Feminismo, mentiras y barbarie Actualidad

Feminismo, mentiras y barbarie

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Aniquilar el cristianismo, como pretende, execrar nuestra herencia y nuestra tradición, conducirá a una deshumanización de la que la primera víctima serán las mujeres.

 

La dogmática progresista lleva no menos de doscientos años buscando en las sociedades pre cristianas o no cristianas un mundo mejor, en el que estuviera presente todo aquello que faculta la plena realización humana. Sociedades más justas, menos represivas, más alegres, más cultas. Para ello no ha dudado en bucear en lo más remoto, tanto en el espacio como en el tiempo. La utopía ilustrada de la sociedad perfecta antes de la existencia de la propiedad, la de la edad de oro, la de las sociedades matriarcales, la de las sociedades preindustriales…

El discurso feminista –y, por ende, el que empapa la ideología de género- acusa al cristianismo de haber aniquilado un mundo pagano que caminaba hacia la felicidad, ajeno a todo complejo de culpa (inevitable herencia judeo-cristiana) y en el que la igualdad entre los hombres y las mujeres estaba servida a través de una comprensión de la existencia como fuente de placer.

El ejemplo más acabado de este discurso nos lo proporciona Margaret Mead, pionera del término y concepto de género. Mead publicó a fines de los años veinte Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928), una obra destinada a impactar fuertemente la sociedad y la cultura de su tiempo; en ella destacaba cómo la etapa adolescente se vivía sin traumas de ningún tipo y de un modo gradual en la sociedad samoana, en lugar de ser una edad marcada por la angustia existencial y los problemas de identidad, como ocurría en el mundo occidental. La razón: las mujeres samoanas retrasaban la edad en la que contraían matrimonio para mantener relaciones sexuales informales y esporádicas de forma continua y sin compromisos. Evidentemente, tal cosa no era posible en la vieja civilización cristiana, básicamente represiva, de ahí la diferencia entre la adolescencia de unos y otros.

La obra de Mead fue aceptada de modo jubiloso por el mundo académico, al menos hasta que en 1983 Derek Freeman publicó Margaret Mead y Samoa: la construcción y destrucción de un mito antropológico. En ese trabajo Freeman desmontaba la obra de Mead, considerándola una completa patraña; la norteamericana apenas había pasado nueve meses en Samoa y ni siquiera hablaba el idioma de los nativos.

La sociedad samoana era notoriamente represiva, rendía culto a la virginidad y profesaba una religión de la que eran casi fanáticamente devotos

Freeman, por su parte, estudió el caso de Samoa durante más de cuarenta años, y dominaba perfectamente el idioma. En realidad, en lugar de tratarse de una sociedad en la que los adolescentes practicaban sin cortapisas el amor libre bajo las palmeras, y en la que la satisfacción del placer no dejaba espacio para los dioses, la sociedad samoana era notoriamente represiva, rendía culto a la virginidad y profesaba una religión de la que eran casi fanáticamente devotos.

Todo lo que el enfurruñado establishment pudo hacer fue tratar de descalificar la obra de Freeman porque “había esperado cinco años a que muriese Mead para publicar sus conclusiones, que ya no podían ser contestadas”.

Los cristianos son nuestra desgracia

Lo esencial de la obra de Mead es que sirvió para sentar las bases de un discurso feminista “científico”. De acuerdo a este discurso, el triunfo del cristianismo vino a representar una desgracia para la historia de la humanidad que, de otro modo, hubiera avanzado muchos más lejos por la senda del conocimiento, lejos de la represión impuesta por el cristianismo en todos los órdenes. Un mundo pansexualista, que aceptaba la homosexualidad con naturalidad, en el que el divorcio –consecuencia de la proverbial libertad pre-cristiana- era moneda corriente, y en el que la mujer disfrutaba de los mismos derechos que el hombre y no se avergonzaba de su sexualidad.

Así, pues, cuando el cristianismo fue proclamado religión oficial en Roma, a fines del siglo IV (380 edicto de Tesalónica, decretado por el hispano Teodosio) terminó con esa era de felicidad y libertad, que fue sustituida por una de represión y oscurantismo.

El problema de ese relato es que es falso de cabo a rabo. ¿Tiene razones el feminismo para añorar la situación de la mujer en la era anterior al cristianismo? 

Pues más bien no. En primer lugar, porque la mujer gozaba de muchos menos derechos que el varón: si alguna sociedad merece ser llamada “heteropatriarcal”, esa es la sociedad romana, en la que esa magna construcción civilizatoria –que lo es-, el derecho romano, estaba concebida para el varón libre, no para la mujer, ni para el esclavo, ni para el niño.

El número de mujeres en la Roma pagana era notablemente inferior al de hombres en todo el ámbito del imperio, en torno a un 35% inferior

Digamos, para empezar, que el número de mujeres en la Roma pagana era notablemente inferior al de hombres en todo el ámbito del imperio. Para la península italiana, puede calcularse en torno a un 35% inferior; las niñas eran eliminadas al nacer. Se estima que solo en torno al 1% de las familias tenía más de una hija. ¿La razón?

En la sociedad romana pagana, era práctica común el infanticidio, que tenía un carácter selectivo: las niñas eran ahogadas al nacer, tal y como recomendaban algunos de los espíritus más elevados del imperio, cual es el caso del estoico Séneca. Las que sobrevivían eran casadas en torno a los doce o catorce años, por supuesto sin su consentimiento – en todo caso, el amor conyugal era algo inexistente- y por acuerdo entre las familias, aunque no era raro que contrajesen nupcias con anterioridad a esa edad (incluso con nueve años).

