Un emperador sin corona Material Historico

Un emperador sin corona

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Su nombre estuvo sobre la mesa de Franco como posible rey de España. Y lo que apenas recordó nadie fue el crucial papel de Otto en el hundimiento del bloque soviético y en el desmantelamiento de aquella cortina de hierro que durante más de cuarenta años dividió a Europa en dos.

19 de agosto de 1989. Frontera entre Austria y Hungría. Europa aún está dividida por el Telón de Acero comunista, pero muy pronto las cosas van a dar un giro inesperado. En ese punto de la alambrada, unas manos femeninas van a abrir un agujero. Por él escaparán miles de alemanes orientales hacia el lado occidental. Muy poco después caerá el Muro de Berlín. El promotor de la idea era el más europeo de los europeos: Otto de Habsburgo, heredero del imperio austrohúngaro.

Otto de Habsburgo falleció el 4 de julio de 2010. Iba a cumplir 99 años. En los obituarios, los periódicos hablaron de su triste condición de emperador sin corona y de sus afanes en la construcción de Europa al frente de la Unión Paneuropea. También podían haber contado que su nombre estuvo sobre la mesa de Franco como posible rey de España (¿por qué no? Era un Austria). Y lo que apenas recordó nadie fue el crucial papel de Otto en el hundimiento del bloque soviético y en el desmantelamiento de aquella cortina de hierro que durante más de cuarenta años dividió a Europa en dos.

El Telón de Acero

Breve ejercicio de memoria: a la altura de febrero de 1945, antes de acabar la segunda guerra mundial, ya nadie dudaba de que los años siguientes verían una feroz oposición en el seno de los vencedores. La Unión Soviética entraría en conflicto con los Estados Unidos, y Europa quedaría demediada. “Una cortina de acero caerá sobre este enorme territorio controlado por la Unión Soviética, detrás de la cual las naciones serán degolladas”, había profetizado Goebbels. Un año más tarde, en 1946, Winston Churchill abundaba en la idea: “Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente una cortina de hierro”.

No era una metáfora: los soviéticos construyeron una densa barrera fronteriza en todos los países bajo su control. ¿Por qué? Porque la gente se escapaba. En los cinco años posteriores a la guerra, un total de 15 millones de personas había emigrado del este al oeste. Entonces el bloque soviético cerró sus fronteras. El ejemplo más gráfico es el Muro de Berlín, que empezó a levantarse en 1952 bajo forma de vallas y alambradas entre el Berlín comunista y el occidental. Como la gente seguía escapándose –hasta tres millones de fugitivos entre 1949 y 1961–, los comunistas construyeron un muro de hormigón densamente custodiado por policías que disparaban a matar. Los 1.400 kilómetros restantes de frontera entre las dos Alemanias fueron guarnecidos con verjas y placas de hierro. También las fronteras que separaban a Checoslovaquia y Hungría de Alemania y Austria quedaron cerradas con vallas electrificadas y puestos de policía. El Telón de Acero no era un concepto: era una realidad física. Según los soviéticos, era un “muro de protección antifascista” para defenderse de los “ataques al socialismo”.

Esa vergüenza empezó a soliviantar conciencias muy pronto, pero no fue hasta los años ochenta, con los cambios introducidos por Gorbachov en el mundo soviético, cuando los europeos del este pudieron levantar cabeza. Aquellas reformas permitieron a la gente, por primera vez, hablar; no mucho, pero sí lo suficiente como para sacar al exterior todas las miserias acumuladas durante largos años de represión. En el resto del bloque soviético la atmósfera era todavía más agitada: polacos, húngaros, checos y alemanes orientales hervían literalmente dentro de una olla que seguía cerrada por la policía, pero cuya tapadera estaba a punto de saltar. La Unión Soviética ya era un gigante debilitado. Y quienes creían en una Europa libre y unida, como Otto de Habsburgo, resolvieron que algo había que hacer.

