Nuestra Historia Nos Condena Hermógenes Pérez de Arce

Nuestra Historia Nos Condena

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          El Servicio Electoral está paralizado porque su consejo no puede funcionar, dado que no tiene quórum. Y no lo tiene porque el consejero Joignant, de izquierda, no quiere sentarse junto al consejero Cheyre, general (r) ilegalmente procesado por la justicia de izquierda con trasgresión de todos los preceptos básicos del derecho penal ancestral y universal y de la Constitución y las leyes vigentes en Chile. Joignant esgrime la consigna de las “violaciones a los derechos humanos” para no sentarse próximo a Cheyre. Es que ahora los agresores son “agredidos”, los victimarios, “víctimas” y los totalitarios “demócratas”.
 
Sea como fuere, si no hubiera solución no podría haber elecciones, porque no pueden legalmente tener lugar si no funciona el consejo del Servel.
 
          Ésta es pura y simplemente más Historia de Chile. He estado leyendo el Diario Militar del general José Miguel Carrera, héroe de nuestra Independencia (Colección de Historiadores i de Documentos relativos a la Independencia de Chile, tomo I, Imprenta Cervantes, Santiago, 1900) y ahí me entero de que durante la Patria Vieja y habiendo desembarcado un ejército realista español al mando del general Mariano Osorio para poner fin a la reciente independencia de Chile, nuestros generales y héroes Carrera y O’Higgins ¡combatían entre sí, mediando no pocos muertos, en las cercanías de Santiago, en agosto de 1814, mientras Osorio y sus huestes avanzaban desde Chillán para tomarse la capital!
 
Las explicaciones de Carrera acerca de por qué no ayudó a O’Higgins sitiado en Rancagua son febles, pero el hecho fue que, después del desastre, finalmente Osorio y su ejército entraron a Santiago en medio del ¡homenaje popular! La “vuelta de chaqueta”, como sabemos, es muy chilena. Mientras Carrera huía con la intención de reagrupar sus fuerzas en La Serena, O’Higgins lo hacía para reagruparlas en Mendoza, a donde finalmente confluyeron ambos, aunque sin nunca ponerse de acuerdo, lo que a la postre terminó con el fusilamiento de los Carrera en Cuyo.
 
Hoy seguimos igual. En el centro del intríngulis están el general (r) Cheyre, un Poder Judicial capturado por la izquierda que no imparte justicia, sino que viola impunemente las leyes, una izquierda que ha falsificado la historia y se cree sus propias mentiras, una DC y una derecha que “se han dado vuelta la chaqueta”, tras haber incitado y apoyado a los militares para derrocar a Allende (que a su debido tiempo se preparaba para liquidarlos por las armas, contando, por supuesto, con una amplia “vuelta de chaqueta” de no pocos militares); y una opinión pública que no entiende nada, no recuerda nada, si es que alguna vez algo supo, y que se forma opinión a través de programas de TV elaborados por la izquierda que falsifican burdamente la verdad.
 
La Presidenta cree resolver la parálisis del Servel nombrando en el consejo a un experto de la UDI, lo que revela el grado de desesperación en que ha caído, siendo la revolucionaria de izquierda que es. Porque ella sabe que en el país puede paralizarse todo, menos las elecciones. Eso no podemos permitirlo, visto que es la actividad nacional más importante después de la de sustraer dinero al fisco mediante los más variados artilugios, el último conocido el de cobrar pensiones de más de cinco millones de pesos cuando el tope máximo legal es $1.560.000.
 
¿Qué es lo más alejado de los chilenos en un momento de confusión como el actual? La verdad histórica. Completamente olvidada. Cuando Cheyre era un teniente de 23 años en el regimiento de La Serena, todo el mundo sabía que había un ejército clandestino extremista al cual los grandes líderes del país habían pedido a las Fuerzas Armadas y Carabineros derrotar por las armas. Eso no se discutía en octubre de 1973 y por lo mismo la derecha lo avalaba, los grandes líderes DC, como Frei Montalva y Aylwin lo certificaban (el primero había dicho que “esto se arregla sólo con fusiles” y el segundo defendía en octubre de 1973 la acción de los militares, negándose a condenarlos “desde detrás de un escritorio… mientras ellos están recibiendo el fuego”). Todo eso lo sabía todo el mundo. Lo malo es que ahora lo ha olvidado todo el mundo y Joignant ni siquiera puede sentarse junto a Cheyre.
 
