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Política y Fuerzas Armadas Despierta Chile

Política y Fuerzas Armadas

Discurso pronunciado por el autor, Adolfo Paúl Latorre

durante el acto de presentación de la segunda edición del libro Política y Fuerzas Armadas; ceremonia que tuvo lugar en el hotel O’Higgins de Viña del Mar el día 23 de julio de 2015.

Agradezco a don Gonzalo Ibáñez y a don Miguel Ángel Vergara su valiosa participación en este acto y sus comentarios sobre la obra que estamos presentando y a todos ustedes vuestra presencia, lo que es para mí un gran honor.

También agradezco a don Hermógenes Pérez de Arce la generosa acogida en su casa editorial de mi libro, el que contiene numerosas ideas inspiradas en sus geniales comentarios  —publicados durante muchos años en El Mercurio de Santiago y actualmente en su blog— en los que, con una claridad y una lealtad a toda prueba, se encarga de rescatar la verdad histórica y la obra del gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, así como de defender a los militares que han sido y que están siendo ilegal e injustamente procesados y condenados.

En relación con la verdad histórica, me parece pertinente señalar que la mayoría de los chilenos que no vivieron la época de la Unidad Popular —concientizados por permanentes e intensas campañas comunicacionales— creen que los militares eran malvados asesinos que perseguían a pacíficos jóvenes idealistas que solo procuraban el bien de las clases desposeídas.

Ellos desconocen que Chile estaba destruido económicamente, que el gobierno había producido “el grave quebrantamiento del orden constitucional y legal de la República” —como lo declaró expresamente la Cámara de Diputados—; que los políticos habían llevado a Chile a un callejón sin salida que hizo inevitable la intervención militar —como lo reconoció el alto dirigente comunista Luis Guastavino—; y que se había gestado en el país un ambiente de violencia y de odios extremos, que dividió a los chilenos en dos bandos irreconciliables y que lo llevó al borde de una guerra civil, que habría sido tanto o más cruenta que la española.

Al respecto, bastaría citar al jefe del MIR que asoló extensos territorios del sur de Chile, conocido como “Comandante Pepe”, quien declaró: “Tiene que morir un millón de chilenos para que el pueblo se compenetre de la revolución y ésta se haga realidad. Con menos muertos no va a resultar”.

También me parece pertinente citar las palabras de Eduardo Frei Montalva en agosto de 1973, cuando le fueron a pedir que tomara medidas: “Nada puedo hacer yo, ni el Congreso ni ningún civil. Desgraciadamente, este problema sólo se arregla con fusiles”; y también las que pronunció con posterioridad al pronunciamiento militar: “los militares han salvado a Chile” y “los militares nos salvaron la vida y de una degollina”.

Estas últimas palabras de Frei están en perfecta consonancia con la respuesta que el cardenal Raúl Silva Henríquez le dio a William Thayer Arteaga cuando este le preguntó: Dígame, Eminencia, ¿no cree usted que si no es por los militares, a muchos de nosotros nos habrían asesinado? “No solo a ustedes, sino que a mi también. A todos nosotros”.

Y también son concordantes con lo expresado por Rafael Retamal —quien fuera presidente de la Corte Suprema— a Patricio Aylwin, cuando éste le hizo saber su preocupación por las acciones de las Fuerzas Armadas y Carabineros que afectaban la libertad y los derechos de las personas: “Mire, Patricio: los extremistas nos iban a matar a todos. Ante esta realidad, dejemos que los militares hagan la parte sucia, después llegará la hora del derecho”.

Lamentablemente para salvar a la nación fue necesario usar los fusiles de los que hablaba Eduardo Frei y hacer la parte sucia de la que hablaba Rafael Retamal; lo que para Chile fue una bendición y para los militares una tragedia.

Los hechos históricos hablan por si solos, están ahí, perfectamente documentados y al alcance de quien quiera conocerlos. Sin embargo, en la actualidad, la mayoría de los chilenos cree que los militares asumieron el gobierno por mera ambición de poder, que derrocaron a un gobernante ejemplar de un país idílico y en paz, y que destruyeron la democracia; en circunstancias que fueron ellos quienes la restauraron y quienes rescataron a Chile de sus cenizas, entregando a los civiles en 1990 un país en pleno auge, cuyo estado floreciente nadie discutía.

