Muerte de Contreras y la búsqueda de la reconciliación Despierta Chile

Muerte de Contreras y la búsqueda de la reconciliación

Blog de Miguel Ángel Vergara

Con la muerte del general Contreras nace una leyenda, negra tal vez, pero leyenda al fin y al cabo. Falleció el viernes 7 de agosto –en la noche, como le correspondía–, a la edad de 86 años, aquejado de graves enfermedades. El revuelo comunicacional ha sido sorprendente,considerando que no había ejercido ninguna actividad pública por casi cuarenta años, y que en el intertanto estuvo encarcelado entre 1995 y 2001, y nuevamente a contar del 2005, con condenas que superaban los 500 años.

Chile es uno de los pocos países -tal vez el único- que ha procesado y condenado al jefe de su Dirección Nacional de Inteligencia, entidad que además fue reorganizada y bautizada con otro nombre cuando Contreras fue destruido en 1977.Es decir, nadie podría argumentar que ha habido impunidad por los delitos que se le imputan. Sin embargo, se exigen penas post mortem.

Del general Contreras se podrá decir muchas cosas, pero al menos habría que reconocer que le correspondió actuar en una época extremadamente compleja, en que había un caos político, social y económico, donde la izquierda marxista promocionaba abiertamente la violencia como instrumento legítimo de acción política. Hoy es de mal gusto citar el Acuerdo  de la Cámara de Diputados del 22 de agosto de 1973, o la carta de don Eduardo Frei a Mariano Rumor del 8 de noviembre de 1973, pero quien se tome la molestia de leer aquellos documentos, se formará una idea cabal de la situación de entonces, ahora tan distorsionada y olvidada.

Nada justifica las violaciones a los derechos humanos, pero tales violaciones, particularmente durante los primeros años del Gobierno Militar, tienen un contexto que sería injusto desconocer. No para ampararlas, ni menos para buscar un empate moral, sino para aproximarnos a la verdad histórica y así evitar que tan lamentables hechos se vuelvan a repetir. Si se desconoce el contexto habría que concluir, como lo intentan algunos, que las FF.AA. actuaron simplemente por ansias de poder, torturando a personas inocentes para satisfacer sus ocultos instintos asesinos. El resto de la sociedad serían blancas palomas inocentes.

En el caso del general Contreras, pese a sus descargos y aun aceptando una cierta parcialidad de la justicia, sin duda que no es inocente de varios de los delitos que se le atribuyen. Su pecado fue el de muchos: “seréis como dioses, conocedores del bien y del mal (Gen. 3, 5)”, sólo que Contreras, quizás obnubilado por el poder que detentaba, llevó al paroxismo esta máxima de la soberbia humana. Se creyó omnipotente y equivocadamente asumió que el fin -la pacificación del país- justificaba los medios empleados. Olvidó que el principio básico de la ética cristiana estipula que la bondad o maldad de los actos humanos no depende del fin que se tiene en vista, sino del bien o del mal que efectivamente se obra. El contexto y el fin buscado contribuyen a explicar, pero nunca a justificar, un determinado acto.

Es de esperar que la muerte del general Contreras contribuya a la reconciliación y no sea motivo para nuevos revanchismos contra los uniformados que tuvieron la dura tarea de neutralizar el terrorismo, exponiendo muchas veces sus vidas. Nadie discute que se juzgue los excesos cometidos, pero eso no debería traducirse en una oleada de procesos y condenas a uniformados mediante cuestionables argucias legales.

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