¿Qué viene ahora? (I) Despierta Chile

¿Qué viene ahora?  (I)

Orlando Sáenz

¿Qué viene ahora?  (I)

 
 
Resuelta la incógnita electoral de forma tan sorpresiva como contundente, la pregunta que todos nos hacemos es "¿Y ahora, qué?". Como son tantas y tan complejas las situaciones, que, para todos los sectores, se desprenderán de la aplastante victoria de don Sebastián Piñera, esa pregunta abruma un poco e induce a pensar que solo el tiempo podrá responderla. No obstante, hay razones para creer que se pueden vaticinar con certeza algunos de los determinantes básicos que modelarán ese futuro que a todos nos inquieta.
 
No cabe duda, por ejemplo, que uno de los factores que más determinará lo que viene será la actitud con que el sector derrotado, que gusta englobarse en la definición de "centro izquierda" o de "progresista", enfrentará en rol de oposición, al gobierno del ahora presidente electo. Y esa actitud, a su vez, estará esencialmente determinada por el diagnóstico que ese sector se haga de las razones de su derrota. Y en ese punto pisamos terreno firme porque ese diagnóstico ya se despunta de lo que sus dirigentes han dicho y porque se puede estar seguros de que será un diagnóstico equivocado porque el acertado pasa por reconocer verdades intolerables para los voceros de ese sector. Es por eso que se puede contar, como un hecho cierto, que atribuirán la derrota a errores circunstanciales (fallas comunicacionales, maniobras inconvenientes, algunas traiciones, o, todo lo más, un candidato inapropiado).
 
A la trivialización de las causas del desastre electoral, se sumará otro poderoso factor de despiste. De todos los sectores de ese grande y postulantemente autobautizado "progresismo", el único que resultó teóricamente ganador fue el Frente Amplio. La única razón para que un movimiento nuevo, surgido recientemente de la nada, más montonera que organización y con una candidata sin calificaciones mínimamente razonables para gobernar, casi empatara en votación al candidato de todo el conglomerado de partidos de izquierda tradicionales, es que su propuesta radical y rupturista es tan atractiva como para producir ese efecto. Lo que demuestra a fortiori, que ese tipo de propuesta es la única que puede devolverle al "progresismo" el control de La Moneda.
 
Si a esos callejones conceptuales sin salida se suma la inquina y el prejuicio ancestral contra la derecha política que está en el ADN de todos los autodeclarados "progresistas", es posible garantizar que la actitud de los partidos de centro izquierda frente al nuevo gobierno de don Sebastián Piñera estará marcado por dos directrices: oposición cerrada y total y giro político hacia un programa de izquierda más radical. 
 
Llegados a este punto cabe preguntarse cuáles son los prejuicios que impiden que la centro izquierda chilena interprete correctamente las verdaderas causas de su debacle electoral. Esos prejuicios se delatan en los mismos nombres con que se identifican: "Nueva Mayoría"; "Sector Progresista". Para ellos, es una axioma que representan a la mayoría ciudadana y que monopolizan el propósito de progreso que caracteriza a esa mayoría. En consecuencia, el enemigo es el más poderoso pero minoritario sector conservador, retrógrado y siniestro que engloban con el peyorativo nombre de "la derecha" y que en estos días está cabalmente representado por un millonario corrupto, algo fascista, llamado Sebastián Piñera.
 
Por cierto que esa visión maniqueista de la sociedad chilena bloquea completamente la comprensión de que el Chile de hoy tiene una composición social que escapa a la clásica calificación de izquierda o derecha. A falta de mejor nombre podría hablarse de una inmensa "clase aspiracional", formada por la mayoría que ha alcanzado un cierto estándar económico, social y educacional y que su principalísimo anhelo es incrementar su bienestar material y su goce en libertad, estabilidad y seguridad. Puede que sea verdad que ese sector mayoritariamente desee ver a todos los chilenos compartiendo sus avances, pero no está dispuesto a que el progreso en ese sentido sea a costa de contradecir ese, su más profundo anhelo.
 
Ciertamente que esa nueva realidad social no cabe en la concepción bipolar que define a la izquierda política chilena y por eso la lectura de sus fracasos es siempre circunstancial. Simplemente no puede aceptar que se enajenó a gran parte de ese universo aspiracional porque se demostró incapaz de compatibilizar, como gobierno, su concepción del avance social con el orden y el avance material que constituye el epítome de sus anhelos.
 
Cuando el crecimiento económico anual global se reduce al orden del 1,5% y la población que crece por el efecto de la migración por sobre el 1%, el crecimiento social es imposible aún sin sumársele el despilfarro de recursos fiscales que el gobierno actual llevó a niveles prohibitivos. En esas condiciones, era inevitable que la clase aspiracional se convenciera que los gobiernos como el de la Nueva Mayoría son incompatibles con sus anhelos básicos de bienestar, y ello sin siquiera considerar la notable pérdida de prestigio, seguridad y orden público que han caracterizado al Bachelet II. 
 
Esa demostración de incompatibilidad entre progreso material con seguridad y la política de refundación social postulada por la desfalleciente Nueva Mayoría, será sin duda la herencia Bachelet llamada a producir efectos políticos, como que ya empezó a producirlos el 17 de diciembre. La otra herencia, la que ofreció prolongar el senador Guillier, hecha de conceptos elevados pero intangibles, se convertirá seguramente en objeto de culto para la izquierda chilena, pero su efecto práctico será muy limitado dada la composición social del Chile actual. Tendrá el mismo efecto, más sentimental que práctico, que ha producido la leyenda del gobierno de Allende proyectada por la izquierda chilena.
 
Recapitulando lo precedente, hemos podido predecir con rigor lo que hará en lo inmediato el sector derrotado en la pasada elección. Su dogmatismo le impedirá la lectura correcta de su derrota y la relativización de ella lo conducirá infaliblemente a la decisión de reconstruir su unidad en torno a la oposición más irrestricta al nuevo gobierno y un giro conceptual hacia la izquierda más radical. Esas dos premisas traerán grandes y complejas consecuencias, pero no por eso impredecibles. Valdrá la pena analizar atentamente esas segundas derivadas.
 
Orlando Sáenz

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