En tiempos en que se niega la validez, la necesidad y la razón de ser de las FFAA, y en que se promueve una amplia variedad de aseveraciones sin fundamento, de distorsiones y falsedades acerca de ellas, mi obra pretende describir y explicar apropiadamente cuál es la naturaleza de las FFAA, sus fundamentos políticos y jurídicos, sus características, sus funciones y misiones, la nobleza de la función militar, y la vital importancia que ellas tienen para salvaguardar la paz, el orden, la libertad y la seguridad de la nación.

Ahora bien, luego de este preámbulo, entremos en materia:
La política es el arte de administrar la cosa pública, el arte de gobernar los Estados; de conducir a la sociedad política hacia su finalidad propia que es el bien común.

La política es una actividad social que está basada en las realidades existentes. Todos los sueños, utopías o ideales irrealizables, no tienen cabida en la política ni en su acción.

Un hecho de la realidad del comportamiento humano y que constituye un elemento central de la política, es el conflicto; tal como la historia y la experiencia milenaria de la humanidad nos lo demuestran.

El Estado, por otra parte, ha sido definido —por Max Weber— como “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio, reclama para sí —con éxito— el monopolio de la violencia física legítima”; violencia legítima que es muchas veces necesaria para neutralizar o reprimir la violencia ilegítima y para dar eficacia al derecho.

El Estado tiene la obligación fundamental, esencial e irrenunciable de preservar el orden público y el Estado de Derecho. Si no tuviera dicha obligación, si cada individuo o grupo de ellos pudiera, a su arbitrio, provocar disturbios, ejercer violencia o presiones sobre las personas o la colectividad, el Estado no existiría, ni habría siquiera sociedad civilizada.

La idea de Estado reposa, en último término, en el imperativo de seguridad. La seguridad de la comunidad produce la tranquilidad y el orden necesarios para acometer los fines propuestos por las personas y por el Estado. Sobre ella descansan todas las actividades o empresas que se proyecten.
La necesidad de los ejércitos es tan antigua como la humanidad. En todo momento histórico el poder político ha necesitado tener respaldada su autoridad moral por la fuerza militar.

Desde las raíces de la prehistoria se han constituido comunidades humanas que han luchado entre sí. Por eso desde el principio han existido ejércitos, conflictos, vencedores y vencidos. ¡Qué bien entendió las lecciones de la historia Miguel de Cervantes!: Con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios.

Sin una fuerza armada que custodie a la sociedad contra la agresión, sea ésta externa o interna, el Estado no podría existir. Sin el respaldo de la fuerza no hay interés defendido ni objetivo alcanzable ni, en suma, política posible.

La pregunta crucial, que todos nosotros muchas veces nos hemos formulado, es la siguiente: ¿Para qué sirven las Fuerzas Armadas de una nación?
La respuesta, sencilla, clara y contundente no puede ser más que una: ellas sirven para garantizar la paz en libertad de la nación, protegiendo los irrenunciables intereses nacionales. Su justificación descansa, pues, en la paz y la seguridad de la sociedad a la que sirven y de la cual forman parte.

Y, ¿cuáles son las características esenciales de las Fuerzas Armadas? Podríamos decir que son dos: la disciplina y la posesión de armas. Sin aquella estaríamos ante una horda, y sin éstas, solo tendríamos una especie de orden monástica.

Conforme, pero ¿qué son las Fuerzas Armadas?, ¿cuál es la función específica de ellas en una sociedad?  Estas preguntas son también esenciales. Al respecto nos podríamos preguntar: ¿qué lugar ocupan, en la realidad social, las Fuerzas Armadas?

