Las dos retroexcavadoras Hermógenes Pérez de Arce

Las dos retroexcavadoras

Las Dos Retroexcavadoras

 
 
            En el primer gobierno de Michelle Bachelet, llamada ella a elegir entre la extrema izquierda y los moderados, representados respectivamente por las recetas de Francisco Vidal y Andrés Velasco, se inclinó por las segundas y terminó gozando de una alta popularidad, porque el país le reconoció haber sorteado pasablemente la crisis mundial. De paso, Velasco le hizo también un enorme favor a Piñera, pues dejó un presupuesto inflado para 2010 con un aumento del gasto sin precedentes de 16,5%, lo que le dio un tremendo impulso a la economía y la reconstrucción, permitiendo crear en ese solo año medio millón de empleos. Luego, del “millón de empleos” de que se ufana Piñera, la mitad se la debe a Velasco.
 
Pero ahora estamos bajo el gobierno de otra Michelle Bachelet, que se ha inclinado por las recetas más cercanas a “su corazoncito”, las de la extrema izquierda y el “otro modelo”, y cuyo vocero más consecuente es Francisco Vidal. Y, bueno, gracias a eso y otras razones Michelle Bachelet ha caído de casi 80% de popularidad de cuando era 1.0 a poco más de 25% de hoy, cuando es 2.0. Todos sus proyectos de reformas revolucionarias son minoritarios. A nadie le cabe duda de que si continúa aconsejada por Vidal, le legará a quien aspira a sucederla una segura derrota en 2017. Así lo ven claramente en el oficialismo y por eso cada vez más gente le pregunta a Lagos “cuándo va a venir a poner las cosas en orden aquí”, siendo “aquí” obviamente Morandé 80.
 
            Ayer sábado en “El Mercurio” el mismo Francisco Vidal, ahora vocero fidedigno de la Presidenta, le dio otro impulso a la revolución en marcha y entregó esta notable descripción de cómo se estableció el modelo de sociedad que cambió a Chile del vagón de cola del subdesarrollo al primer lugar de América Latina, modelo que el actual gobierno está demoliendo metódicamente: “La retroexcavadora del senador Quintana es un modelo para niños de pre-kinder al lado de esta otra (se refiere a las modernizaciones del Gobierno Militar) porque literalmente barrieron con todo lo que se había construido y elaborado en Chile desde la década de los 30 y en particular a partir del triunfo del Frente Popular. Barrieron con los derechos humanos, con las libertades, con la educación pública, la salud pública, la previsión y los derechos laborales, etc. Incluso, aunque llama a escándalo –pero la verdad es la verdad—retroexcavaron seres humanos (operación retiro de televisores, 1978).”
           
            Veamos. “Derechos humanos”: la extrema izquierda y el gobierno de la Unidad Popular se prepararon a tomar el poder por las armas, lo que implicaba matar a quienes se les opusieran, pero cuando los demócratas llamaron a las fuerzas armadas a enfrentar esa amenaza radical con las armas (pues si no, de haberlo podido, Jarpa, Frei Montalva, Aylwin, Bossay y demás líderes democráticos habrían optado por las vías jurídicas y constitucionales), se esparció en todo el mundo bajo el liderazgo de la URSS la especie de que enfrentar a sus armas clandestinas con las que tenía el Estado para defenderse era un “atropello a los derechos humanos”. Fue una consigna publicitariamente exitosa, pero no por eso menos falsa, porque la única manera de defender los derechos humanos de la población civil era derrotando con las armas las armas de la subversión que pretendía dar un golpe de fuerza para quedarse con el poder e imponer un sistema  esencialmente contrario a los derechos humanos, como es el del gobierno totalitario marxista-leninista.
 
En resumen, el Gobierno Militar salvó los derechos humanos de los chilenos.
 
          Sigamos con las acusaciones de Vidal: “Barrieron… con las libertades”. Al contrario, las ampliaron y restablecieron. Antes del Gobierno Militar no existían numerosas libertades que éste restableció: desde luego, la de viajar al exterior (constreñida bajo la UP porque a uno no le vendían suficientes divisas y lo obligaban a dejar un aval tributario); la de elegir sistema de salud y de previsión; la de enseñar libremente y crear universidades; la de importar y exportar libremente; la libertad de precios y la mayor libertad para contratar trabajadores y emplearse; la libertad de los trabajadores para sindicalizarse o no y para adherir o no a huelgas; la libertad de poder trabajar aunque se aprobara una huelga (ahora en vías de extinción); la libertad de afiliarse o no a gremios. La educación y la salud públicas se mantuvieron, pero dejaron de estar politizadas y en manos de dirigentes partidarios, como lo han vuelto a estar hoy.
 
