¿Quieren pasado? Aqui tienen pasado Hermógenes Pérez de Arce

¿Quieren pasado?  Aqui tienen pasado

Blogs de Hermógenes martes 1 de septiembre  

El documento más importante publicado en lo que va de esta semana es la carta de la ex ministra de Corte de Apelaciones Raquel Camposano a “La Tercera” del lunes. Como  me dijo una vez Margaret Thatcher, refiriéndose a “Camino de Servidumbre”, de Hayek, “ahí está todo”. Pues en la carta de doña Raquel “está todo”. Naturalmente, eso está olvidado por los cerebros manipulados, saturados de propaganda y completamente lavados del 99% de los chilenos, incluidos los de derecha, de lo cual han dado testimonio en días recientes los senadores Larraín (UDI) y Ossandón (RN).
 
En efecto, doña Raquel en su  carta recordó que en 1988 los lonkos representativos de la etnia mapuche, en Cholchol, en plena Araucanía, homenajearon y proclamaron al Presidente Pinochet “Jefe, Conductor y Guía”, “Ullmen Fta Lonco” de su pueblo, “por haberse preocupado”, decía el pergamino que le extendieron los caciques, “de que el pueblo mapuche recuperara su dignidad y recibiera los beneficios sociales y la propiedad de la tierra que históricamente le fue negada”.
 
En esos años la Araucanía vivía en paz. Los chilenos de ascendencia mapuche se sentían como lo que son, chilenos iguales a los demás de ascendencia hispana, palestina, italiana, croata, judía, alemana, inglesa, francesa, picunche, huilliche, kaweshkar o aymara, y vivían en paz, pues conseguían títulos para sus tierras, que legislaciones equivocadas del pasado les habían denegado, bajo el pretexto de “protegerlos”. Pero esa “protección” les impedía vender libremente o dar en garantía sus tierras para conseguir capital de trabajo. A ellos Pinochet les aplicó su exitosa receta para solucionar los grandes problemas nacionales: darles mayor libertad. Los únicos que no eran libres eran, naturalmente, los privilegiados de hoy: violentistas, delincuentes y terroristas. Precisamente por esto la Araucanía vivía en paz.
 
El resultado de esas políticas fue un clima de progreso, estabilidad y paz en la Araucanía, cuya población premió al Presidente Pinochet con una mayoría de votos “Sí” en el plebiscito de 1988. Fue una de las dos regiones donde esa opción triunfó en esos comicios.
 
Por contraste con ese pasado de prosperidad y normalidad, una semana atrás tuvimos un testimonio en Santiago del infierno que se vive hoy en la Araucanía, donde campean el odio y la violencia y la gente de trabajo y honrada ya no halla qué hacer ante el terrorismo. La receta del bienestar y la paz hasta 1990 fue dar propiedad y libertad a la gente honrada y aplicar mano dura al terrorismo y la delincuencia. La receta del caos posterior a 1990 y que culmina hoy ha sido la inversa: amenazar la propiedad, restringir la libertad y dar amplias garantías a los terroristas, incendiarios, asaltantes y chantajistas que les dicen a los agricultores: “O me das un tercio de tu cosecha o te la quemo entera con esta caja de fósforos”. Y nada de eso sale en los diarios.
 
          Los habitantes de la Araucanía entonces quisieron traernos el testimonio material del drama y mostrarnos camiones y maquinarias quemados para que los santiaguinos viéramos. ¿Y qué recibieron acá? Violencia de los que siempre han practicado la violencia y hoy mandan en Chile. Y en particular de parte de los extremistas del brazo armado comunista, que reciben pensiones vitalicias, bonos extraordinarios, salud y educación gratis y tienen Ficha de Protección Social, cuya connivencia con las FARC de Colombia está documentada y que son los que están haciendo la revolución en la Araucanía.
 
          En la plaza de la Constitución atacaron e hirieron al hijo del matrimonio Luchsinger, quemado dentro de su casa por terroristas que hoy, salvo uno, están libres e impunes. Son de los mismos que quemaron al agricultor Vásquez Bécker dentro de su casa en 1972, para después quedarse con sus tierras, como parte del sueño inconcluso de Allende que Michelle 2.0 ha prometido terminar de hacer realidad. Y ahora golpearon hasta cansarse al agricultor Héctor Urban, que de centenares de veces asaltado en el sur pasó a golpeado en el suelo con la nariz quebrada frente a La Moneda, con la complicidad oficial. También golpearon a los dirigentes de los camioneros. ¿Quiénes lo hicieron? Los mismos de los años ’60, y ’70, que llevaron a los líderes democráticos aterrorizados, entre ellos Aylwin y Frei Montalva, a pedir a los militares que “pusieran término a las situaciones de hecho referidas”. Los militares acudieron, rescataron al país, derrotaron al ejército terrorista (“milicias fuertemente armadas”, decía Aylwin, “con armamento superior al del Ejército”, decía Frei, que clamaba: “¡los militares han salvado a Chile!” e imprecaba a los europeos por no darse cuenta) para pronto después, como tantos entonces y finalmente casi todos ahora, “darse vuelta la chaqueta”, traicionar a los militares, procesarlos por cientos bajo la Concertación y por miles bajo Piñera, y encarcelarlos por cientos (por ahora, porque ayer acaban de meter presos a 77 más y el ritmo de la ilegalidad judicial va creciendo).
 
          Los violentos en Chile siempre han sido los mismos. Lo grave es que ahora gobiernan y tienen a la mayoría de los jueces de su parte para castigar a los únicos que podrían oponérseles, los que, por ley, tienen las armas para combatirlos, hoy anulados, amedrentados, acobardados y rendidos ante el terrorismo.
 
          Han usado y abusado de una  versión falsificada del pasado, transformando a los victimarios de antaño en víctimas de hoy; a los totalitarios en “demócratas” como Teillier; y a los agresores por convicción en “agredidos”, millonariamente indemnizados y cada vez más codiciosos (acaban de aprobarse otro bono adicional a sus pensiones y prebendas, que costará más de 30 mil millones de pesos).
 
         ¿Querían recurrir al pasado (reinventado por ellos) para distraer al país del desastre que han provocado? Lo lograron. Larraín (UDI) se “horrorizó” porque Carmen Gloria Quintana, traída especialmente desde Canadá, en 1986 se incineró con sus propios artefactos incendiarios, pero Ossandón (RN) dijo que los militares la habían quemado “por pensar distinto”.
 

 

Pero el pasado no perdona, y la verdad se presentó ante La Moneda, con los camiones quemados, dirigentes pacíficos heridos y agredidos y un país entero contemplando cómo una región completa asolada por las FARC comunistas vive bajo el terror, no puede producir y cuyos habitantes no saben si amanecerán vivos al día siguiente o los habrán quemado durante la noche.

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