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La climática Steinem, el feminismo y los sombreros Actualidad

La climática Steinem, el feminismo y los sombreros

VivaChile.org Candela Sande

 

El problema es el Cambio Climático, y la solución es el aborto. “Si no hubiéramos estado obligando sistemáticamente a las mujeres a tener hijos que no quieren durante los 500 años de patriarcado, no tendríamos los problemas climáticos que tenemos”. Cae por su peso.

Y añado yo: si fusilamos a todos los ciegos, habremos estirpado la ceguera de la faz de la tierra. ¿Empiezan a ver la falacia?

Y antes de que el lector considere disparatada mi analogía, permítame recordarle que, de hecho, se ha usado.

Ha no mucho se anunciaba a bombo y platillo que el Síndrome de Down había desaparecido virtualmente de Islandia. No, no es que hubieran descubierto un mágico elíxir capaz de alterar el ADN del sujeto: sencillamente, matan a los afectados por esta condición antes de que nazcan.

Detrás de cada problema hay un hombre, decía Stalin; acaba con el hombre y habrás acabado con el problema. Y si en vez de uno son varios millones, bueno, no se puede hacer una tortilla sin romper unos cuantos huevos.

Hace ya algunos años, Stephen Dubner escribió un popular libro, ‘Freakonomics’, en el que entre otras muchísimas cosas argumentaba que el fuerte descenso de la delincuencia en Estados Unidos se debía a la universalización del aborto.

Como en los sectores más propensos a la delincuencia el aborto es especialmente popular, eso significa que nacen menos individuos propensos al crimen. El determinismo es estremecedor y no poco ofensivo.

A estas alturas, todos sabemos que todo esto es falso. Sabemos que el Dogma del Cambio Climático –que no postula meramente que el clima esté cambiando, ni siquiera que sea culpa de la actividad humana– tiene más agujeros que un Gruyère, y sea o no cierta la ciencia cada vez más disputada que hay detrás, apesta a excusa para controlar aún más nuestras vidas.

Sabemos, también, que si no fuera el cambio climático sería cualquier otra cosa; que si se demostrara sin género de dudas que abortar acelera el cambio climático –lo sé, una tesis tan idiota como la contraria–, ignorarían los resultados y seguirían en lo suyo.

Porque se arrasarán ciudades y dejarán que nos carguen de cadenas antes de cambiar una ‘yod’ en el sacrosanto derecho de las mujeres a matar a sus propios hijos en el vientre.

El feminismo moderno guarda con los intereses de la mujer un hilo tan tenue y evanescente que el ‘colectivo’ más parece rehén que beneficiario. La progresía quiere aborto y lo llama feminismo, como podía llamarlo ‘movimiento gibelino’.

También quiere anegar las poblaciones europeas para acabar con los restos de cultura cristiana, y si eso supone empobrecer a la clase trabajadora y hacer invivibles sus barrios, tanto peor para ellos.

El Cambio Climático es causa de cualquier cosa mala que se le pase por la cabeza y consecuencia de todo hábito, costumbre o actividad que la progresía tenga por indeseable.

En el tiempo que lleva elevado a la categoría de dogma indiscutible, he visto achacarle las consecuencias más peregrinas y los desencadenantes más inverosímiles, desde la discriminación sexual al racismo.

Pero aunque el aborto paliara los efectos del Cambio Climático, señores… No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre.

Y el clima, incluido que se inunde Nueva York –una perspectiva que no todo el mundo lamentaría en igual grado–, es irrelevante para los muertos, incluido los niños muertos.

No somos (aún) una civilización pagana que, como los cartagineses, tenemos que sacrificar a nuestros primogénitos recién nacidos a Moloc para que nos dé prosperidad.

Y si para que la temperatura descienda en 0,6% en sesenta años –ese es el objetivo, tengo entendido– deben las madres seguir matando a sus hijos no nacidos, por mí se puede ir el termómetro a hacer gárgaras.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Actuall, www.actuall.com.

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