La guerra de la pulga Gonzalo Rojas

La guerra de la pulga

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En La Araucanía hay guerra, guerra irregular, guerra de guerrillas.

Hace ya 50 años que Robert Taber publicó "La guerra de la pulga", magnífico resumen sobre el cómo y el porqué de las guerras de insurrección en los terceros mundos, Asia, África y América.

Cuba, Vietnam, Camboya, Laos, África del Norte, Chipre y Filipinas son analizados por Taber en el marco de las tesis de Mao: "El enemigo avanza, nos retiramos; acampa, lo hostigamos; se cansa, lo atacamos; se retira, lo perseguimos".

Pero para llevar a la práctica los consejos de Mao, ¿se debe proceder inicialmente mediante una acción militar? No. El mismo Che Guevara dejó en claro que "existe un mínimo de necesidades que hacen factible el establecimiento y consolidación del primer foco". Y esa necesidad básica, afirmó el Che, es "demostrar claramente ante el pueblo la imposibilidad de mantener la lucha por las reivindicaciones sociales dentro de la contienda cívica". En pocas palabras, solo podría ser posible que a la larga la guerrilla llegase a conquistar La Araucanía si primero hubiese logrado ganar la voluntad popular mediante la acción política.

En efecto, la conquista de la voluntad es el gran objetivo de toda la acción guerrillera. Si hay éxito, después vendrá el dominio del territorio. ¿Y cómo se logra eso? Muy simple y muy dramático: desmoralizando gradualmente a todos los que llevan una vida normal, a todos los que se esfuerzan por hacer de La Araucanía una región próspera; así se logrará que abandonen sus empeños y sus propiedades; así quedará el vacío de voluntad para que se sumen a la insurrección nuevas fuerzas y se conquiste el territorio. Para imponer el régimen indigenista sectario, es imprescindible derrotar primero a la voluntad de las enormes mayorías que quieren convivir en paz.

Taber es rotundo: "Este es el gran objetivo estratégico de la guerrilla: crear el clima de colapso, que debe ser considerado como la clave de todo lo que hace".

En La Araucanía ese clima ha sido sistemáticamente incoado. Hubo una época -diez, quince años atrás, quizás- en que todavía habría sido posible ahogar en el plano policial a la naciente guerrilla, si hubiese habido una determinación rotunda. Pero como eso no se hizo, como el temor a parecer demasiado chilenos infestó a los gobiernos concertacionistas, la eficacia subversiva de la guerrilla fue en aumento, el clima se enrareció más y más, hasta llegar a esta situación de colapso político y mental, la clave de todo lo que la insurgencia busca.

Hoy, por lo tanto, aunque los tribunales puedan hacer su labor y aunque las policías mejoren en eficacia, se corre el riesgo de que lo que en esos planos se logre redunde en lo que la guerrilla sabe explotar tan bien: la transformación del criminal en víctima, la transposición del insurgente en libertador.

Por eso, a la necesaria acción judicial y policial, debe unirse, como fundamento, un trabajo de fortalecimiento de la voluntad regional, un trabajo político, hasta ahora insuficiente. ¿Se está aún a tiempo para realizar esa tarea cívica que impida que el clima de colapso se transforme en pérdida de territorio?

Probablemente sí.

Por eso el Partido Comunista -lector astuto de los acontecimientos porque es actor principal en ellos- insiste ahora en la necesidad de expropiar tierras para entregarlas a los indígenas más rebeldes. Saben en el PC que, frente a los actos de violencia brutal contra personas y propiedades, podría lograrse por fin una reacción de voluntad ciudadana que aísle a los chilenos y extranjeros que promueven la violencia en La Araucanía; que los aísle a ellos también por cierto.

Como siempre, los comunistas ven la gravedad máxima de una situación. 

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