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Para Mentiras, el Tiempo Hermógenes Pérez de Arce

Para Mentiras, el Tiempo

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          Hoy aparece en “El Mercurio” una carta de la hermana de un fusilado en Antofagasta en octubre de 1973, donde se felicita de que se haya dictado sentencia y por fin se sepa la verdad de los hechos. Atribuye la muerte de su hermano al delegado del general Pinochet, el general Arellano y su “Caravana de la Muerte”, como la llama, y deja como “general bueno” al comandante del regimiento local, general Lagos Osorio, que habría defendido la vida de su hermano y por eso habría sido marginado del Ejército.
 
          Supongo que eso es lo que cree la mayoría de los chilenos que se preocupan de este tema, que a estas alturas son muy pocos. Y la impresión  general de los demás debe ser esa misma, supongo. Pero es una versión falsa.
 
          Si en algo soy especialista es en ese juicio. Escribí un libro al respecto en 2001, “La Verdad del Juicio a Pinochet”, basado en las piezas fundamentales del proceso.
 
          ¿Cuál fue la verdad? Fue que mientras los generales Lagos y Arellano dormían en la casa del primero, oficiales medios del regimiento local y de la comitiva del segundo, sin orden de sus superiores, sacaron de la cárcel a catorce personas, las llevaron a un lugar cercano en el desierto y les dieron muerte.
 
          Arellano sólo lo supo al anochecer del día siguiente, encontrándose en Calama, e inmediatamente volvió a Antofagasta y puso a disposición de Lagos Osorio, que era Juez Militar por delegación de la Junta, al subordinado suyo co-responsable de los fusilamientos. Lagos Osorio se negó a recibirlo y a procesarlo. Su única preocupación a partir de ese momento fue la de eludir responsabilidades y achacarlas a otros, llegando a publicar un aviso en la prensa diciendo que los fusilamientos habían tenido lugar por orden de la Junta de Gobierno “para acelerar el proceso de depuración marxista” (“La Estrella” de Arica, 22.10.73).
 
Antes había culpado a Arellano, sabiendo que era tan ajeno a los hechos como él mismo. A raíz de ello, Arellano se querelló en su contra, y entonces Lagos Osorio se retractó. Arellano, de hecho, fue más inocente que Lagos Osorio, pues puso a disposición de éste, que era el juez militar, al principal responsable de su comitiva, pero el segundo se negó a procesarlo y tampoco procesó a los oficiales bajo su mando que fueron co-responsables.
 
          Lo que se presenta hoy como su marginación del Ejército por haberse opuesto a los fusilamientos es también falso, pues su carrera militar terminó por no haber cumplido sus deberes como comandante de la I División, el primero de los cuales era haber abierto un proceso por esos fusilamientos ilegales en su jurisdicción, en lugar de culpar a la Junta, diciendo que había procedido por orden de ella.
 
          La leyenda falsa sobre los fusilamientos del norte ha sido alimentada durante años por la prensa, la radio y la televisión, esta última con programas como “Contacto” del canal católico (al cual oportunamente refuté en mi columna de “El Mercurio”) y “Ecos del Desierto”, de Chilevisión, al cumplirse los 40 años del 11, y otros que han propalado la versión falsa.
 
 
          Hay un antiguo refrán que dice, “para verdades, el tiempo”. En Chile y respecto al caso de los fusilamientos del norte no rige. Tal vez la versión adecuada sería la opuesta: "para mentiras, el tiempo”. 

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