Respondiendo a esta pregunta, el filósofo español Julián Marías ha dicho: cuando se habla de Fuerzas Armadas lo primario no son las armas ni siquiera las fuerzas. Esto es paradójico. Lo primario es la organización, es el orden, es la cadena jerárquica, es, en definitiva, la autoridad; pero la autoridad como poder moral, es decir, a última hora, como poder espiritual. Las Fuerzas Armadas, si lo son, lo que no pueden ser jamás es fuerza bruta, en modo alguno; si las Fuerzas Armadas se reducen a fuerza bruta, entonces ya no son lo que son, ya no son lo que tienen que ser, justamente es la violación radical de lo que las constituye.

La fuerza militar no es fuerza bruta sino espiritual. Lo único que puede mover racionalmente al enfrentamiento armado y a soportar los sacrificios que impone es la ilusión de un ideal por el que valga la pena luchar, y éste solo puede provenir del espíritu. Si ese ideal no existe o se pretende crear de manera artificial, la ilusión no se produce y el móvil desaparece reduciéndose así los ejércitos a fuerza bruta, incapaces de cumplir satisfactoriamente las misiones para las que fueron creados.

Vivimos en una época de crisis, una crisis dentro de la sociedad. Estamos en un mundo definido por una crisis general de legitimidad de la autoridad.

Pues bien, en épocas de crisis social y especialmente de crisis de la legitimidad, las Fuerzas Armadas frecuentemente son el resto de la legitimidad: por lo que tienen de organización jerárquica, por lo que tienen precisamente de autoridad, suelen ser lo que queda, el resto de la legitimidad en crisis.

Esto es lo más valioso que tienen y lo más necesario para una sociedad.

Diríamos así que, en este sentido, las Fuerzas Armadas representan el rescoldo de una legitimidad que está comprometida o que está apagada; el rescoldo para volver a encenderla y puedan brotar nuevamente las llamas. Esta es la función capital que tendría ese precioso, inestimable rescoldo de la legitimidad.

Las Fuerzas Armadas son, ante todo, fuerzas organizadas y disciplinadas, ordenadas al servicio de la comunidad. Ellas existen para apoyar la política exterior e interior de los Estados y son servidoras de un orden basado en el bien común; no tienen más ideología y norma que el servicio a la patria, y como meta una misión de convivencia pacífica internacional y de paz interna.

Las Fuerzas Armadas constituyen la reserva moral de la nación y la instancia final a la que ésta recurre en las situaciones más extremas y cuando una crisis política amenaza su sobrevivencia; ellas constituyen el último círculo jerarquizado de la sociedad, capaz de salvar de su disolución a una comunidad política.

Por ello también se ha dicho que el destino de la humanidad depende a veces, en última instancia, de un pelotón de soldados.

Es por todas estas razones que se ha definido a las Fuerzas Armadas como una institución especializada para resguardar y asegurar, en última instancia, los valores fundamentales de una sociedad.

Las Fuerzas Armadas tienen como misión la defensa del Estado mediante las armas. Sin embargo, en la práctica, ellas han cumplido esta misión de forma o por procedimientos muy diversos y no se han limitado solo a este cumplimiento, sino que, con frecuencia, han desempeñado otras muchas funciones de orden político y social.

Las Fuerzas Armadas están exclusivamente consagradas al servicio de la patria. Los militares son los guardianes de la patria; guardianes frente al exterior, sin duda, y en el interior también tienen misiones que cumplir; pero su principal guardia debe estar encaminada a que no se desvirtúe la noción de patria, aquel nexo espiritual que da vida a la nación y que constituye el alma nacional.

Las FF.AA. tienen el deber moral ineludible de que la nación subsista, de que no se disuelva; que podamos entregar a nuestros hijos la tierra que heredamos de nuestros padres; y que nuestro patrimonio histórico, cultural y espiritual no se pierda ni se tergiverse. Las Fuerzas Armadas deben defender no solo el territorio —la plataforma física del Estado—, sino también la esencia de los valores de la patria.

Es precisamente por estas razones que, como parte de la misión fundamental de las Fuerzas Armadas, está el hacer cuanto esté a su alcance para que la nación no desaparezca por ambiciones, intromisiones y presiones externas o invasiones ideológicas; las que son tanto o más peligrosas que las invasiones físicas.

