Ominami rompe el círculo vicioso Gonzalo Rojas

Ominami rompe el círculo vicioso

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Seguramente Carlos Ominami no pensó en las consecuencias que podían tener sus palabras una vez dictado el sobreseimiento en su juicio. El hombre estaba saliendo de un proceso penal, y es sabido que en esas condiciones toda persona pierde en parte la perspectiva de lo que dice, pendiente solo de su propia situación.

En buena hora, porque los dichos del ex senador socialista ayudan mucho a clarificar las cosas.

Tanto colaboran, que con toda seguridad más de algún izquierdista se habrá tomado la cabeza entre sus manos mientras exclamaba: ¡pero cómo dijiste eso, Carlos!

Porque con sus palabras Ominami contradijo tres de los dogmas fundamentales que sus correligionarios han sostenido en los últimos años.

En primer lugar, afirmó que "la justicia debiera ser mucho más cuidadosa en la forma como actúa", porque "cometen desprolijidades"; a continuación, sostuvo que los tribunales están actuando en "el contexto que da la calle"; y finalmente, la perla más cultivada, declaró su molestia porque "se enjuician de manera extremadamente severa prácticas que tienen que ver con un contexto distinto".

Y si los militares procesados o condenados alegaran que esas tres condiciones se aplican exactamente a ellos, ¿qué sucedería? Y si algún día los así llamados cómplices pasivos (aquellos que desde la nomenclatura Piñera también podrían ser enjuiciados) alegaran que no se les puede imputar responsabilidad alguna a partir de la doctrina Ominami, ¿qué sucedería? Que respecto de unos y de otros, militares o civiles partidarios del gobierno militar, la izquierda seguiría afirmando que esas tres consideraciones no tienen valor alguno.

Por una parte, nos dirían que el contexto no importa nada. Así lo han sostenido desde el primer día, anulando efectivamente toda posibilidad de discutir sobre el derecho de rebelión y sobre la legítima defensa respecto de los actos subversivos y terroristas. Ha sido imposible hacer razonar a la izquierda sobre sus tremendas culpas, las que explican algunas responsabilidades de sus represores. Por eso, si las palabras de Ominami permitieran ahora considerar el contexto del proyecto totalitario del gobierno allendista y de la agresión armada de los grupos subversivos, cuánto habrían ayudado a la justicia.

Además, en segundo lugar, la izquierda siempre afirmará que cuando los tribunales condenan a militares, la justicia no es jamás prevaricadora, a pesar de todas las evidencias que al respecto ha aportado Adolfo Paúl, nunca reconocidas, pero nunca contradichas. Ominami nos ha dicho que los jueces cometen desprolijidades: si esa expresión no fuera dramática para los militares y sus familias, sería la broma del año.

Y, en tercer lugar, la importancia de la calle. Qué bueno que el mismo Ominami experimente ahora la perversión de todo lo que él y su gente han gestado en los últimos 25 años, juzgando y condenando desde la ideología y el sentimiento, sin ninguna consideración por la historia y el derecho. Pero la izquierda también ignorará este reconocimiento, porque tiene en su mentalidad instalado el chip de la anulación de la verdad.

Pero es que se trata de delitos de lesa humanidad, argumenta el izquierdista. ¿Cómo hacerlo entender que justamente ese concepto es producto de un contexto dominado por el marxismo, aplicado por jueces prevaricadores y respaldado por organizaciones de fachada del PC que se hacen llamar "la calle"?

Ominami, seguramente sin quererlo -un hombre que viene del MIR, un hombre que viene del GAP-, ha logrado romper el círculo vicioso de la mentira histórica y judicial chilena. Si eso lo redime o no, importa poco. Lo que está en juego es, efectivamente, la justicia. 

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