Estamos en Chile Hermógenes Pérez de Arce

Estamos en Chile

Por Hermógenes Pérez de Arce

Cada uno tendrá su opinión sobre el caso de Pablo Wagner y yo tengo la mía.

Primero, sin conocer personalmente a Pablo Wagner creo que es una persona honesta y capaz, porque si no, no habría accedido a los cargos que ha desempeñado con brillo, lo que le valió ser designado subsecretario en un gobierno que pretendía ser “de excelencia” y que si no lo logró fue sólo por culpa de quien lo encabezaba y no de su equipo

Segundo, desde los tiempos del gobierno de Jorge Alessandri entre 1958-64, a la derecha se le hizo difícil conseguir que gente honesta y capaz asumiera altos cargos públicos, debido a que las remuneraciones de éstos eran inferiores a las obtenibles por las mismas personas en el sector privado. Sólo los que tenían fortuna y deseaban figurar podían ser ministros. En los años de ese gobierno se decía que los empresarios más poderosos aportaban algo para suplementar los sueldos de los ministros y altos funcionarios que habían debido renunciar a cargos mucho mejor pagados en el sector privado que los que desempeñaban en el sector público. “Se decía”, pero no me consta. Lo creo, pero no puedo probarlo.

En ello no había asomo de soborno ni nada parecido. Era la convicción de los grandes empresarios de que se debía hacer un aporte para que los más honestos y capaces trabajaran en el gobierno y no abusaran de sus cargos para enriquecerse, como sucedía en anteriores gobiernos de izquierda.

Tercero, recuerdo una memorable entrevista a don Patricio Aylwin en “El Mercurio”, cuando estalló el caso de los “sobres con billetes”, donde él paladinamente confesó que sus ministros y subsecretarios entre 1990-94 le decían que “el sueldo no les alcanzaba” y que podía ser suplementado con “gastos reservados” de la Presidencia y los ministerios. Y así se hizo. “Fue una corruptela”, reconoció don Patricio al mismo “El Mercurio”.

Y la “corruptela” siguió hasta que “los pillaron” dos gobiernos después, bajo Lagos. Entonces el benévolo Pablo Longueira, en un gesto de hidalguía (hubo otro: inscripción de listas DC) que jamás fue correspondido, accedió a amnistiar a las legiones de trasgresores y a aumentarles sus sueldos con el equivalente a los “sobres con billetes”. Y se dictó una ley al efecto. Un feligrés de las columnas que yo escribía entonces adaptó un refrán a la situación: “Hecha la trampa, hecha la ley”.

Entonces, el caso Wagner no es nuevo. Al contrario. Bajo Bachelet I el severo Osvaldo Andrade suplementaba su sueldo de ministro (ya suplementado gracias a Longueira) con honorarios que le pagaba Gendarmería (donde trabajaba y trabaja su cónyuge) por “monitorear” un contrato que, lástima, había dejado de regir.

Cuarto, Juan Carlos Délano no tenía la menor necesidad de “comprar” alguna influencia dentro del gobierno de Sebastián Piñera, porque es, si no su mejor amigo, uno de los mejores. Ni menos en la subsecretaría de Minería, siendo que el núcleo de sus negocios está en el sector financiero. A Délano le bastaba, para cualquier cosa, tomar el teléfono y hablar con el Presidente. Simplemente no necesitaba de nadie, ni menos de un subsecretario, para tener acceso al poder.

Quinto, lo que yo creo que sucedió en el caso de Wagner fue otra cosa: Piñera, en busca de un buen equipo, le “pidió” Wagner a Délano. Pero Wagner les replicó que con el sueldo de ministro “no le alcanzaba”. Entonces Piñera y/o Délano, o ambos, resolvieron que una empresa de este último le hiciera un favor al gobierno y “le suplementara” el sueldo, ya que los “sobres con billetes” de gastos reservados se habían hecho un expediente muy riesgoso. Por supuesto, Piñera igual les exigió a todos sus subsecretarios una declaración firmada de que no podían recibir ningún suplemento, porque de lo que se trataba (en realidad, fue de lo que se trató todo su gobierno) era de asegurarse de quedar fuera de todo riesgo y bien él.

Ésa es mi versión del asunto. Pero “estamos en Chile”, donde lo que importa no es lo que se hace, sino que a uno no lo pillen. Y si lo pillan, “sacarse el pillo”, como, por ejemplo, logró hacerlo el mismo Sebastián Piñera cuando lo pillaron comprando acciones de LAN con información privilegiada y pagó calladito su multa y después fue elegido, impoluto, Presidente de la República. Y cuando el entonces diputado y actual ministro de Defensa Jorge Burgos quiso revivir el caso y obtener el apoyo de la mayoría de la comisión investigadora de la Cámara para pedir la grabación del llamado que ordenó la compra de las acciones con información privilegiada, la mayoría concertacionista, inexplicablemente (o explicablemente)  “se dio vuelta la chaqueta” y se opuso a pedir tal grabación, dejando a Burgos con un palmo de narices. Y por eso cuando Piñera vió a Burgos sentado en el avión presidencial que iba a partir en su gira a Corea del Sur se sorprendió y lo encaró, preguntándole: “¿Usted merece estar sentado ahí?” Burgos no supo qué contestar.

“Estamos en Chile”, donde “todos nos conocemos” y “una mano lava la otra y las dos lavan la cara”. Entonces, lo que necesita la UDI ahora es un “Longueira de la Concertación” que la ayude a salir del atolladero.

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