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          En 1973 el dólar negro subía incesantemente, dado el caos que imperaba en el país. Llegaba a 3.800 escudos, cuando el tipo de cambio oficial era de 25. Estado de pánico económico y financiero general. Revolución ad portas. Los moderados anunciaban cien mil muertos y los inmoderados (Comandante Pepe a periodista Nena Ossa) un millón. Y en ese escenario de espanto, repentinamente el dólar negro empezó a bajar. No fue que nadie en particular supiera en concreto que el gobierno de la UP iba a terminar y, por lo tanto, que el estado de enajenación nacional iba a cesar. Eso no lo sabía nadie. En esos meses se contaba el chiste de que los momios tenían el dedo índice más corto que los demás, porque con él habían golpeado las mesas durante mucho tiempo asegurando: “la próxima semana será el golpe”. Yo he referido que la noche del 10 de septiembre llegué a la revista “Qué Pasa” a entregarle a su director, Gonzalo Vial, mi columna habitual, y me dijo: “Acaba de irse Ricardo Claro y me aseguró que mañana será el golpe”, y lanzó una carcajada. Yo me reí junto con él y me fui a mi casa pensando en el dedo mocho del momiaje. Pero hacía días que el dólar negro no sólo había dejado de subir, sino que había comenzado a caer. Y los más zahoríes habían empezado a comprar casas en Las Condes y fundos en el centro y en el sur, aprovechando que se estaban vendiendo a precio de huevo.
 
          Es que ya el partido estaba jugado. Lo señalaba el sentido común. El país así no podía seguir.
 
          Bueno, ahora también el partido está jugado. Ya se sabe una cosa de cierto: que la gobernante está en un mínimo de popularidad y que todas sus reformas suscitan rechazo mayoritario. Ella se autotranquiliza afirmando que sus revolucionarios proyectos harán que el país ya nunca vuelva a ser el mismo y que será más igualitario, y tal vez tenga razón, pero la RDA –donde ella vivió y a la cual admiró(ira)-- era también muy igualitaria pero sus habitantes lo único que querían era irse de ahí. Y, a diferencia de 1973, hoy Chile sabe de cierto que este otro año hay elecciones y que el 11 de marzo de 2018 va a asumir otro gobierno y elegido precisamente porque, “en la medida de lo posible”, va a detener los cambios del programa revolucionario de Bachelet. Y por eso ya hay tibias señales de que la Bolsa comienza a subir y el dólar, que ahora es libre y, por tanto es lo mismo que el “negro” de antes, ha parado de subir y hasta ha bajado un poco.
 
          Es que el partido está jugado. Así como nadie sabía en 1973 cuándo iba a ser el golpe, pero se creó un consenso de que debía tener lugar, y de que quienes lo encabezaran harían todo lo contrario de lo que hacía la UP, en 2016 hay una sola certeza: que vendrá un gobierno moderado, no revolucionario, como el actual. Y que lo presidirá una persona sin ninguna admiración por la RDA y convencida de que si Chile transitó de la zaga de los subdesarrollados a la cabeza de América Latina entre 1973 y 1990 no fue por hacer todo lo contrario que en esos 16 años y medio, como lo procura el gobierno actual.
 
          Quién va a ser el elegido, es otro tema. Pero está clara una cosa y cualquiera puede anticipar: que no va a ser otra Michelle Bachelet 2.0. Y, por tanto, la desconfianza ha comenzado a ceder

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