En los tiempos actuales, las Fuerzas Armadas se ven enfrentadas ya no tan solo a enemigos externos, sino que también a solapados enemigos internos que tratan de confundirnos, escondiéndose tras ideologías que prescinden de la ley moral fundamental que es la ley natural; y que en virtud de una tolerancia y de un pluralismo insensato conceden idénticos derechos al error y a la verdad.

Si a las Fuerzas Armadas les corresponde la defensa de la nación, no pueden olvidar que hoy la guerra con la que tienen que enfrentarse no es solo la convencional, sino también la revolucionaria; una guerra irregular que actúa a través de la guerrilla y del terrorismo o por medio del cambio cultural, que es el mayor peligro actual, pues va penetrando, corrompiendo y cambiando la sociedad, ya sea consciente o inadvertidamente.
Al llegar a este punto, me parece pertinente recordar aquel pasaje del Evangelio que dice: No tengan miedo de los que les puedan matar el cuerpo; sólo teman a quien les pueda matar el alma.

Y esto es así, porque si el cambio cultural consigue que se olviden aquellos valores esenciales de la tradición chilena, aquellos valores que han ido formando a nuestra nación; si consigue que la moral de la sociedad tome rumbos distintos de aquellos que hemos recibido; si llega a cambiar nuestra forma de ser y nuestro modo de reaccionar; en vez de un ciudadano amante de su patria nos encontraremos con un individuo sin voluntad y sin coraje, dispuesto a la resignación y a la entrega. Podría ocurrir, entonces, que las Fuerzas Armadas no pudieran cumplir con su misión al no existir una patria a la cual defender.

Las Fuerzas Armadas son, por otra parte —dígalo o no la Constitución—, las garantes en última instancia del orden institucional de la República.

Este aserto es solo expresión de un hecho de la realidad. Los gobernantes de un Estado normalmente apelan a su institución militar durante los estados de excepción constitucional y ante emergencias públicas que afecten significativamente la seguridad nacional.

Solo tales instituciones tienen la capacidad material, técnica y administrativa —sumadas a su  natural disciplina y cohesión interna— para controlar una situación de caos o de grave anarquización, restablecer la autoridad y el orden, y, en ocasiones, para hacerse cargo del gobierno del Estado.
La historia nos demuestra que la participación militar en la política —en sus más diversas manifestaciones— ha sido tan persistente, y en ocasiones tan profunda, que cabe hablar de una función propiamente dicha y no de un papel meramente circunstancial.

Si apreciamos bien la realidad de las cosas, podremos darnos cuenta de que los militares siempre cumplen una función política; sólo varía la forma en que ésta se manifiesta.

Si entendemos a la política como “aquella actividad que tiende a la organización y defensa de un orden basado en el bien común”, forzosamente habremos de afirmar que el ejército es una institución política; que la finalidad de la institución militar es de índole política. Las Fuerzas Armadas no son ajenas a lo político en su más fundamental acepción.

En efecto, si tratamos de ver cuál es la realidad de la función militar, nos daremos cuenta de que ella existe en virtud de unas finalidades netamente políticas que deben ser satisfechas. Incluso la guerra misma es un acto político. La apreciación, tantas veces repetida, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, nos parece bastante alejada de la realidad y causante de no pocos equívocos. La guerra es en sí misma una opción política más, ya que con ella se persiguen finalidades exclusivamente políticas. El hecho de que el enfrentamiento armado se resuelva de forma fundamental por medio de procedimientos técnicos militares no desvirtúa su naturaleza política y por eso la función militar es de ejercicio técnico-profesional y de finalidad política.

Cuando surgen graves dificultades no son ni el presidente, ni los senadores, ni los diputados, ni los jueces, ni los académicos ni la Constitución escrita quien salva al país. En esos momentos, las FF.AA. cobran vigorosa importancia y utilidad, y no existen razones para no utilizar su provechosa colaboración. Es conocida la frase de Simón Bolívar, en el sentido de que en los momentos de peligro “jamás un Congreso ha salvado a una República”.

