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Una Historia Sin Fin Hermógenes Pérez de Arce

Una Historia Sin Fin

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          A raíz de la prisión y procesamiento del general (r) Cheyre se ha reiterado una situación característica del último cuarto de siglo en Chile: la falsificación de la historia reciente con el fin de desprestigiar al Gobierno Militar.
 
          Han sido demasiadas las publicaciones de estos días que, una vez más, faltan a la verdad, de modo que me voy a detener en un solo caso, por ser el más divulgado.
 
          La hermana de un fusilado en Antofagasta en octubre de 1973 escribió una larga carta a “El Mercurio” dando una  versión novelesca y apartada por completo de la verdad acerca de la muerte de su hermano. Procura cargar la culpa a los generales Arellano y Pinochet, ambos por completo ajenos a ella, y envía un mensaje exculpatorio del general (r) Cheyre, que tampoco tuvo responsabilidad, pero se convirtió en un ícono político de los adversarios del Gobierno Militar cuando en 2004 se rindió incondicionalmente ante ellos y declaró que la culpa de todos los males del pasado reciente la tenía el Ejército que él encabezaba. Es decir, validó la tesis completamente opuesta a la planteada por Eduardo Frei Montalva en 1973, cuando dijo al país y al mundo que el único culpable de la crisis del país era el gobierno de la Unidad Popular y que los militares habían salvado a Chile.
 
La carta al diario era plena de intencionalidad política, pues refería una situación imaginaria en que llorosos oficiales de la Fuerza Aérea, arrepentidos, escribían en una servilleta el nombre del verdadero culpable de la muerte de su hermano, con la cual en el hecho esos oficiales nada tuvieron que ver. Y un “general bueno”, según la carta, Joaquín Lagos Osorio, comandante del regimiento de Antofagasta, habría tratado de salvar a su hermano, pero no pudo y fue separado del Ejército por ello. Nada de eso  tiene nada que ver con la verdad de los hechos que consta en dos procesos judiciales de numerosos tomos cuyas piezas sustantivas yo personalmente he estudiado, dando origen a mi libro “La Verdad del Juicio a Pinochet”, que puede leerse haciendo clic al margen de este mismo blog y previo pago de una módica suma.
 
          La versión de la hermana del fusilado Ruiz-Tagle ha sido desmentida siempre y reiteradamente en el pasado, pero ella reincide a la primera oportunidad que se le presenta y ya quienes la refutábamos hemos caído en el aburrimiento, sobre todo sabiendo que no tenemos la misma certeza que ella de ser acogidos en el diario ni menos en la televisión. Es una “historia sin fin”.
 
          Pues otro importante medio, el Canal 13 de TV, tomó pie de esa carta al diario y le hizo una larga entrevista en Teletrece a su autora, en la cual ella reprodujo la versión novelesca y apartada de la verdad publicada en “El Mercurio” y le dio una repercusión todavía mayor y adicional a la versión falsa de los hechos. A estas alturas, supongo, ésa es la que comparte la mayoría, si es que no toda la opinión pública. Lástima que es falsa. Pero así se escribe la historia reciente de Chile.
 
          Precisamente éste ha sido, en general, el proceso mediante el cual se han lavado los cerebros en el país y se ha desfigurado su verdad histórica.
 
          En el caso aludido esta última quedó establecida en el proceso seguido por esos hechos en Antofagasta en 1986 y que terminó con la aplicación de la amnistía. Luego vino el proceso ilegal sustanciado por el ministro Juan Guzmán Tapia a fines de los ’90, pasando por sobre la cosa juzgada, la amnistía, la prescripción, la presunción de inocencia y el debido proceso, y cuyo fin era obtener el desafuero del senador Pinochet, también completamente ilegal y al cual contribuyeron con sus votos decisivos dos abogados designados ministros de la Corte Suprema con los votos de la derecha.
 
          La verdad de los fusilamientos de Antofagasta fue que se llevaron a cabo sin conocimiento de ninguno de los generales Arellano, delegado de Pinochet, y Lagos Osorio, comandante del regimiento local, y en las horas en que ambos cenaban y luego alojaban en la casa del segundo. Participaron en las ejecuciones tanto miembros de la comitiva de Arellano como del regimiento local, sin órdenes de sus respectivos superiores. Los insubordinados fueron, en efecto, a la cárcel de Antofagasta y retiraron a 14 presos, a las 23.30 del 18 de octubre de 1973. No participó nadie de la Fuerza Aérea, como quedó constancia en la detallada acta que Gendarmería levantó ante el retiro de los presos, supuestamente para ser sometidos a un Consejo de Guerra.
 
          Si Arellano y Lagos Osorio no sabían nada de lo que hacían algunos subordinados suyos, mucho menos lo sabía Pinochet, que fue completamente ajeno a los hechos, pero resultó desaforado del Senado en virtud de ellos. El detalle de las evidencias del proceso está en los libros “De Conspiraciones y Justicia”, del hijo del general Arellano, Sergio Arellano  Iturriaga, y en el ya referido “La Verdad del Juicio a Pinochet”, del autor de este blog.
 
          El teniente coronel que tuvo la principal iniciativa en los fusilamientos ilegales de Antofagasta (y en los de La Serena y Calama) sólo ingresó el año pasado a Punta Peuco, pues siempre declaró lo que los ministros sumariantes de izquierda querían oír: que había obrado bajo órdenes de Arellano, delegado de Pinochet. Eso le valió quince años de libertad. El propio general “bueno”, Lagos Osorio, también culpaba a Arellano, a sabiendas de que no decía la verdad, pues le constaba que aquél ignoraba todo lo sucedido en la noche en que ambos cenaban y alojaban en su casa. Los jueces nunca tocaron a Lagos Osorio, pese a que, cuando Arellano había llevado a su presencia al verdadero y principal responsable, se había negado a recibirlo y había anunciado que dejaría el Ejército, siendo que en él radicaba la responsabilidad, como suprema autoridad judicial del momento en la zona, de investigar y sancionar los hechos. Peor aún, hizo publicar un aviso en diarios del norte diciendo que se había procedido a los fusilamientos ilegales “por orden de la Junta de Gobierno”, lo que era evidentemente falso.
 
          Pero han sido las versiones apartadas de la verdad las que se han impuesto. Y así continúa la “historia sin fin”: periódicamente se miente una vez más y se reafirma la versión falsa, con la complicidad de medios que, estando llamados a divulgar la verdad, se prestan entusiastas a propagar versiones falsas.
 
          Hay muchos testimonios de una crisis moral en el Chile actual. Ninguno más poderoso que este culto a la mentira consagrado como doctrina general.

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