En Roma, el matrimonio tenía poco que ver con lo que comúnmente entendemos por tal. Era un contrato de carácter puramente privado, por lo que su huella pública era difícil de rastrear. Así que con el divorcio sucedía lo mismo; bastaba con que la mujer abandonase el domicilio, o con que el hombre la expulsase, para que el divorcio tuviese efecto. En cualquier caso, se tratase de una relación regulada en una forma más o menos matrimonial o de un modo más informal, un romano entendía, sin cuestionarla, la monogamia como una exigencia.

Si la mujer quería visitar a sus amigas podía hacerlo, pero había de ir acompañada por alguien de confianza del marido

El divorcio era ciertamente posible por las dos partes, pero el marido se quedaba con los hijos en todos los casos y la mujer perdía sus derechos al respecto. La mujer constituía parte del patrimonio personal del hombre, como los hijos y los esclavos, y era considerada como un menor de edad; si la mujer quería visitar a sus amigas podía hacerlo, pero había de ir acompañada por alguien de confianza del marido.

Ciertamente el adulterio no estaba mal visto, ya que cuando una mujer era infiel a su marido este quedaba a salvo de la vergüenza, puesto que la condición femenina de la esposa le privaba del discernimiento propio de un ser humano. No se trataba, al fin y al cabo, más que de una mujer. Era frecuente la denuncia del comportamiento de la propia mujer: Augusto promulgó un edicto en el que relataba las aventuras sexuales de su hija Julia, y Nerón hizo lo propio con las de su adúltera esposa Octavia.

La función básica de las mujeres consistía en tener hijos y hacer que la casa funcionase de modo armónico o al menos no estorbase al funcionamiento general de la sociedad. El basamento del matrimonio era la procreación, como enseñaba Musonio; los anticonceptivos no existían o se utilizaban de modo muy marginal.

¿De modo que las mujeres, en la venturosa Roma pagana, no buscaban con el ahínco de los hombres el goce sexual sin término, como nos muestran una cinematografía y una literatura que se han hartado de recrear dicha imagen durante largas décadas?

 

Cuadro que representa un baño pompeyano / Wikimedia

La verdad es que la sociedad romana estaba muy lejos de ser ese paraíso de libertad sexual ajeno a los complejos de culpa cristianos. Si tal es hoy la imagen de la Antigüedad romana, se ha debido a que lo que primero nos ha llegó fueron los relatos de las depravadas costumbres de algunos emperadores y su corte –no pocas veces exageradas por sus enemigos personales o políticos- y los grafitos hallados en prostíbulos; una muestra, digamos, algo sesgada.

Asombra a no pocos saber que, entre los romanos de a pie, los maridos y las mujeres mantenían sus relaciones sexuales en la más completa oscuridad, y adquiría fama de libertino aquél que aprovechase la luz de la luna para observar el incierto cuerpo desnudo de su amante. Incluso las prostitutas vestían sus sujetadores mientras cumplían su parte del trato.

Poder y masculinidad

En la Antigüedad, la relación entre poder y masculinidad era obvia. Se permitían las relaciones sexuales entre el amo y el esclavo, incluso las homosexuales, siempre y cuando ambos observasen la correcta posición activo-pasivo en su comercio carnal. En ocasiones, se recomendaba el mantenimiento de este tipo de relaciones como salida a la necesidad sexual, ya que los romanos sostenían que implicaban un nivel de entrega emocional menor que el que exigían las mujeres.

El marido tenía derecho a disponer de la vida del amante de su mujer sólo si este era un sinvergüenza reconocido

El adulterio, durante la época imperial, se convirtió en delito (según Epicteto, el adulterio era un robo). De modo que el padre podía matar a la hija a la que hallase manteniendo relaciones sexuales con un varón –el lesbianismo apenas existía-; sólo en el caso de que matase primero a su hija también podía matar al amante. El marido tenía derecho a disponer de la vida del amante de su mujer sólo si este era un sinvergüenza reconocido; y podía divorciarse de su esposa si la denunciaba en los siguientes 60 días a la comisión del delito. Incluso si el marido no denunciaba a su esposa por conducta adúltera, podía encontrarse con que era denunciado por alguien por no haber puesto fin a una conducta inmoral. En todo caso, la esposa adúltera no podía volver a casarse.

Desde Augusto, los casados disfrutaban de numerosas ventajas y los solteros eran castigados de diversas formas, en ocasiones ralentizando su carrera en la administración o, por ejemplo, entregando la mitad de toda herencia que le correspondiera. Las viudas y las divorciadas eran también penalizadas si no se casaban en dos años. El matrimonio era una exigencia social que, siempre, se erigió sobre la convicción monógama, imprescindible para asegurar la permanencia de lo que para el feminismo es el poder patriarcal.

Un feminismo que ha falseado la historia, la sociología y la filosofía sin ningún pudor  –literalmente, como en su día hizo Margaret Mead-. Un feminismo al que acaso conviniese recordar que no es casual que sea el mundo occidental la única porción del planeta donde a la mujer se le reconoce idéntica dignidad que al varón; un Occidente que es cristianismo o es parodia.

Si no fuera el odio la fuerza esencial que mueve al feminismo, le bastaría con saber que allá donde la civilización se asienta en otras premisas que en las del cristianismo, lo que triunfa no es más que un modo u otro de barbarie.

Aniquilar el cristianismo, como pretende, execrar nuestra herencia y nuestra tradición, conducirá –ya lo está haciendo- a una deshumanización de la que la primera víctima serán las mujeres.

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