinado a las autoridades chilenas en que registra sus bienes personales sacrificados en la lucha de la independencia, "con el fin de satisfacer de algún modo la fuerte deuda con que dejo gravada mi testamentaría y pesa sobre mi honor y crédito."   

Tiene además, la esperanza de que se pague a sus herederos la pensión que le correspondía como Capitán General del Ejército.

En la mañana del 24 de octubre de 1842 se le dio a conocer el texto de la ley que ordenaba el pago de sus sueldos, y que había promulgado su amigo, el Presidente Bulnes. La ironía implícita en el hecho y el tardío remedio a una injusticia -dice el distinguido profesor ya citado- no podían producir ya en la hora de la agonía, ningún efecto en los sentimientos, emociones o intereses del ilustre exiliado.

A las 12:30 horas de ese día, rodeado del mismo grupo con el que salió de Chile, 19 años antes, con excepción de su madre, comenzó a palidecer, dando el último suspiro y musitando débilmente ¡Magallanes!, ¡Magallanes!

Las exequias se celebraron en la iglesia de la Merced y las honras fúnebres, con honores militares correspondientes a Gran Mariscal. En ambas ceremonias estuvieron presentes las más altas autoridades civiles y militares del país.

Allá lejos -finaliza Ibáñez su excelente trabajo- la "dulce patria" de su juventud conocerá el hecho infausto, sólo veinte días después. Hay entonces, palabras medidas para recordarlo. Un luto de ocho días cubrió el territorio que él mismo había demarcado hasta el Polo Sur, como tributo al inmutable soldado, al creador de la República de Chile y al Libertador Americano.

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