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La tragedia de Venezuela

 

Carlos A. Casanova

 
 
 
Hace un par de días una persona que me es muy cercana me contó que, manejando por Caracas, se detuvo en un semáforo. Notó algo extraño en la acera [vereda] y se fijó: había una mujer con una rata que acababa de matar. La abrió y, acto seguido, le hincó los dientes. Así, cruda. El hambre se ha apoderado de Venezuela. Mi abuelo estuvo en una cárcel de Gómez (el tirano del primer tercio del siglo XX), y allí alguna vez comió ratas hervidas. Pero ahora toda Venezuela es peor que una cárcel de Gómez.
 
Los comunistas, igual que un conquistador extranjero, han llevado a cabo la política de tierra quemada. Stalin mató a diez millones de hambre en Ucrania. Mao a varias decenas de millones en China. Kim Jong-Il a dos millones en Corea del Norte. Lo hacen porque su principal medio es acabar con cualquier actividad que ellos no controlen, y con esto pretenden abolir a Dios de la sociedad, como aparece bien claro en las “Tesis sobre Feuerbach”. Los comunistas venezolanos no son una excepción. Y no podían serlo, entre otras cosas, porque, además de ser totalitarios, son marionetas de auténticos conquistadores extranjeros.
 
La venganza de Estados Unidos contra la Iglesia Católica, Helmut Kohl, Hispanoamérica y el mundo árabe, a causa del fracaso norteamericano en la Conferencia del Cairo, ha dejado millones de muertos y ha destruido el modo de vida de muchos más. Las políticas antinatalistas, de despoblación y de promoción de todo tipo de inmoralidad[1] de los Clinton debían eliminar todo obstáculo, y los gobiernos republicanos o las élites con vínculos históricos y afectivos a la población eran uno de esos obstáculos.
 
La Banca norteamericana, vinculada a movimientos revolucionarios mundiales (como se ha visto por las conexiones de Soros), ha estado detrás de todo lo que ocurre en Venezuela. Ha financiado alegremente la destrucción de mi país y la destrucción de otros países desde Venezuela. Pero no ha perdido un céntimo. Al contrario, como ya he escrito en muchas ocasiones, ha ganado decenas de millardos de dólares: la deuda venezolana estaba en camino de extinción en 1998, pero Chávez la multiplicó por cinco (al menos), con intereses más altos que nunca, y pagados religiosamente.
 
Los petroleros radicados en Estados Unidos, Inglaterra y Holanda están felices, porque la gran compañía que era PDVSA, que era una gran competencia y un potencial catalizador de resistencia a sus políticas, ese gran rival, ha sido reducido a cenizas. Literalmente. Las petroquímicas y las refinerías han ido estallando y desapareciendo por falta de personal calificado: Chávez despidió a 22.000 técnicos en un día, a comienzos de 2003.
 
De Cuba y de China ya he hablado en otras ocasiones. Añadiré sólo que, cuando muera, Raúl Castro tendrá que agradecer a Venezuela que no le haya permitido perpetrar sus genocidios y crímenes de todo tipo en el Caribe y en Suramérica en los años 50-80: Jesucristo lo condenará por menos crímenes gracias a Venezuela.
 
No sé muy bien cuál es la participación rusa, pero está claro que al comienzo de su gobierno Chávez hizo tratados con Putin e importó masivamente armas de fabricación rusa, aparte de que consintió en que se instalara en Venezuela una base rusa, cuyo destino desconozco.
 
Entonces, los comunistas venezolanos, títeres de inmensos poderes extranjeros, han llevado a cabo la política de tierra quemada. La consecuencia es que Venezuela se encuentra sufriendo una hambruna. ¿Se deberá a un error, esta hambruna, que callan los medios noticiosos internacionales? De ningún modo. Estimo que ha sido planeada desde el comienzo[1bis].
 
Chávez en los años 90 hablaba en sus círculos íntimos de la necesidad de exterminar a la clase media. El analista Alberto Garrido (muerto de extraña muerte natural en torno al referendum de 2007) lo había advertido. Eso es señal solamente de uno de los objetivos de los comunistas: destruir enteramente la memoria histórica y la tradición[2]. Pero el propio pueblo proletario y pobre ha mostrado que los hábitos republicanos están arraigados en él. Hay que exterminar a una parte, entonces, y sembrar el terror. Que el venezolano entienda que tiene amos y que a esos amos les importa un comino su bienestar, su existencia, mucho menos su opinión.
 
Los militares de Venezuela tienen toda la razón, como se ve, en considerar que el enemigo número 1 de la seguridad del país es “la oposición”. (Como si la hubiera, realmente: la poca que es verdadera está mayormente muerta, exilada o en la cárcel. Los que se mueven y declaran como Pedro por su casa lo hacen porque son la “oposición oficial”). Pero, si dentro de la versión venezolana del “Ejército Rojo”, si en esa asociación de esbirros de Raúl Castro en que por la fuerza de la traición comunista y la acción del G-2 se ha convertido nuestra institución militar, hay algunos que aún experimentan compasión por la Patria que les dio el ser y por el pueblo que, siendo inocente, está siendo exterminado, sepan bien que no pueden apoyarse ni en Estados Unidos ni en China ni en Rusia ni en Cuba. Su único apoyo será Dios y el pueblo de Venezuela. Julio Borges ha declarado traidoramente que el gobierno tiene la culpa de lo que está pasando porque “está armando al pueblo”. ¡Ojalá el gobierno armara al pueblo! El gobierno ha desarmado al pueblo porque desde el año 2000 todas las elecciones no han sido sino farsas, arregladas con la comparsa de la “oposición”[3] (sobre todo después de diciembre de 2005). El gobierno sólo ha armado bandas de criminales a las que ha dado instrucción militar para que se sientan como “revolucionarios”. Y las ha usado para inmovilizar al pueblo y para destruirlo.
 
Ahora esas bandas, que no están acuarteladas como el Ejército Rojo, experimentan el rigor de la “revolución”. Ellas son las que van a dar problemas al gobierno. Porque el hambre las azuza. Si una porción del Ejército Rojo decide auxiliar a su Patria y enfrentarse a las fuerzas que pugnan por aniquilar a esa Patria, encontrarán más apoyo ahí, en las bandas armadas, que en ningún otro lugar, aparte de Dios y el resto del pueblo. Pero, deben tener cuidado con los “agentes provocadores”. Los Julio Borges, los New York Times. Recuerden la experiencia de 2014. No tenemos amigos. Estamos solos. Pero es preferible luchar que ser exterminados sin lucha.

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