Populistas y personalistas Gonzalo Rojas

Populistas y personalistas

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La mirada de los populistas está siempre puesta en esa masa amorfa que para ellos no tiene nombres ni rostros, ni mucho menos almas. Los destinatarios de su discurso son simplemente votos y bocas.

Pero en este Chile nuestro de hoy, los votos escasean y las bocas, dentro de todo, están en general bien abastecidas. Si llegara el día en que la coalición gobernante alcanzara el clímax de su ineficacia generando cesantía masiva y hambre, quizás qué populistas competirían por esas bocas y por esos votos. 

En la actualidad, no.

Por eso, este es el momento de los personalistas. El apelativo puede utilizarse legítimamente para aquellos liderazgos que sigan esta doble norma: Primero, toda la acción pública debe comenzar con la exigencia al propio yo y, segundo, el destinatario de la política es cada persona, cada familia, cada pequeña comunidad. Se trata de la primacía de la persona, de un reconocimiento al carácter único de cada persona.

Hoy se abre la oportunidad para esos individuos que quieran seguir la máxima que Vaclav Havel formulaba mientras presidía la República Checa: "Al igual que en toda circunstancia, debo empezar conmigo mismo... debo esforzarme al máximo por actuar en armonía con mi conciencia y con lo mejor de mí mismo". 

¿Se imagina un político en Chile -mejor varios, por cierto- que exigiera siempre que el escrutinio público recayese primero sobre él; un político que dijera: "Ante todo, júzguenme a mí como persona; no me importa que descubran mis defectos, porque también verán mi esfuerzo por superarlos; y acepten mis limitaciones, ya que ustedes saben de mi empeño por servir, a pesar de ellas". Porque ¿fue el contenido de sus reformas o la falta de humanidad en el Caso Caval lo que comenzó a despojar a la Presidenta de su aura?

Eso que en este texto estamos llamando personalismo se concreta entonces, primariamente, en sujetos con categoría humana. ¿Cuántos tipos de esas coordenadas hay hoy en la política chilena? ¿Tres, cinco? ¿No podría haber unos cuantos más, como para "tener por quién votar", como suele decir el elector desanimado?

La segunda dimensión del personalismo la reseñaba también magistralmente el mismo Havel: "La política genuina... es simplemente una cuestión de servir a los que nos rodean, de servir a la comunidad y de servir a los que vendrán después de nosotros". 

No hay más política que el servicio. Todo lo demás son ideologías, sentimientos o gráficos. Ideologías de izquierda, sentimientos de centro o gráficos de derecha. 

Y para servir, el personalista tiene que "servirse" de un dato fundamental e irrenunciable: qué diantres es la persona humana. Sin antropología no hay política; sin antropología, obvio, no hay personalismo.

Antropología de la blanda y de la dura. Por eso, el político personalista no tiene más opción que moverse de la audiencia y la reunión, de la salida a terreno y la calle, hasta la minuta, el estudio, el experto y el libro, ida y vuelta, continuamente. Porque no se trata de aplicar un programa con realismo y sin renuncia, sino de servir renunciando a la ideología, al sentimentalismo y a la tiranía de los gráficos. Eso sí que es realismo, realismo humano, personalismo. "Lo que se necesita es la consideración responsable y ágil de cada paso político, de cada decisión; un constante énfasis sobre la deliberación moral y el juicio moral; la sostenida autorreflexión y el autoanálisis, un repensar sin fin de nuestras prioridades", agregó Havel. 

Los chilenos saben cuánto de populismo y cuánto de personalismo hay en Piñera y en Lagos, en Enríquez-Ominami y en Allende, en Espina y en Walker. Justamente por eso están a la espera de nuevos y auténticos personalismos. 

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