El patriotismo no pasa de moda Actualidad

El patriotismo no pasa de moda

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El 11 de junio se cumple un aniversario más del fallecimiento de Nicolás Palacios (Santa Cruz, 1854; Santiago, 1911), médico de profesión, veterano de la Guerra del Pacífico y ensayista.

El Dr. Palacios fue el primero en preguntarse qué significa ser chileno y, por ello, avocarse a la tarea de descubrir y establecer cuál es nuestra identidad nacional. Esta aventura intelectual y patriótica lo llevó a abordar un sinnúmero de ámbitos. Por la naturaleza de sus enfoques, se le puede considerar el “primer interpretador de Chile”.

El ámbito más importante de su quehacer intelectual, sin duda, fue el etnográfico. Todo converge en éste y, a su vez, éste da sustento a su nacionalismo. Su tesis racial sobre el origen del pueblo chileno –inspirada por Darwin– la expone en su acabado ensayo “Raza Chilena”, publicado en 1904.

Nicolás Palacios ha recibido muchísimas críticas por su racismo. Analizar si éste tiene o no sustento, no es el fin de este artículo. Sin embargo, corresponde decir algo sobre dichas críticas. Los personajes históricos no pueden ser sacados del contexto en que vivieron. Hasta la II Guerra Mundial, todo o casi todo el mundo occidental era racista, pero el término “racismo” no tenía la connotación negativa de hoy. No fue por casualidad: las ideas de Darwin ya no eran sólo científicas, ni se limitaban a la academia y reuniones sociales británicas. Spencer y Huxley las propagaron y las llevaron a la política. Lapouge, Gobineau, Ribot, Le Bon y otros, las perfeccionaron.

Estas corrientes de pensamiento llegaron a Chile. Ejemplos como el de Palacios hay muchos: en 1939, el ministro de Salud Salvador Allende Gossens propone crear los “Tribunales de Esterilización” pues, según él, se debía esterilizar, entre otros, a alcohólicos y depresivos; el presidente Pedro Aguirre Cerda trata a Hitler de “amigo” en una carta fechada en 1940. Todo esto refleja que las críticas al doctor Palacios han sido tendenciosas y no imparciales.

Lo importante de la obra de Palacios es su mensaje de patriotismo, generosidad y valentía. Él no firma su ensayo, simplemente escribe “libro escrito por un chileno para los chilenos”. La edición póstuma de 1918 lleva su nombre. La mencionada trilogía de virtudes lo lleva a conocer como nadie la realidad nacional, y desde los más variados ámbitos. Por ello, su mensaje y sus comentarios no han perdido ni sentido, ni vigencia.

El desarrollo industrial del país fue una de sus preocupaciones. El libre cambio propagado desde los países desarrollados siempre lo vio con escepticismo. Su argumento era simple: estos países proponen la competencia industrial porque ellos ya alcanzaron el desarrollo, saben que ganarán. Palacios constató esto en sus viajes, vio cómo aquellos países protegían su industria –hoy también lo hacen–. El Estado compraba maquinarias, repuestos y herramientas en el exterior, pese a no haber ninguna ventaja frente a la producción nacional. En aquellos años, en Chile se fabricaba prácticamente de todo. Era la época en que la maestranza Hodgkinson producía automóviles en su planta de Graneros y se exportaban ferrocarriles a varios países de la región.

Criticaba Palacios la falta de protección a la economía nacional, que se podía ver en todos los ámbitos, por ejemplo, las empresas de cabotaje chilenas pagaban impuestos, mientras que las extranjeras recibían subvenciones. Lo mismo sucedía con la entrega de tierras; los colonos chilenos quedaban a su suerte, mientras que los extranjeros contaban con ayuda estatal. Lo que él pedía no era proteccionismo mal entendido, simplemente, una competencia limpia y que el Estado no fuera un enemigo de sus ciudadanos, a quienes debía cuidar.

Prueba de su pensamiento económico lo son sus lamentos sobre la falta de cultura económica del pueblo y la visión de que la propiedad privada y el trabajo son los verdaderos motores del progreso material de los países. Admiraba a los Estados Unidos por su progreso sobre estos principios, que permitían el surgimiento del self made man. El doctor Palacios ponía como ejemplo a Andrew Carnegie, aquel niño pobre que estaba para los mandados del magnate Thomas Scott y que se convertiría en industrial del acero y el segundo hombre más rico de los tiempos modernos.

El ámbito más reconocido del doctor Palacios es, sin duda, su preocupación por las condiciones de vida del “roto chileno”, a quien llama el “gran huérfano”, pues, no ve una real preocupación por él de parte de la clase gobernante. Su defensa del derecho de los connacionales a colonizar las tierras y disponer de más beneficios de la industria del nitrato lo hacen destacarse; es odiado y admirado. Termina perdiendo su trabajo como médico en las salitreras.

Su preocupación social la expresa con fuertes críticas a quienes detentan el poder político, económico y social, con mucha rabia, pero sin odio. Nunca plantea ni insinúa algo contrario a un trabajo mancomunado de gobernantes y gobernados en pos de la grandeza nacional. Rechaza de plano la nefasta lucha de clases del marxismo, que tanto daño ha causado a Chile y el mundo (por ejemplo, su relato de la matanza de la Escuela Santa María fija los muertos en 195 y no en miles, desligándose valientemente de la manipulación de este cobarde hecho). Él fue testigo presencial de esta matanza, contó personalmente los muertos y ayudó a muchos heridos.

En el ámbito político, se lamenta del alejamiento del “Estado en forma portaleano”. Rechaza el parlamentarismo reinante por ser ineficaz y lleno de vicios. Las ideas de Portales de gobernantes modelo de virtudes y patriotismo le apasionan, al igual que un Estado austero, eficiente y con un Ejecutivo fuerte. Lamentablemente, esta lección no ha sido aprendida; la historia nos demuestra, una y otra vez, que los gobiernos que se alejan de estas premisas terminan siendo mediocres. Vale la pena tenerlo presente en momentos de “cambios constitucionales”.

También el Dr. Palacios aboga por la familia y el matrimonio como base de ésta. Lamenta que las malas condiciones de vida hagan emigrar a tantos hombres jóvenes porque esto se traduce en familias que no se forman o que se rompen. La pobreza pasa así a ser una constante, originando males como niños sin arraigo, deserción escolar, abortos, delincuencia y vicios. Denuncia el alcoholismo estimulado por la gran cantidad de taberneros extranjeros. Algo así como lo que sucede hoy con la droga.

Propone con ahínco una verdadera educación para mejorar las condiciones de vida del ciudadano común y sus familias. Junto con una adecuada formación económica, postula una mejor educación técnica; los puestos de trabajo para técnicos se llenan sostenidamente con extranjeros por falta de chilenos preparados. Según Palacios, esto se soluciona con más becas para estudios técnicos. ¡Nótese, becas! La meritocracia es fundamental en su pensamiento y el populismo no tiene cabida.

Su llamado a conocer Chile y su patriotismo son lo fundamental. Sólo el conocimiento del país permite saber qué debemos hacer y de qué somos capaces; el patriotismo permite dar lo mejor de sí. ¿Acaso alguien duda de que fueron estos conceptos los que llevaron a Palacios a sus ideas? ¿Alguien puede dudar de que no estén vigentes?

En tiempos de múltiples debates, tal vez lo más representativo de sus ideales sea su clamoroso pedido: “¡Dennos escuelas. Instruyamos al pueblo!”.

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