En situaciones límite, la supervivencia del Estado se encuentra abiertamente en la esfera militar. En tales casos, las Fuerzas Armadas no tienen otra opción legítima que la de intervenir y actuar. La intervención militar —aun cuando es un recurso extremo— es, en ocasiones, un inexcusable deber.

La función política de las Fuerzas Armadas es manifiesta por la intervención. Ésta posee normalmente un carácter reactivo y denota una crisis de una organización política o, al menos, una insuficiencia de ella para solucionar problemas fundamentales. Políticamente es muy improbable que las Fuerzas Armadas intervengan en situaciones de orden, en que el poder constituido es eficaz e idóneo y responde a los principios usualmente admitidos en su ejercicio o en momentos de plena cohesión social.

Refiriéndose al caso chileno, el historiador Gonzalo Vial ha dicho: “La gente cree que las Fuerzas Armadas aparecieron actuando en política solo en 1973. Podría mencionarles una docena de intervenciones políticas de las Fuerzas Armadas desde el año 1891 hacia adelante. Las Fuerzas Armadas han intervenido en política durante todo el siglo XX. Todos los grandes hechos históricos del Chile del siglo XX que han conformado el Chile moderno tienen un ingrediente militar”.

A las Fuerzas Armadas, como símbolo y expresión que ellas son de la nacionalidad, no les corresponde intervenir ni pronunciarse en las luchas de la política contingente. Pero, cuando desbordando el campo de las pugnas ideológicas y partidistas se amenazan los fundamentos mismos de la patria, ésta encuentra y reclama en los institutos armados su última salvaguardia.

Por lo antedicho, no es raro que los militares tengan que hacerse cargo de un país en ruinas, que ningún civil aceptaría gobernar. En estos casos sería erróneo acusar a los militares de destruir un gobierno constitucional, cuando no han hecho otra cosa que darle sepultura.

Al respecto cabría citar al senador Francisco Bulnes quien, refiriéndose a una conversación sostenida con quien a la sazón era Presidente del Senado, señaló: “Frei y yo consideramos el 20 de agosto de 1973, en una larga conversación, que Chile no tenía otra solución que la militar. El análisis que hicimos en esa ocasión nos llevó a la conclusión de que aún en el caso de que Allende renunciara, el substituto no podría gobernar a la nación dado el estado casi caótico imperante”.

En ciertas ocasiones son los propios gobernantes u otros actores políticos quienes conscientemente, a fin de imponer sus ideologías totalitarias, buscan la destrucción de la democracia; o que, por su ineptitud, crean las condiciones que hacen imposible su subsistencia y que, en casos de graves crisis provocadas por ellos mismos, llaman a las FF.AA. para que actúen como árbitros o para que asuman el poder y hagan el trabajo sucio.

Obviamente los miembros de las Fuerzas Armadas no buscan ni desean ejecutar tal trabajo, pero saben que cuando está en peligro la subsistencia misma del Estado, cuando están en riesgo intereses vitales de la patria, están obligadas a hacerlo.

Las Fuerzas Armadas saben que en tales casos su obligación moral es intervenir y actuar. Y saben también que después que hayan salvado a la nación, después que hayan impuesto el orden y arreglado los problemas que aquejaban a una sociedad enferma —con los costos que tal cirugía trae consigo—, los responsables del caos aparecerán, descaradamente, como los restablecedores de la democracia; sin reconocer responsabilidad alguna en los hechos que condujeron al país a tal situación, negando los éxitos del gobierno que tuvo que asumir para superar esa emergencia, atribuyéndose sus logros, contradiciendo las declaraciones que habían hecho cuando el país iba rumbo al despeñadero y criticando a los militares por los abusos y excesos cometidos.

Qué bien describió esta situación hace casi dos siglos Alfred de Vigny —en su obra Servidumbre y grandeza militares—: “cuando el soldado se ve obligado a tomar parte activa en las disensiones entre civiles pasa a ser un pobre héroe, víctima y verdugo, cabeza de turco sacrificado por su pueblo, que se burla de él. Su existencia es comparable a la del gladiador y cuando muere no hay por qué preocuparse. Es cosa convenida que los muertos de uniforme no tienen padre, ni madre, ni mujer, ni novia que se muera llorándolos. Es una sangre anónima. Y, cosa frecuente, los dos partidos que estaban separados se unen para execrarlos con su odio y con su maldición”.