Por supuesto, en ese tiempo también Chile era Chile y la gente hacía las cosas “a la chilena”, entre ella los jefes militares zonales, que por delegación de la Junta, estaban a cargo de la justicia y la seguridad interior, pero tenían dispar capacidad para ese menester. ¿Y qué hicieron en 1973? Lo que les indicaba el sentido común: tomaron presas a miles de personas sospechosas de estar vinculadas a la extrema izquierda armada. Pero muchas de esas personas no estaban en la lucha armada. Se llenaron los regimientos de presos. Los familiares iban, por miles, a sus rejas a protestar. Entonces el Presidente de la Junta, el general Pinochet, designó al general Sergio Arellano para que recorriera el país visitando regimientos, poniendo orden, acelerando los procesos y ordenando que no se cometieran abusos. Pero entonces algunos miembros de su comitiva cometieron crímenes sin consultar a nadie –porque en Chile la disciplina es “a la chilena”— y varios comandantes de regimientos bajo cuyo mando se habían cometido esos delitos, con participación de sus propios oficiales, aprovecharon de “sacarse el pillo” (oficio nacional en el cual somos expertos) y optaron por cargárselo todo a la comitiva de Arellano.
 
El caso más típico fue el de Copiapó, donde 13 personas habían resultado muertas en un intento de fuga en la noche del 15 al 16 de octubre (por lo tanto, cuando la comitiva de Arellano estaba todavía en Santiago) pero todo el mundo le cargó esas muertes. En el famoso libro “Los Zarpazos del Puma” se llegó al extremo de falsificar la fecha del oficio del militar que estaba a cargo de los presos muertos, postergándola en un día para poder culpar a Arellano. Esto lo denuncié reiteradamente en mi columna de “El Mercurio” a lo largo de los años y nunca fui contradicho por la autora del libro, hoy fallecida. Pues la cosa era todavía más clara, porque en el mismo libro se publicó un oficio del comandante del regimiento al administrador del cementerio pidiendo la sepultación de trece cuerpos el 16 de octubre, en circunstancias que en la página siguiente se dice que fueron fusilados después, el 17 de octubre (ver págs. 150 y 151 de “Los Zarpazos del Puma”.)  Arellano y comitiva llegaron a Copiapó el 16 en la tarde. Es decir, hasta se miente “a la chilena”.
 
La leyenda, entonces, pudo más que la verdad, como en tantos otros casos. Y hoy ha sufrido las consecuencias de ello el general Cheyre, pero hay otros oficiales que han tenido una suerte mucho peor. El brigadier Krassnoff le escribió a Cheyre una carta cuya copia se me ha hecho llegar. Krassnoff está condenado sin pruebas legítimas a más de un centenar de años de presidio por delitos que no cometió. Ojalá pudiera “gozar” de la tibia persecución desatada contra Cheyre. He aquí un párrafo de su carta: “Tú sabes que jamás tú o yo nos prestaríamos para ejecutar, ser cómplices u ocultar una falta o delito cometido por algún miembro de nuestro Ejército; muy por el contrario: seríamos los primeros en asumir nuestras propias responsabilidades o denunciar a quien hubiese correspondido, pero con todas las evidencias y siguiendo los procedimientos legales justos que se deben aplicar en dichos casos”. El brigadier no ha sido condenado legalmente, sino en virtud de “ficciones jurídicas”, según lo confesó en la TV el propio juez que las fabricó. Es un escándalo que alguien sufra cadena perpetua de hecho en virtud de una ficción. Pero “estamos en Chile”.
 
Todo es una pillería: la justicia, la legalidad, el “proceso constituyente”, el relato histórico, la probidad. Por eso un experto en ese menester quiere volver a mandar en el país y se promueve presentando un libro que nos llama a “Mirar Para Adelante”. Porque si alguien mirara hacia atrás podría ver su prontuario, que ciertamente él desearía hacer olvidar.
 
Nuestra historia nos condena, tanto la pasada como la reciente. Sólo podemos enorgullecernos si ocultamos gran parte de la verdad, que es lo que siempre hemos hecho, pero nunca tanto como en la actualidad.

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