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Están locos estos Polacos

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No estoy tan familiarizado con la política polaca como para aventurar si el triunfo del partido Ley y Justicia (PiS) en las recientes elecciones puede ser una bendición o un desastre. Pero basta estar acostumbrado a analizar los titulares de prensa para detectar un alarmante juicio apriorístico: “Polonia, nuevo desafío europeo”, “Un grave revés para el proyecto europeo”, “La victoria de la ultraderecha en Polonia alarma a Europa” (una etiqueta que lo mismo engloba Bruselas que Villanueva del Pardillo). Las palabras “xenofobia”, “nacionalismo” y “católico” espolvorean los comentarios inquietantes.

Estos analistas no acaban de entender cómo los polacos han vuelto la espalda a la derecha liberal de Plataforma Cívica, en el gobierno desde hace ocho años, que ha conseguido que Polonia evite la recesión durante estos años de crisis en Europa y que crezca a un ritmo del 3,2% este año. La tecnocracia europea está dispuesta a aceptar en los países del ex bloque soviético a partidos que, a cambio de recibir los fondos de la UE, hagan suyas las doctrinas económicas liberales, la ortodoxia presupuestaria, la lucha contra el cambio climático,  y las ocurrencias del Parlamento europeo sobre ideología de género. Pero no sabe qué hacer cuando ganan los que creen que la economía no lo es todo, y más si se trata de un partido como el PiS, tradicional en temas de familia y religión, orgulloso de la identidad nacional y atento a los más desfavorecidos en sus promesas económicas y sociales.

Les deja tan perplejos que lo que en otros serían virtudes se transforman de repente en vicios. Por ejemplo, la lucha contra la desigualdad. Un reproche generalizado de la izquierda en Europa es que con la crisis se ha acentuado la desigualdad. El PiS también lo cree, pues su campaña se ha centrado en el mal reparto de la riqueza creada durante estos años de crecimiento, por lo que propone medidas como el fin de los contratos basura, prestaciones sociales para jóvenes desfavorecidos, atención médica gratuita para mayores de 75 años, beneficios impositivos a los pequeños negocios… ¿No son medidas progresistas? ¡No! En este caso son “populistas”, porque es un partido de derechas.

El PiS se ha beneficiado también del descrédito de sus adversarios de Plataforma Cívica, que para muchos ciudadanos representaban una clase política distante y  bien instalada, entre la que han menudeado en los últimos años los escándalos y casos de corrupción. Pero esto no parecía haber preocupado mucho a esa Bruselas en la que ahora, en cambio, se disparan las alarmas.

También se acusa al PiS de “nacionalista” y “euroescéptico” por promover la creación de empresas que sean  “campeones nacionales” en la economía polaca. Pero habría que ver qué dirían en Francia si –como sucede en Polonia– todos los grandes bancos del país, excepto uno, fueran extranjeros y la inmensa mayoría de los periódicos locales estuvieran en manos alemanas.

En cualquier caso, debe haber muchos más euroescépticos en el Reino Unido que en Polonia, pues el partido de Jaroslaw Kaczynski no propone hacer un referéndum sobre la permanencia de su país en la UE.

También coincide con los británicos en que no quiere entrar en el euro. ¿Grave pecado de antieuropeísmo? Pero, hasta el momento, para la moneda europea han sido más peligrosos los que han entrado sin estar preparados, como Grecia, que los que no se han decidido a dar ese paso.

En otros capítulos, lo que se reprocha al PiS tropieza con la realidad. Se ha dicho que con su preocupación por la familia solo considera a las mujeres como madres. Pero luego presenta como candidata a primer ministro a una mujer, Beata Szydlo, una etnóloga de 52 años, que en pocos meses ha ganado popularidad. Pero no por ello deja de ser “una mujer conservadora”, ¡si hasta tiene un hijo seminarista!

Y es que si algo no se les perdona a los políticos del PiS es que no se avergüencen de la identidad católica de Polonia, frente al laicismo como denominador común europeo. En este aspecto, la Plataforma Cívica era mucho más tratable. En su búsqueda desesperada de votos, llegó incluso a aprobar a última hora  leyes sobre cambio de sexo y reproducción asistida a cargo del erario público. Pero parece que esto vende más en Bruselas que en Varsovia. Para mayor herejía, el PiS está “obsesionado” con poner coto a la ley del aborto, cuya legalización ha dado lugar a tan obstinadas y persistentes maniobras en el Parlamento europeo.

Lo llamativo es que, si bien muchos medios de prensa dan una visión del PiS como partido tradicional y regresivo, las encuestas dicen que ha sido el partido más votado también entre los jóvenes de 18 a 25 años. Los jóvenes están por el cambio, pero resulta que en Polonia el cambio es de signo conservador.

¿Qué podemos hacer con estos polacos? Por lo menos hay que llamarlos “ultraderecha”, lo cual dispensa de todo análisis de sus ideas. Con este expediente fácil, resulta que el 40% de los votantes polacos son unos extremistas.

No vendría mal que los crispados analistas fueran un poco “euroescépticos” de sus propios clichés, para intentar comprender el cambio que viene de Polonia y que les ha pillado tan desprevenidos.

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