Qué enorme verdad encierra este lúcido pensamiento! ¡Qué notable paralelo con nuestra situación actual!

A fin de evitar la intervención de los militares en política se han introducido y se continúan introduciendo, en los ordenamientos jurídicos de España y de los países iberoamericanos, una serie de reformas legales y constitucionales con las que se pretende profundizar la democracia, lo que encierra la amenaza latente de una nueva tentativa totalitaria.

Lo que se pretende con las reformas es lograr una completa neutralización de las Fuerzas Armadas y que éstas no tengan participación política alguna; mediante diversos procedimientos, que van desde buscar una división interna, pasando por una disminución de personal y de recursos y una minimización de sus funciones, hasta el despojo de sus valores tradicionales.
Menoscabando y humillando a las Fuerzas Armadas, piensan algunos, se asegura que ellas nunca más intervendrán en política ni atentarán contra la democracia.

Por otra parte, hay que considerar que para ciertos sectores de izquierda las Fuerzas Armadas encarnan principios y valores que hacen imposible el tránsito hacia el “socialismo integral, científico, marxista”, que era la meta de Allende. Ellos ven en los hombres de armas el freno que les impidió consumar su proyecto totalitario. Por eso consideran perentorio castigar el poder, la influencia, el prestigio y la capacidad de reacción de los institutos armados.

Por lo anterior en diversos foros internacionales, tales como el denominado Foro de Sao Paulo —un foro de partidos y grupos de izquierda latinoamericanos, fundado por el partido de los Trabajadores de Brasil en 1990—, se promueve la “desvalorización de los símbolos patrios”, la “persecución mediática y judicial de quienes combatieron en la guerra contra la subversión durante la década de los 60/70” y la “destrucción moral y física de las Fuerzas Armadas y de seguridad”.

Se habla de profesionalizar a las FF.AA., de devolverles su sentido profesional o que deben reinsertarse en sus tareas profesionales, cuando en realidad lo que se busca es hacer desaparecer en los militares la convicción interior sobre la finalidad de su profesión y, así, reducirlos a la condición de instrumentos ciegos en manos de quien tenga el poder.

Lo que se persigue es convertir a los militares en funcionarios moralmente neutros, cuyo único oficio consista en el manejo técnicamente eficiente del arma que se ponga en sus manos; transformarlos en verdaderos autómatas al servicio de la autoridad que asegura su contrata y miembros de un ejército reducido a la calidad de puro instrumento; sin conciencia de cual es el verdadero sentido de la función militar.
Las Fuerzas Armadas, de ese modo, se transformarían de órgano del Estado a instrumento del gobierno.

De lo que se trata, en definitiva, es de destruirle a los militares su capacidad moral para volver a intervenir en caso de que nuevamente se den situaciones que pongan en peligro intereses vitales de la patria y no haya otro recurso para salvar a la nación.

Lo que se pretende es transformar a las FF.AA. de fuerzas al servicio de la nación en guardias pretorianas del gobierno de turno, como en un país hermano, donde obligan a los militares a gritar “patria, socialismo o muerte”.

La verdad es que un ejército así no puede servir a la nación. La historia ha demostrado que el convertir a las FF.AA. en el brazo ejecutor de un sector político o social ha dado siempre malos resultados. Si el ejército no tiene conciencia propia y capacidad de opinión, corre el riesgo de convertirse en instrumento de tiranía y de corrupción.

