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SEIS SOLEDADES Arte y literatura

SEIS SOLEDADES

Para Paula, la Mélanie Laurent de Oriente

La soledad sin pausa de la que otros beben

a la hora del cocktail

no es mi vaso es mi tumba, me la llevo a los labios,

braceo en ella hasta perderme de vista

entre su oleaje mórbido.

La soledad no es mi canario es mi monstruo

como si cohabitara con un asilo de locos.

 

 

Virgen, seria falso si no te lo dijera:

un corazón se come o se rechaza,

no es ni un jarrón con flores ni un poema.

Cerca estuviste, cerca de alcanzarme

pero te faltó el cuerpo.

Mi corazón no puede dejarlo en tu cajita

junto con los aretes y las fotografías.

Ya te regalarán uno mejor.

 

 

 En pie de guerra todo, menos yo.

Ama de casa en pie de guerra

contra la rata que la invade,

niños en pie de su futuro, con una guerra por delante,

hombres al pie del pie de guerra con insignias y proclamas.

Menos yo en pie de qué,

en pie de poesía, en pie de nada.

 

 

Vivir del otro lado de la mujer

me refiero a esta especie de suicidio

borde la locura,

y, por una razón u otra, pasa el tiempo

como diría el poeta, sin ella.

Aquí en esta ciudad, en un panal de vidrio,

en mi celdilla hermética

robo a la angustia horas de mi razón, muriéndome

en el trabajo estéril del poeta,

en su impotencia laboriosa.

Sin mujer, con espanto, laborioso.

 

 

Junto a una virgen que me da a beber

de su dulzura hasta el enervamiento,

fruto de cera, tropicales:

el amor casi a imagen

y semejanza de lo que sería,

pero muñeco, en realidad, parlante,

y un peligroso juego

de no inflamarse en frutos verdaderos.

Castigo: la impotencia, los errores sexuales,

la tristeza, el deseo de morir.

 

 

Las mujeres

imbuidas de todo lo que existe

bueno o malo, no importa.

Grandes esponjas acomodaticias.

Ellas que son mi gran resentimiento

mi secreción de rencorosas glándulas,

mi pan, mi soledad de cada día.

 

Enrique Lihn, en La musiquilla de las pobres esferas (1969)

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