El malestar por Bachelet Gonzalo Rojas

El malestar por Bachelet

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No, no es La Moneda la que está amagada: eso es un eufemismo. Es la Presidenta, la Presidenta Bachelet, la que se encuentra en una condición muy precaria.

Estamos en medio de una situación inaudita: por una parte, el operador político-económico de la candidatura Bachelet, Giorgio Martelli, declara haber hecho préstamos al actual director administrativo de la presidencia. Martelli asegura que esas platas fueron solicitadas por Riquelme para la campaña Bachelet. El operador está formalizado por emitir facturas a SQM por más de $245 millones.

Por otra parte, la nuera de la Presidenta, Natalia Compagnon, ha declarado que Ana Lya Uriarte, otra cercanísima a Bachelet, ha trabajado para su cuestionada empresa. A efectos políticos, da lo mismo si eso fue lícito o no, porque ¿qué sentido tenía que Compagnon la mencionara si no causar una carambola que terminaría afectando a la Presidenta?

Que dos personas del riñón de Bachelet, Martelli y Compagnon, den a conocer estos antecedentes genera muchas preguntas sobre por qué lo hacen, pero mucho más importante es el efecto de sus palabras. Son, desde el punto de vista jurídico, dos situaciones distintas, pero ambas confluyen para colocar a la Presidenta en una posición gravísima. Que sean casos de desigual naturaleza procesal perjudica aún más la imagen presidencial: vaya diversidad de asuntos en los que está siendo comprometida la imagen de la Mandataria.

Ya hemos pasado por algo así.

Hace 13 años, en enero del 2003, Longueira desarrollaba su estrategia para salvar a Lagos. Y lo logró. Había en él una convicción de superior patriotismo que lo impulsó a salir al rescate de un Presidente también herido por una diversidad de manejos nada sanos. Los acuerdos alcanzados le ofrecieron una solución al gobernante, y aunque buena parte de la derecha no los respaldó, demostraron ser un aporte a la estabilidad. Por cierto, parece que de eso la izquierda no aprendió nada. 

Entonces, ¿ahora hay que proceder del mismo modo? ¿La oposición debe salir por segunda vez al rescate de un mandatario socialista al que las encuestas colocan en estado de muerte anunciada y los procesos judiciales pueden poner en situación de fatalidad política?

Primer dato: Lagos daba entonces la imagen de tener la capacidad suficiente para poder sacar adelante su presidencia, con la ayuda de Longueira, y así fue. No es la misma sensación que proyecta Bachelet. Le solicitan sus propios partidarios que ejerza liderazgo -vaya petición a ¡la Presidenta!- y no pasa nada. Cunde la sensación de que está empantanada, hundiéndose en arenas movedizas.

Segundo dato: Todo lo que desde el Gobierno y sus partidos se le imputó con superioridad moral a la oposición se ha practicado igual, o quizás de peor manera, en las cercanías de la Presidenta. Lo que hace trece años se hizo mal, se asumió como un error, pero lo que desde el caso Penta en adelante se reprochó a la derecha, ha revertido sobre los acusadores: el escupo viene cayendo del cielo directamente sobre sus cabezas. Cuesta más perdonar y ayudar al que ofendió de ese modo, cuando es lo mismo lo que lo ha terminado manchando. 

En la izquierda, la malicia no impide unas preguntas como estas, todas obvias: ¿Por qué la oposición no ha iniciado una ofensiva final contra Bachelet? ¿Prefieren acaso esta vez que el Gobierno se caiga solito y de a pedazos, para cosechar electoralmente del desastre?

En un caso u otro, cunde la sensación entre los partidarios de Bachelet de que no habrá un rescate; esta vez no. "El daño ya está hecho" y sus coletazos "yo creo que le molestan a todo el mundo, a todos nos molestan", ha dicho el presidente del PDC.

Y ese malestar, no lo duden, no ha terminado.

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