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El Momento Estelar de Aylwin Hermógenes Pérez de Arce

El Momento Estelar de Aylwin

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          La política es el arte de la contradicción. Aylwin ha pasado a la historia como un político que administró ese arte como nadie. Su hija ha sido impedida de viajar a Cuba porque allá los opositores al régimen comunista iban a homenajear a su padre como un gran demócrata, que lo fue. Pero también fue un gran favorecedor de los comunistas, como pueden acreditarlo en Chile las decenas de miles de beneficiarios de pensiones, salud y educación gratis e indemnizaciones millonarias que le granjearon al extremismo armado la Comisión Rettig creada por Aylwin, y la sucesión de leyes complementarias en su beneficio y en perjuicio de los militares, que él impulsó.
 
          La historia exhibe a dos Aylwines, como puede verse en filmaciones de YouTube cuando Aylwin I dice en 1973 que los militares sólo se anticiparon al autogolpe de Allende para instalar una dictadura comunista y Aylwin II, veinte años después, cuando afirma que jamás dijo eso y que sólo lo supo “cuando salió el libro ese o el documento (sonrisa irónica) que publicó el gobierno militar denunciando ese plan”.
 
          La política consiste en contradecirse: la UDI defenestró en 2013 a su candidato presidencial Laurence Golborne porque le descubrieron unos pocos millones de dólares en un paraíso fiscal, pero va a proclamar en 2017 como su candidato presidencial a un personaje que tiene 1.800 millones de dólares en paraísos fiscales, como ha debido confesar después de que una querella comunista lo puso en evidencia. Pero a la UDI eso ya no le importa y se va a contradecir de todas maneras.
 
          Aylwin I defendía en 1973 a los militares de la crítica de haber sido muy duros con los subversivos cuando ya se había producido la mayor parte de las muertes que hubo entre ese año y 1990, pero no obstante eso Aylwin II los sentó en 1990 en el banquillo de los acusados ante el país y el mundo por esas mismas muertes, y le escribió una carta a la Corte Suprema para que no se les aplicara la amnistía en forma inmediata en los procesos, como ordena el código, lo que desencadenó después un torrente de condenas ilegales contra ellos.
 
          Y Aylwin I defendía a los militares porque él había sido, en cierto modo, gatillador del pronunciamiento de 1973, cuando les comunicó al general Arellano y al Comité de los 15 generales deliberantes, a través del hijo de aquél, que no iba a haber ninguna posibilidad de entendimiento político con Allende. (Ver libro “De Conspiraciones y Justicia”, de Sergio Arellano Iturriaga).
 
          Pero el verdadero momento estelar de este complejo personaje se produjo, a mi juicio, en el Estadio Nacional al pronunciar el discurso con que asumió la Presidencia de la República en 1990 y llamó a la reconciliación nacional. Él quería que la hubiera y lo dijo, pero cuando mencionó la “reconciliación entre civiles y militares” y los comunistas presentes en el estadio lo hicieron objeto de una sonora rechifla, y él replicó enérgica y casi violentamente a gritos: “Sí, señores, entre civiles y militares”, todos los que conocemos a los democratacristianos supimos o debimos saber que los militares estaban ya condenados. Ése fue el momento estelar en que Aylwin resolvió retroceder ante el comunismo, someter a los militares a juicio, ocultar los crímenes de la extrema izquierda y sus 423 víctimas, colgárselas a los militares o a una difusa “violencia política” y, en fin, hacer cualquier cosa menos pelear con los comunistas, a los cuales llenó de plata, de granjerías y de la facultad de administrar justicia a su gusto y perseguir, condenar y denostar a todos los militares posibles hasta terminar con ellos condenados ante la historia si están muertos o atados con una cadena a la cama de un hospital si están presos y enfermos o condenados a más de cien años de presidio contra todas las normas de un debido proceso si han cometido la insolencia de seguir vivos y sanos.
 
          El momento estelar de la gran traición de Aylwin tuvo lugar esa noche de marzo de 1990 en el Estadio Nacional.
 
La derecha está demasiado moribunda como para recordarlo y entenderlo, tanto que ha pasado a ser “centroderecha” y a tener la misión de “reivindicar el legado de Aylwin”, como dice Allamand en su último libro, cosa que ella hará apoyando como candidato presidencial a un émulo de Aylwin en la traición a los militares, como es Sebastián Piñera.
 
 
          El no-viaje de Mariana a la isla no tiene que ver con la verdad histórica ni con la deuda que el comunismo tiene con Aylwin II, sino con los problemas internos de allá, donde hay una dictadura que sabe muy bien cómo impedir que sus opositores se manifiesten públicamente y conciten la atención de la prensa internacional. Pero ha servido para rememorar una vez más el doble papel que jugó un político de renombre y el momento estelar de su carrera en que decidió prestarle un servicio invaluable a la causa del comunismo internacional, que sus representantes en Cuba hoy no parecen interesados en agradecer.

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