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La candidez del delfín

Voxpress.cl

Ahora, ya con toda propiedad, puede concluirse que jamás existió esa mal llamada transición del Ejército con el simbólico perdón pedido por su entonces Comandante en Jefe, Juan Emilio Cheyre.

Cuando pronunció su famoso “Nunca más” y pidió perdón a nombre del Ejército, él de partida, y varios sectores de la vida nacional creyeron que el divorcio de una porción de la civilidad con las Fuerzas Armadas se había revertido.

El hecho que el implacable e inagotable juez Mario Carroza lo haya enviado a prisión preventiva a una unidad militar por ser “cómplice” de violaciones a los dd.hh. en un regimiento de La Serena significa, ni más ni menos, que Cheyre se equivocó  medio a medio al aceptar las presiones del poder político para descomprimir las malas relaciones de los uniformados con la izquierda

Si en su momento, su gesto resultó ser una sorpresa para los uniformados y una sensación de alivio para la aún inquieta clase gobernante de entonces, ahora hay que interpretarlo como un fracaso. Fue un error de cálculo  político que, a través suyo, se intentase bajar la temperatura en la convivencia nacional, con la remota esperanza de dar vuelta la página.

En el instante en que Cheyre pidió perdón a nombre de su institución no fueron pocos los que le enrostraron su error. Al involucrar en su gesto a todos,  involucró gratuitamente a millares de oficiales y cuadro permanente que no tenían por qué ser representados por él, ya que desde 1973 a 1990 no formaban parte del Ejército. Ello le valió crearse un mal ambiente en las filas y perder el respeto de sus subalternos que le reconocían sus virtudes profesionales, al punto de ganarse el apodo de “Juan soldado”. Lo consideraban un “soldadazo” y esa distinción la perdió de un plumazo.

Luego, convencido o interesado, leyó mal la historia reciente que acababa de vivir, la que estaba viviendo y la que proyectaba vivir. Cuando el 2002 le correspondió el reemplazo de su antecesor, Ricardo Izurieta  –ya fallecido–, en el mundo castrense no hubo dudas de que el nombramiento recaería en él porque siempre fue considerado el delfín de Augusto Pinochet, un oficial muy cercano y de toda confianza, al cual le había prometido una gran carrera. Además, un segmento dominante de la clase política vio en él una bisagra, algo obsecuente y con ideas social cristianas por ser hijo de un antiguo general –Emilio Cheyre– con afinidad con la DC.

El “veranito de San Juan” lo vivió exclusivamente él tras su solicitud de perdón institucional, porque de ahí en adelante el Ejército fue puesto de rodillas, se acentuaron las denuncias en contra de funcionarios en retiro y activos y creció infinitamente el desfile de militares por los tribunales. El “nunca más” le resultó de tremenda utilidad a las organizaciones de dd.hh. que interpretaron ese gesto suyo como un reconocimiento tácito de  culpabilidad institucional y, por ende, debían multiplicarse las indagaciones y las persecuciones, cosa que no cesa hasta la fecha.

En tanto, el misericordioso ex >Comandante en Jefe, ya redimido, gozaba del respeto del ámbito académico y político. Le ofrecieron  –y aceptó— trabajos bien remunerados en universidades, medios de comunicación y hasta fue designado presidente del Consejo del SERVEL. Se transformó en un conferencista top sobre temas internacionales y llegó al comité asesor del agente ante la CIJ de La Haya.

Pero su redención tenía plazo: la implacabilidad de entidades de ultra izquierda financiadas desde el extranjero terminó por llevarlo a tribunales y tras meses de investigaciones del magistrado Carroza, fue detenido y enviado a una prisión militar.

De acuerdo al pronóstico de abogados expertos en dd.hh., la pena que le correspondería podría pagarla en libertad, suerte que no han corrido centenares de camaradas suyos por los cuales pidió perdón y que esperan morir en la cárcel. El episodio Cheyre ratifica de modo rotundo que la mal llamada transición no existió y revela a las claras que aquel gesto del arrepentimiento no fue natural ni espontáneo, sino impuesto, y que resultó de utilidad sólo a él y a la izquierda extrema, la misma que generó el “Once”.

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