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Nacional y Popular Despierta Chile

Nacional y Popular

El profesor Hugo Herrera nos trajo el recuerdo del distinguido historiador Mario Góngora del Campo. Él, nos 

dice por su parte Joaquín Fermandois, "fue un genuino pensador chileno, a la vez provisto de una palabra universal"

Tanto Herrera como Fermandois, evocan el "Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX" la cual consideran "empapada de un pesimismo fundamental y ... en una esperanza que puede redimir la experiencia concreta de vivir (y morir) en la historia"

Góngora planteó que el desplome del Estado Nacional, respondió en parte, a la crisis de los partidos políticos de planificación global, utópicos, dogmáticos, sectarios y totalitarios. Y a la postre, responsables de la ruptura institucional de 1973.

Pasado un cuarto de siglo de vigencia de la Ley de Partidos, este tipo de organización, merece la aprobación de apenas el 3% de la población, según la encuesta del Centro de Estudios Públicos (mayo 2015) y se une al desprestigio y la desconfianza que caracterizan al Congreso.

El clientelismo, el amiguismo, la débil o inexistente democracia interna de todos ellos, el control que ejercen los grupos de poder internos, muestran que la crítica de Mario Góngora hacia los partidos políticos, está plenamente vigente.

El gobierno mediante las leyes de probidad (vaya nombre para disimular los escándalos conocidos, como Penta, Caval, SQM, Asesorías y Negocios, etc.), pretende reflotarlos. 

Pero lejos de contribuir al fortalecimiento de la actividad política, hará irreversible la crisis que sufren los partidos. 

Esto porque, junto a la reforma a la Ley Electoral - que suprimió el sistema binominal-, promueve la atomización de éstos y consagra la nefasta Orden de Partido, la que los parlamentarios no podrán eludir, contrariando el sentido común y la experiencia histórica chilena.

Así, hace prácticamente innecesaria la presencia de los congresistas, puesto que el presidente de cada colectividad, será transformado en una especie de gran elector. Y ese cenáculo de 10, 13 (o más) jefes de partido podrán instalar una especie de dictadura en el Legislativo.

Si se considera que, además, para inscribir un partido y para que este obtenga financiamiento del Estado, bastará apenas reunir las firmas del 0,25 del padrón electoral y que le será suficiente legalizarse en una región, para alcanzar su reconocimiento como agrupación nacional, estaremos pronto en presencia de la proliferación de grupos, grupúsculos y seudo partidos, que representarán no una corriente de opinión sino el de un club de intereses subalternos.

 

Un descriterio.

Si en esta hora, los partidos muestran un gravísimo deterioro, luego, serán fuente de toda clase de males públicos y lejos de mejorar el sistema, gravitarán negativamente en el destino de la República.

Hoy, la ciudadanía resiente la ausencia de líderes, de autoridad, de gobierno, de grandes objetivos de signo nacional en el centro de la política. Y advierte la falta de ideas -dejemos fuera lo ideológico al uso-, que expliquen e interpreten a Chile. Falta una corriente Nacional y Popular.

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