 Salchichas y cerveza

En el verano de 1989, Otto tiene una idea: escenificar públicamente la hermandad de los europeos por encima del Telón de Acero. ¿Qué hacer?, se preguntó Otto. Y se contestó como sólo podía hacerlo un vienés: una gran fiesta en el campo con cerveza y salchichas. Un gran picnic paneuropeo en algún lugar al que pudieran acudir miles de personas de las zonas vecinas. ¿Dónde? En la frontera de Hungría con Austria, que por otra parte era una zona llena de alemanes orientales pasando sus vacaciones. El lugar en cuestión fue un punto entre Sankt Margarethen im Burgenland (Austria) y Sopronk?hida (Hungría), a escasos kilómetros del lago de Neusiedl, entre hermosos bosques y fértiles campos. La fecha: el 19 de agosto de 1989.

Había mucha gente en el ajo: los políticos húngaros Imre Pozsgay y Gyula Horn, el vicecanciller austriaco Alois Mock… Todos ellos convenientemente “tocados” por Otto. Desde varios días atrás, la voz se había corrido por toda Hungría y también por la Alemania comunista. Al amanecer del 19 de agosto de 1989, miles de alemanes orientales se apiñaban en la frontera magiar: no podían pasar al oeste desde su propio país, pero sí trasladarse a otro país comunista como Hungría.¿Y podrían pasar después la frontera húngara hacia Occidente? En principio, no. Y de hecho, el ejército húngaro había desplegado unidades en los alrededores. Pero en eso consistía el reto.

Eran las tres de la tarde cuando una de las hijas de Otto, Walburga, líder de las juventudes paneuropeas y maestra de ceremonias en aquel picnic, cortó un trozo de alambrada entre los aplausos de la concurrencia. Era sólo un trozo de metal; nada más que eso. Pero aquel alambre de espino simbolizaba medio siglo de vergüenza. Y el agujero, por otra parte, no era un símbolo: era un hueco bien visible. Sin perder un minuto, seiscientos ciudadanos de la Alemania oriental cruzaron la frontera.

En otro tiempo, el ejército húngaro habría resuelto el asunto a tiros. Esta vez, sin embargo, nadie disparó. Dato curioso: el jefe del puesto fronterizo estaba de vacaciones –en la URSS– y su segundo de a bordo, llamativamente, no hizo acto de presencia en todo el día. La frontera quedó al cargo de un subalterno, el subcoronel Arpad Bella, que tuvo que decidir sobre la marcha: o abrir fuego y escribir una nueva página de sangre en la historia del comunismo, o dejar salir a la gente y exponerse a las sanciones de sus superiores. “Sabía que probablemente pasaría meses, incluso años en la cárcel”, declaró Bella al periódico alemán Süddeutche Zeitung. No hubo tal. De hecho, Arpad Bella terminaría siendo uno de los oficiales más condecorados de su país.

El agujero de Otto de Habsburgo en la frontera austriaca duró apenas tres horas, pero fue suficiente para que se desencadenara una fuerte presión popular. El 11 de septiembre Hungría declaró abiertas todas sus fronteras. Más de 50.000 alemanes del este pasaron a la Alemania federal antes de que las protestas se generalizaran y terminaran provocando la caída física del Muro de Berlín, en el mes de noviembre. El bloque comunista se deshizo de un golpe: Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Bulgaria derrocaron a sus dictadores rojos.

Todos los 19 de agosto sigue conmemorándose el picnic paneuropeo en aquel lugar de la frontera austrohúngara. Desde 1996 se eleva en las cercanías una estatua creada por Gabriela de Habsburgo, otra hija de Otto: representa un pedazo de alambre de espino que se alza sobre el paisaje como una cruz. “Fue en Hungría donde se retiró la primera piedra del Muro de Berlín”, dijo Helmut Kohl. Es verdad. Y el arquitecto que guió la demolición fue Otto de Habsburgo, el emperador sin corona.

(c) La Gaceta

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