Si no hay fiebre ¿Para que el termómetro? Despierta Chile

Si no hay fiebre ¿Para que el termómetro?

Por Raúl Pizarro R., VOXPRESS.CL

Inconducente, vacío, innecesario e inoportuno son algunos de los calificativos  al anuncio de la Presidenta de dar inicio a un “proceso constituyente”, para elaborar una nueva Carta Magna del Estado de Chile.

 

El país, por estos días, tiene muchísimos problemas cuyas soluciones exigen prioridad para mejorar las condiciones de vida de las personas y es de urgencia poner freno al brusco deterioro de la economía, a lo cual contribuyó con entusiasmo la propia Presidenta con el desgaste originado por sus reformas estructurales.

 

Salud, desempleo, vivienda, delincuencia, transporte público, jubilaciones de miseria, mala educación, congestión vehicular son sólo algunos de los problemas reales, y del diario vivir, de los chilenos.

 

Nadie, que se sepa, pasa penurias a causa de la Constitución del 2005 firmada por Ricardo Lagos dur. La Carta Fundamental es un instrumento que no incide en el mejor o peor bienestar de la gente, de tal forma que apurar un nuevo texto y precipitar el debate tienen un objetivo meramente político: mantener en la agenda un acápite del programa de Gobierno que refuerce el ficticio concepto populista de que Bachelet ha cumplido fielmente su palabra.

 

De partida, lo que está ocurriendo es un debate irreal, porque se centra en cómo se hará la Reforma Constitucional y no en lo medular, su contenido. Para eludir la responsabilidad de sus muchos incumplimientos, la Presidenta ha endosado al próximo Gobierno y al nuevo Parlamento la tarea de concretarla. Durante su administración poco o nada se va a hacer al respecto, por lo que es una frivolidad asumir como propia su autoría.

 

Al anunciar los mecanismos para su “proceso constituyente”, la Presidenta deslegitimó la actual Constitución por ser hecha en dictadura, olvidando que fue votada en un Plebiscito y, después, modificada en democracia. La Carta Fundamental, “ilegítima” según ella, hasta la fecha no ha dificultado la convivencia de los chilenos, de modo tal que no constituye una urgencia hacerla de nuevo.

 

Aunque no es fácil pedirle un orden lógico al Gobierno, en este asunto lo primero debiera ser un diagnóstico, explicar la razón de los cambios y, luego, proponer los nuevos contenidos. Nadie   —aunque se sospecha quienes sí–  conoce las materias que quiere eliminar y cuáles otras desea agregar. O sea, puso la carreta delante de los bueyes.

 

La única pista que claramente ha dado la Presidenta es que una nueva Constitución debe ser fruto de la participación de todos los estratos sociales, para lo cual anunció la ejecución de un plan de Educación Cívica para poner al día   –se supone— a los ciudadanos en cuanto a la relevancia de de una Carta Magna. Esta campaña demandará una carga importante  a una caja fiscal agobiada y urgida por otras necesidades y, al no conocerse  los contenidos de la misma, existen fundadas sospechas de que será un adoctrinamiento ideológico en pos de una orientación.

 

Encapsulada en la demagogia de una nueva Constitución “democrática”, su objetivo obedece a los intereses de la izquierda ultra, y apela para ello a una “participación global” para que el texto “nazca del pueblo”, toda fraseología de origen muy conocido.

 

Tras los escándalos del financiamiento ilegal de la política, la Presidenta convocó a una comisión de expertos, encabezados por Eduardo Engel, para elaborar una propuesta sobre probidad y transparencia. No se le pasó por la mente sugerir que esta lacra debía ser resuelta por un plebiscito.

 

No se han apagado los ecos de una dura encuesta de la Universidad Diego Portales que estableció que más del 50% de los chilenos, incluso con estudios superiores, son “analfabetos funcionales”, es decir, que pese a su ignorancia son capaces de funcionar. El mismo estudio concluyó que, con suerte, dentro de 150 años, Chile podría llegar a ser un país desarrollado, ello fruto del nivel de su población.

 

Esta realista conclusión no ha perdido vigencia y es un claro mensaje para quienes, con afanes populistas y mal intencionados, proponen que la nueva Constitución debe ser confeccionada con las opiniones de todos, incluso la de aquéllos que no saben que existe y para qué sirve. .

 

Queda mucho camino por recorrer y, felizmente, Michelle Bachelet, la frustrada heroína que se había auto imaginado para Chile, no podrá atribuírsela, pero mientras tanto le sirve para distraer a los políticos y al país de los graves, muy reales y urgentes problemas que ella no puede solucionar por su ineptitud y falta de credibilidad.

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