Dentro de este plan de destrucción o de desnaturalización de las FF.AA. —sumado al odio, a un afán de venganza y a motivaciones políticas y económicas— se inserta la actual persecución política que está siendo llevada a efecto en sede judicial contra los militares y carabineros que tuvieron que cumplir la penosa y riesgosa tarea de reprimir a los miles de guerrilleros, terroristas y subversivos armados que llevaban a cabo una guerra revolucionaria irregular, que cometían atentados con explosivos, que destruían instalaciones productivas y asesinaban a personas inocentes y que pretendían instaurar en Chile un régimen totalitario marxista según el modelo cubano; hecho que los políticos responsables de la tragedia que ellos provocaron se han encargado de ocultar mediante una manipulación y tergiversación de la historia y una adulteración descarada de los hechos.

Esta persecución es llevada a cabo mediante simulacros de juicios en los que los jueces, cometiendo impunemente el delito de prevaricación —que es además una falta moral gravísima, pues atenta contra la justicia—, no respetan ni las normas legales vigentes ni las garantías que nuestra Constitución asegura a todas las personas, vulnerando el Estado de Derecho y atropellando los derechos humanos de los militares. Estos simulacros de juicios buscan venganza y no justicia, pues si buscaran justicia también juzgarían a los autores intelectuales y materiales de la situación que obligó a las FF.AA. a intervenir —a ruego de la gran mayoría de los chilenos— y juzgarían también a los guerrilleros y terroristas que segaron la vida de cientos de militares y de víctimas inocentes.

El odio, la crueldad y la inhumanidad son tan grandes, que a los militares y carabineros no se les conceden indultos o los beneficios penitenciarios que legalmente les corresponden; ni siquiera a ancianos ciegos, con demencia senil u otras enfermedades invalidantes o moribundos aquejados de cáncer en etapa terminal. Ya han fallecido ocho de ellos en prisión.

En Chile existe, en la práctica, una norma no escrita que prohíbe el perdón entre hermanos; pero solo a aquellos hermanos que son militares o carabineros, puesto que a los guerrilleros y terroristas que cometieron gravísimos crímenes no solo se les perdona, sino que se les conceden —a ellos o a sus familiares— cuantiosas indemnizaciones económicas y otros beneficios.

Esta prohibición, absolutamente contraria a las virtudes cristianas del perdón y de la misericordia, se ha mantenido vigente durante todos los gobiernos de Chile desde el año 1990 —desde el de la Concertación de Partidos por la Democracia, pasando por el del presidente Piñera, hasta el actual de la Concertación más el Partido Comunista—; prohibición a la que actualmente se le pretende dar rango constitucional, mediante un proyecto de reforma iniciado por mensaje de la Presidente de la República de fecha 10 de diciembre del año 2014 (boletín 9748-07).

Finalmente, y a modo de conclusión, diré que para que las FF.AA. puedan cumplir sus importantes misiones, es preciso que mantengan las características que tradicionalmente han tenido, especialmente su apartidismo, porque si las FF.AA. se comprometen en luchas políticas partidistas; si pierden su relativa autonomía y, sin opinión propia, se convierten en un mero instrumento de quienes transitoriamente ejercen el poder; si ante situaciones que afecten intereses vitales de la patria se mantienen como meras espectadoras; si pierden su vocación, los valores morales que las sustentan y su mística de servicio a la patria, las Fuerzas Armadas dejarían de ser lo que son, dejarían de ser lo que tienen que ser.

Una eventual desnaturalización de las Fuerzas Armadas dejaría a la nación indefensa ante posibles agresiones externas o graves situaciones de subversión interna que pongan en riesgo la estabilidad política de la República e, incluso, la supervivencia del Estado.

Las Fuerzas Armadas, por la naturaleza de sus funciones, tienen una permanente y significativa participación en la vida nacional, fundamental para que la sociedad pueda desarrollar sus actividades con estabilidad y tranquilidad. Al no contar con la presencia fuerte y vitalizadora de las Fuerzas Armadas nuestra nación caería en la indefensión.

Por todo lo anteriormente expuesto las FF.AA., juntamente con Carabineros de Chile, son instituciones que debemos cuidar; puesto que ellas son fundamentales para una nación altiva, que tiene la firme voluntad de defender su libertad y su soberanía, que es respetuosa de su historia, de su cultura y de sus tradiciones, y que desea proyectarse hacia un futuro mejor.

Muchas gracias.

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