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Lagos en la droga Gonzalo Rojas

Lagos en la droga

Por Gonzalo Rojas

Hay quienes aman a Ricardo Lagos.

Lo aman los empresarios, dijo un dirigente gremial hace años

haciendo pasar a multitud de emprendedores por el ojo de su aguja personal; y lo aman los concertacionistas, que entran en éxtasis al oírlo, sobre todo si el orador anterior ha sido un Quintana o una Provoste; y lo ama una buena cantidad de derechistas, que lo consideran estadista, o sea, un socialista que favorece las concesiones.

Pero, con toda seguridad, nunca más lo amarán las madres de Chile.

Porque Ricardo Lagos, con una audacia que solo tienen los que están por irse o los desesperados por volver, acaba de proponer “legalizar todas las drogas en Chile”.

No es extraño: las relaciones de Ricardo Lagos con las drogas son antiguas.

Al igual que lo que sucede con esos tranquilizantes que le suministran al que va a entrar a pabellón antes de que lo sometan a la anestesia quirúrgica, Lagos gobernó al país inyectándole variadas dosis de socialismo moderado, un conjunto de drogas blandas que se llamaron divorcio, píldora del día después, corrupción en jarrones. La familia resistirá, no se preocupen; los niños no serán asesinados, no se preocupen; la corrupción cesará, no se preocupen. Y casi todos lo oían felices, drogados.

Ahora, seguro de cuán neutralizado está el país en sus reservas humanas -o sea, cuán derrotados están muchos que no querían drogarse, pero que han consumido las dosis que Lagos ofrecía-, se anima a proponer el mal por sí mismo, la droga para todos: “Legalizar el consumo, producción y comercialización de la marihuana; y en un par de años, hacerlo con la cocaína”, aunque no quiere “que la juventud chilena sea drogadicta o adicta a la marihuana”.

¿Dónde queda la inteligencia de alguien que no es capaz de ver tan enorme contradicción? ¿En el tarro de la basura o en la agenda de la maldad?

Si las drogas fuesen en sí mismas perversas -perdón por el condicional-, la ley no tendría más remedio, pedagógico y reparador, que sancionar una o todas las formas que Lagos quiere validar. Si la ley no lo hace, consumir, producir y comercializar serán presentados simbólicamente como actos buenos, imposibles de prohibir al interior de la casa, del colegio y de la universidad (ya me gustaría ver al profesor de la PUC que promueve la legalización con un curso a su cargo mayoritariamente volado), de la vía pública, de los cines, teatros, parques y restaurantes, de los cafés y canchas deportivas, de los malls , las oficinas, las fábricas y las autopistas. “Es legal, flaco, déjame tranquilo, no me discrimines; ya lo dijo Ricardo Lagos”.

Y que nadie sostenga que el ex Presidente no conoce la función simbólica de la ley. Por eso se adjudicó la Constitución de 1980, reformada en 2005; por eso le encanta que se hable -a pesar de la furia de los partidarios de la Asamblea Constituyente- de la Constitución de Lagos.

Para combatir el narcotráfico, Lagos propone algo tan genial como legalizar el narcotráfico. Permitamos que lucren con los dineros de los chilenos más pobres e incultos y con los dineros de los chilenos más ricos pero tontos, unas empresas criminal-legales, que no tendrán ninguna responsabilidad en los daños que producirán. No podrás lucrar dando educación; sí podrás hacerlo suministrando muerte.

Bueno, Lagos es muy cariñoso, eso sí, con los casos terminales, de esos que se comienzan a dar por decenas de miles en una sociedad drogada. “Para el drogadicto que no tiene vuelta y que es un absoluto dependiente, hay que suministrarle la droga y preocuparse de que la jeringa esté limpia”, afirmó. Solidario el hombre.

Si Chile no estuviera casi completamente aniquilado por sus dosis, descubriría fácilmente cuán sucia está la jeringa de Lagos.

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