            Pero el mayor atentado a la verdad histórica viene en la parte en que dice:  “Incluso, aunque llama a escándalo --pero la verdad es la verdad—retroexcavaron seres humanos (operación retiro de televisores, 1978).”
 
            Pues la verdad histórica fue que, ante un extremismo armado con un contingente de no menos de diez mil nacionales (Altamirano, secundum Politzer), “compañeros de tropas” cubanos y doce mil extranjeros ingresados clandestinamente y después documentados por la OEA, la acción militar fue severa en los primeros meses después del 11 (entre esa fecha y el fin de 1973 murió el 60% de todos los caídos bajo el Gobierno Militar, es decir unos 1.500 a manos de las fuerzas armadas y carabineros y 300 a manos de la guerrilla izquierdista). En esos meses la represión armada contaba con el apoyo expreso de Frei Montalva y Aylwin, pues el primero declaraba al ABC de Madrid que “los militares han salvado a Chile” y hacía el símil de la guerrilla de izquierda con “un cáncer que debía ser extirpado”, mientras Aylwin se negaba a criticar a los militares “desde detrás de un escritorio, pues están recibiendo el fuego”.
 
            Después, por supuesto, pasado el miedo todo cambió y los primeros en mudarse de bando fueron los DC. Ya hoy día lo han hecho casi todos, tanto que cuando el valiente diputado UDI Ignacio Urrutia homenajeó a Pinochet en su centenario, el diputado Bellolio, también UDI, twitteó urbi et orbi que rechazaba el homenaje “en nombre de los derechos humanos”. Cerebro lavado por la consigna. Pero en esos tiempos próximos al 11 la inmensa mayoría de la población, de los políticos y hasta de los jueces apoyaba la represión armada contra el terrorismo de izquierda, porque nadie había olvidado que el Comandante Pepe anunciaba que era preciso matar a un millón de chilenos si se quería que triunfara la revolución (entrevista a la periodista Nena Ossa). "Los extremistas nos iban a matar a todos", le decía el juez Rafael Retamal a Patricio Aylwin en 1974.
 
            Precisamente el decreto ley de amnistía de 1978 se dictó para poner un manto de olvido ante los atropellos de ambos bandos en los cinco años anteriores. La ironía es que se benefició exclusivamente de dicha amnistía no menos de medio millar de extremistas, mientras que después se les negó igual beneficio a todos los militares, en un proceso que está en curso desde hace años.
 
La ignorancia histórica de Vidal se refleja también en que la llamada “operación retiro de televisores” se debió a que, al hallarse en 1978 los restos de extremistas ejecutados en 1973 en Lonquén por carabineros rasos y civiles no identificados, ejecutados sin conocimiento de nadie, ni menos de la Junta, esta última decidió precaverse de que otros hallazgos similares fueran ocurriendo posteriormente y, bajo el amparo de la amnistía, investigó los posibles casos de ejecuciones e inhumaciones ilegales en los primeros meses después del 11; y ordenó exhumar los restos y lanzarlos al mar. Todos los nombres de esas personas fueron entregados a la Mesa de Diálogo y a los jueces investigadores de derechos humanos.
 
Por eso casi coincide el número de las personas cuyo destino se ignoraba con el de las personas cuyo destino ha sido determinado. Digo “casi” porque el segundo número excede al primero en seis personas, pero justamente en los últimos dos años han reaparecido seis supuestos “desaparecidos” que, según se ha revelado en cada caso, simplemente se habían marchado del país o habían muerto en circunstancias ajenas a cualquier represión.
 
 
En todo caso, si hubo una retroexcavadora anterior a la actual, es un hecho que nos cambió de los últimos lugares del escalafón latinoamericano a los primeros; y que precisamente la actual, la del senador Quintana, amenaza retrotraernos a la infausta ubicación en que estábamos hasta el 10 de septiembre de 1973. Por suerte, una evidente mayoría de los chilenos de hoy parece no desearlo.

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