Estupidez sin Fronteras Hermógenes Pérez de Arce

Estupidez sin Fronteras

 

 
          Érase un país en que funcionaba muy bien el mercado del papel tissue. Los que querían comprar confort, servilletas, pañuelos y toda la línea de productos tissue podían hacerlo en la más amplia variedad y a diversos precios, desde los más finos hasta los más baratos que se venden por metro en los persas. Y los que querían importarlo o producirlo también podían hacerlo, tanto que un pequeño empresario que tiene una máquina para cuarenta toneladas anuales declaró estar comprando otra para producir el doble, gracias a lo bien que le está yendo.
 
          Entonces el Estado supo que hace diez o quince años un productor mediano de tissue había recurrido al principal oferente diciéndole que estaba incurriendo en pérdidas y al borde de la ruina, porque no podía sostener una guerra de precios contra él, y que quebraría salvo que se pusieran de acuerdo en un nivel de sustentación. El mayor productor accedió, no deseando liquidar a la empresa menor ni causar un perjuicio a sus dueños, y llegaron a un acuerdo civilizado. Pero como la ley decía que ese acuerdo era un delito penado con cárcel, lo hicieron discretamente. El gobierno de la época, pese a ser socialista (Lagos), comprendió que encarcelar a los que llegaran a acuerdos que mantuvieran los mercados libres y funcionando sin guerras de precios ni depredaciones de los mayores oferentes a expensas de los menores, era un error y derogó la pena de cárcel, dejando la sanción por ponerse de acuerdo en una mera multa.
 
          Naturalmente, cuando el Estado supo de la colusión, inmediatamente actuó e hizo lo que mejor sabe hacer el Estado, que es crear problemas donde no los hay. Por algo Reagan dijo que el Estado “ES el problema”. Y los medios de comunicación, sabedores de que la estupidez “vende”, armaron entonces el correspondiente “escándalo de la colusión”. Los que habían llegado a un acuerdo civilizado fueron crucificados en la plaza pública por la prensa, pese a que nadie nunca había reclamado por sufrir algún perjuicio o abuso en ese mercado, porque todos compraban y vendían contentos en un medio libre y abierto a las importaciones y la competencia. Entonces también se despertaron todos los apetitos de quienes siempre están dispuestos a “hacer leña del árbol caído” y hasta un alcalde se querelló, cobrando de vuelta por un supuesto sobreprecio, por el papel tissue que su municipio había comprado durante muchos años. Y la sociedad entera reclamó por la reposición de la pena de cárcel a quienes se coludieran, de modo que el Gobierno y los parlamentarios presentaron mensajes y mociones de ley al efecto.
 
          O sea, donde todo estaba bien, todo pasó a estar mal. En los “juicios por los diarios” se emitió sentencia condenatoria y la consigna “colusión” pasó a ser un sambenito con el que deben cargar ahora de por vida personas que tenían el más merecido prestigio por su hombría de bien y capacidad empresarial.
 
          Lo peor es que la estupidez humana no reconoce fronteras, así es que cuando en el Perú y en Colombia leyeron que en Chile se había desatado el “escándalo del papel tissue”, producto que en ambos países venden sucursales de las empresas chilenas del ramo, se lanzaron también contra ellas. Intentaron hacerlo en Brasil, pero en ese país gigante impera más el sentido común y se negaron a coparticipar de la cacería de brujas, asegurando que allá andaba “tudo bem” y “ótimo”, y han dejado a las empresas tranquilas.
 
          Dicen que Einstein declaró una vez que había dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, pero que sólo estaba seguro respecto de la segunda.
 
          De modo que en Chile ahora tenemos para años con el “escándalo de la colusión” y los correspondientes juicios, que han causado daños multimillonarios, superando los mil millones de dólares sólo por concepto de pérdida de valor bursátil de la Papelera. Pero como el mercado del papel tissue funcionaba y funciona bien y era y es libre y abierto, que es lo único que debería socialmente importar, todo después va a continuar igual, tras haber pagado el enorme costo de los daños infligidos por el Estado y las ganancias de dudosa moralidad que van a obtener abogados y clientes dedicados a explotar la brecha negativa abierta por una mala ley, que castiga conductas perfectamente razonables.
 
          ¿O alguien cree que los “escándalos de las farmacias” o “de los pollos”, han alterado en lo más mínimo las conductas en esos mercados, que siguen funcionando muy bien, es decir, igual que antes de ludibrio público, con la única diferencia de que los acuerdos razonables ahora son tácitos y los dueños de Ahumada, Cruz Verde y Salcobrand; y los polleros Vial, Ariztía y Covarrubias ahora miran para otro lado cuando ven venir al otro, para que un fiscal de “la libre competencia” no se vaya a querellar de nuevo contra ellos por haberlos pillado guiñándose mutuamente un ojo?
 
          El otro día en mi casa se produjo una grave emergencia en un abastecimiento que no voy a detallar por temor a que intervenga el Estado y eche todo a perder. Era sábado a las ocho de la noche y no hallábamos a quién recurrir. Entonces un hijo mío abrió Google y encontró alguien que decía estar listo para remediar la emergencia. Lo llamamos y anunció que llegaría en 45 minutos, tiempo al cabo del cual se presentó un joven petimetre en un auto deportivo descapotable y dijo que podía solucionar el problema a cambio de 80 mil pesos, lo cual aceptamos. Entonces se fue a comprar repuestos y materiales y antes de una hora había solucionado la emergencia a satisfacción nuestra y, después de recibido el pago, también suya.
 
El mercado libre siempre tiene la solución. Por ahora Google no ha sido intervenido en Chile por el Estado, aunque seguramente a algún diputado o diputada comunista se le va a ocurrir hacerlo y el Gobierno de Bachelet lo va a intervenir, porque los que crean que no lo va a hacer “no me conocen” y entonces vamos a perder otro espacio de libertad y eficiencia. Y el “escándalo de Google”, que “funciona al margen de toda regulación” se va a extender pronto más allá de las fronteras, porque es sabido que la estupidez humana no las reconoce.
 
          Hasta entonces.

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