Regreso Desde el País Real Hermógenes Pérez de Arce

Regreso Desde el País Real

 

 
 
          Debí dejar por unos días este país virtual del blog, internet, comentarios, divagaciones, insultos y latas exposiciones, para, obligadamente, sumergirme en el Chile real, esa mezcla de África y Europa Oriental en que vivimos.
 
          Así, llegué el martes al Juzgado de Policía Local de Curacaví en la fecha y hora en que estaba citado, no sin antes cruzarme, a las ocho y media a.m., con un interminable taco de vehículos a la subida del túnel Lo Prado, en el interior del cual había ocurrido una colisión múltiple.
 
Ingresé a una sala de material ligero del Juzgado repleta de chilenas y chilenos silenciosos y de talante neutro, en medio de los cuales se había formado una fila a la que me agregué maquinalmente, con mi papel blanco de citación en la mano. Veinte minutos después llegué a una ventanilla, donde una funcionaria indiferente me informó que había perdido mi tiempo, pues debía entregar mi papel en la puerta de enfrente, en la cual había un solo letrero, que prohibía la entrada y señalaba que la puerta debía permanecer cerrada por orden del juez.
 
Pero debía entregar mi citación ahí, así es que me paré frente a esa puerta mirando resignado la madera terciada color crema de que estaba hecha, esperando que sucediera algo, pues no me atrevía a abrirla sin orden del juez. Entonces un sujeto de sweater rojo, llevando revistas y chocolates, llegó de la calle y abrió la puerta (sin permiso audible del magistrado) y le pasó una de las publicaciones, la revista “Ya” de “El Mercurio”, a una funcionaria que estaba sentada ante un escritorio vacío, y dejó una barra de chocolate “Frac” en el escritorio repleto de papeles de un funcionario que los trasladaba incesantemente a otra oficina. El hombre del sweater rojo, terminado su reparto, salió y dejó abierta la puerta que debía permanecer cerrada por orden del juez, lo que aproveché para darle mi citación al funcionario que trasladaba incesantemente papeles, el cual la recibió sin comentarios.
 
Pasaron unos veinte minutos más, y la funcionaria del escritorio vacío terminó de hojear la revista “Ya”, tomó su cartera y abandonó el recinto, no sin antes decirnos que el juez mandaba decir que cerraran la puerta, pues permanecía abierta sin orden suya. Fue cerrada, así es que volví a quedar parado frente al panel de madera terciada color crema por otros veinte minutos más. Al fin el funcionario que trasladaba incesantemente papeles voceó mi nombre y me indicó que pasara a otra oficina, donde estaba el secretario abogado del tribunal, quien me preguntó si yo era “el escritor”, a lo cual contesté dubitativamente de manera afirmativa, sin saber si decía la verdad o no. Entonces él, sin mucho esfuerzo, me hizo confesar que el 10 de noviembre yo había pestañeado más largo de la cuenta cuando conducía por la carretera, lo que me había hecho desviarme y provocar diversos daños. Me dijo que eso era constitutivo de la infracción grave de “no conducir atento a las condiciones del tránsito”, lo cual no iba a tener  buenas consecuencias para mí.
 
Eso había sucedido veinte días antes, pero nadie de los responsables de hacer algo al respecto (la compañía de seguros y la concesionaria) había hecho nada, de modo que me dijo que no me iba a devolver mi carnet y me dio otro papel blanco en reemplazo del que llevaba, añadiendo que podía manejar con él hasta el 1° de marzo y que volviera en esa fecha. Es decir, mi proceso seguía a fojas uno (no “cero”, como dicen los chilenos, pues la foja cero no puede existir.)
 
          Al regresar a Santiago soporté por una hora y media más el taco del túnel Lo Prado, que no había disminuido nada desde las ocho y media, de modo que llegué a grabar un comentario a Bío Bío TV a las 12.30, tras lo cual tomé mi auto y demoré una hora completa en llegar al estacionamiento bajo La Moneda para ir al Club de la Unión del centro a almorzar con un antiguo amigo, colega y ex compañero de curso en Leyes. Había pasado más de tres horas de una mañana dentro de un auto, había perdido mucho tiempo y trabajado muy poco, pero me dije que todo eso es mucho mejor que lo que vive todos los días el 90 por ciento de la gente que usa el Transantiago y el Metro, viaja horas de pie, hace colas en el Registro Civil o en centros de atención de salud y tiene que someterse a frecuentes trámites que terminan en nada.
 
          Y a propósito de África, todos estamos volviendo para allá. La gratuidad en la educación superior me recordó mis tiempos de universitario y a Shafik Handal, un agitador comunista salvadoreño que usaba abrigo de pelo de camello y que iba a la gratuita Escuela de Derecho exclusivamente a provocar desfiles y desórdenes, siguiendo las instrucciones de su jefatura, el Comintern de la URSS. Nosotros, “jóvenes e indocumentados” y con toda la carga de estupidez propia de los dieciocho años, salíamos a la calle a sus instancias a interrumpir el tránsito y cuando aparecían los carabineros levantábamos los brazos gritando rítmicamente “¡libertad, libertad!”. Creo que Shafik al fin se tomó el poder treinta años después en El Salvador, o por lo menos trató de tomárselo. Nissim Sharim, otro dirigente rojo que asistía gratuitamente a Leyes, devenido actor después de su paso por los corredores de la escuela, no las aulas, nos había prohibido entrar a clases, bajo amenaza de “destrozarnos el cráneo” (sic), así es que muchos preferían irse al casino a comer un lomito con el cráneo intacto. Frutos de la gratuidad, gigantesco disparate, pues la entrega gratuita de ningún bien económico, como lo es la educación, puede traer consecuencias positivas. Y sigo pensando, como siempre lo he hecho, que la solución está en una enseñanza plenamente libre en todos sus niveles, con vouchers de pago y libre elección para los pobres, a quienes deben asignarse los ocho billones de pesos anuales que malgasta el monstruo burocrático llamado Ministerio de Educación, cuya supresión debe ser el primer paso para que Chile pueda contar con una educación de calidad para todos sus niños y jóvenes. Justamente la libertad y el lucro llevaron a un millón de chilenos a la universidad después de 1981. La gratuidad los había excluido. Suprimidos la libertad y el lucro, toda una industria de la enseñanza ha entrado en crisis, con un costo económico sideral en pérdidas de capital para los inversionistas que creyeron en el modelo chileno de enseñanza libre.
 
          Y no digo nada de los “observadores” de la reforma constitucional, bajo el liderazgo moral del dueño del “Clinic”. Esto último lo dice todo. El atiborrado recinto del juzgado de Curacaví va a parecer un paradigma de civilización y orden en comparación con el Chile que nos van a legar Bachelet 3.0 y su “Comisión de Observadores” onda “The Clinic”.
 
 
Y, todavía peor, si nuestro destino va a quedar en manos de uno de dos insignes productores de boletas y facturas para SQM, como Piñera y ME-O, que se aprestan a debatir entre sí como titulares de las respectivas  “pole positions” presidenciales, entonces todos mejor que pensemos lo mismo que el agricultor Redlefsen, de Paillaco, que llegó de Alemania en 1979 a un país de orden, trajo capitales y trabajo y prosperó, pero hoy vive acosado por la barbarie y busca un mejor lugar sobre la tierra, “out of Africa”, donde mandarse cambiar. 

Compartir